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Viernes, 3 de febrero de 2012

VISTO Y LEíDO

Mi fantasma personal

La dama de negro llega al cine de la mano del protagonista –ya crecido– de la saga Harry Potter, Daniel Radcliffe. Pero antes de erizarle los pelos a la platea argentina Edhasa edita la versión original, llena de agua, bruma y fantasmas que acechan en tiempo real.

 Por Marisa Avigliano

Susan Hill está excitada –y lo dice cada vez que puede– porque La dama de negro, su libro más conocido (la primera edición fue de 1983), el que todavía se lee en las escuelas inglesas, el que tuvo diferentes adaptaciones teatrales por todo el mundo y también una para la televisión (1989), llegó al cine. La dama de negro ya es una película –se estrenará el 3 de febrero en los Estados Unidos y una semana después en Inglaterra– y su protagonista es Daniel Radcliffe (el inmortal Harry Potter). Que la excitación de la escritora nacida en Scarborough, North Yorkshire, en 1942 –y desde hace algunos años dedicada a escribir novelas policiales protagonizadas por el detective Simon Serailler– perdure, dependerá de los encantos que aún conserve el mago de J. K. Rowling en la pantalla y también de las ambiciones con las que sus acólitos vayan a verlo esta vez sin la cicatriz y sin la varita comprada en el callejón Diagon. Mientras tanto, nuevas ediciones del libro –con la cara de Radcliffe en la tapa– acompañan y se suman a la promoción cinematográfica.

La dama de negro es una novela de fantasmas, una novela inglesa de fantasmas, con bruma, una anciana muerta, un cementerio, un pony y un cabriolé, una perra –sin perros no habría historia británica–, una casa abandonada y la marisma en actuación estelar. Agua por todos lados y en todas las direcciones, agua ahogando tiempos para que el pasado y el presente sean moldeados en la humedad de un laberinto. Fiel a la tradición anglosajona con el agua como extramuros y la isla como tablado perpetuo, La dama de negro cuenta la historia de Arthur Kipps, un abogado que en una cena de Nochebuena no puede inventar un cuento de fantasmas para entretener a su familia porque aún vive atormentado por un fantasma que él mismo conoció en su juventud. El pasado se arrepiente de ser una especie de animal venenoso y cree que corrige su imaginación si vuelve sobre sus pasos, por eso, en medio de la noche y dejando a su familia atónita por el desplante, Kipps decide que para liberarse de su fantasma no tiene que contar su historia alrededor del fuego como si fuera un adorno navideño sino que tiene que escribirla y, citando a Hamlet, aprovechar la víspera mientras el pájaro matutino canta toda la noche, los maleficios no producen efecto y las hechiceras pierden poder para sus encantos. Escribir la historia de su fantasma en la Nochebuena, con “sumo esmero y todo lujo de detalles”, será el elixir del exorcismo.

La novela gótica entonces vuelve a empezar y esta vez lo hace con un Kipps joven que, a pedido de su jefe y como si se tratara de una novela victoriana, debe viajar para asistir al funeral de una desconocida. La desconocida es la anciana Alice Drablow, dueña de la mansión Eel Marsh, un lugar al que sólo se puede llegar con la bajamar. Durante el oficio religioso Kipps verá por primera vez a la dama de negro, “se había situado varios bancos más atrás y estaba sola, muy erguida y quieta, sin el libro de oraciones en la mano (...) había adquirido un curioso matiz blanco azulado y daba la sensación de que tenía los ojos hundidos en la cabeza. Las manos apoyadas en el banco de adelante mostraban el mismo estado, como si hubiera sido víctima del hambre”. A partir de ese día el alma en pena seguirá sus pasos y él ya no volverá a dormir profundamente. Cumpliendo con sus deberes de abogado, Arthur encontrará la verdad y las razones de su fantasma en un manojo de cartas escritas setenta años antes y atadas con una cinta morada. Las verdades se dicen por carta porque las cartas están siempre en la frente del basilisco. De todo se entera uno por las cartas. Son las cartas, memoria que habla la lengua de los secretos, las que en la confusión babélica dan razones a las palabras y no dejan que el anacronismo haga acto de presencia. Cuando las cartas se leen en la mansión de la señora Drablow, los juguetes se mueven solos, las mecedoras se balancean y el rompecabezas con detalles del cuadro La infancia de Raleigh pierde encastre.

Si nos interesa conocer a esta generación de escritoras inglesas, en la que también podemos incluir a Barbara Pym, La dama de negro es una primera puerta posible antes o después de volver a abrir la de Agnes Wakefield o la de Esther Summerson justo cuando se celebran los doscientos años de Dickens.

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