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Viernes, 3 de febrero de 2012

PANTALLA PLANA

Chocolate por la noticia

Arrancó la nueva tira de Telefe que –obvio es decirlo– lleva la palabra “amor” en su título, por detrás del vocablo “dulce”, que alude a la fábrica de golosinas que preside Victoria Bandi, una mujer rica pero decente,
que ha de ligar con el chofer Víctor, pobre pero bien musculado.

 Por Moira Soto

No sólo los relatos televisivos por entregas –bajo la forma de tiras, series, unitarios– suelen provocar adicción si logran capturar la atención del público. También las golosinas, particularmente si contienen chocolate, generan dependencia. Pues bien, Dulce amor, la novela que empezó hace dos semanas por Telefe, aún no encontró –desde los personajes, desde la trama– la forma de despertar esa gratificante adhesión que puede llevar a los/as fans a tratar de no perderse ni un capítulo porque hay identificación con algunos roles, se ofrece historia y subtramas fuertes, sorpresas y situaciones de riesgo creíbles dentro del sistema de la novela de turno. Por otra parte, la comparación con el chocolate no es antojadiza: en el reciente estreno –faltaba más– hay ricos y pobres, gente de clase alta y clase media baja, económicamente hablando, y resulta que la familia adinerada tiene una importante fábrica de golosinas, donde se trabaja con chocolate. Pero Dulce amor desaprovecha sistemáticamente la posibilidad de filtrar alguna data sobre el cacao, mostrar los procesos de fabricación, dar recetas de la casa, ilustrar sobre aplicaciones de estos granos que nos llegan de los mayas y los aztecas y que en la actualidad tienen tanta presencia en la vida cotidiana.

Para colmo, en la producción que firman Enrique Estevanez, Marcelo Nacci y Laura Berneix, se acaba de morir el maestro chocolatero Rocco, llevándose a la tumba (en cementerio privado) no sólo los secretos de su oficio sino también el enigma acerca de quién es el verdadero padre de Victoria Bandi (Carina Zampini, rubia y llena de curvas en alto relieve, a menudo con strapless y boleritos). Ella es la presidenta de la empresa, mayor que sus dos hermanas: la frívola y mitómana Natacha (Calu Rivero) y la adolescente retozona Brenda (Rocío Igarzábal). Hasta que se demuestre lo contrario, las tres son hijas del señor Bandi y de su viuda Elena (María Valenzuela), pelo corto platinado y bastón de mando, onda Lydia Lamaison de medio pelo. Aparte del gineceo estable, tenemos en la mansión Bandi a un mayordomo afectado que –los tiempos cambiaron también en las tiras– hace gala de su condición de gay y actúa como gerente de familia, compresivo con cada una. Como se trata de una casa con gente muy acaudalada, hay más personal doméstico: una bondadosa abuela cocinera (Graciela Pal, cancherísima como siempre) y alguna mucama aparece cada tanto con un bocadillo.

Claro que había que completar ese staff de asistentes para darles lugar a los galanes de Dulce amor: Marcos (Sebastián Estevanez, ligeramente más desenvuelto que en ocasiones anteriores) y Julián (Juan Darthés), quienes ya ingresaron como choferes. El primero de la laboriosa y formal señorita Victoria, y el segundo, de la malcriada Natacha. Curiosamente, esta última ha tenido fogosas discusiones con la mayor por unos dineros que despilfarró en Los Angeles (EE.UU.). Sin embargo, nadie le cuestiona que tome un chofer para sus costosas salidas (irse de shopping, gastarse un platal haciéndole llevar las bolsas a Julián y creándole problemas con su esposa y madre de su hijo, a cargo de Laura Novoa, una actriz merecedora de roles más interesantes).

En fin, ya se sabe cómo es el mundo pudiente en las novelas y tampoco es cuestión de exigirle una lógica realista, pero sí un mínimo de credibilidad: cuando el rústico corredor de coches devenido chofer le dice a la matriarca “no tengo traje”, ella le suelta tan campante: “Le doy la tarjeta del sastre de la familia...” Elena, que se las da de artista, trabaja en su “atelier”, cual Demi Moore en Ghost. Y por el lado de los pobres pero buenos, figura en segunda fila –después de Marcos y Julián– la madre del musculoso interpretada por Georgina Barbarossa con su habitual despliegue de histrionismo campechano, quien, como parecen creer los responsables del área que corresponde a su clase, se viste de colorinches. Por ejemplo, calzas turquesas con remera ajustada estampada en naranja, verde y violeta, con unos aros inenarrables. También ella guarda algún secretín respecto del progenitor de sus hijos.

Otro problema de Dulce amor es que le falta un villano o una villana convincente, digno/a de ser temido/a, odiado/a. El Lorenzo de Segundo Cernadas –novio que Victoria acepta a desgano–, empleado destacado de la firma, es un malandrín que no asusta a nadie, aunque cuenta con recursos para sus perrerías. De momento, entonces, contamos con tres cenicientos (el tercero, actuado por Nicolás Riera, un chico que se da maña para pequeños hurtos y está enamorando a la benjamina Bandi), para tres princesas. Ni la aristocracia ni el proletariado son lo que solían ser...

Dulce amor, de lunes a viernes a las 22.30 por Telefe.

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