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Viernes, 17 de agosto de 2012

RESCATES > BLANCA VARELA 1926-2009

Poesía trémula

 Por Marisa Avigliano

Blanca Varela nació en el infierno musical, pero poco después de que le extrajeron la piedra de la locura llegó a París donde vivió con aguacero, dice un poeta devoto en la plazoleta de la Santa Liberata de Rímac mientras recita y mezcla versos: tierra de abismo, primavera ciega (...) Y lo veré todo/y la sorpresa no quemará mi lengua. En Lima la horrible –la Lima de Sebastián Salazar Bondy, mojón en el camino por el que anduvo Varela– fue cortejada largamente por los alumnos de la escuela Leonsio Prado que obtuvieron de ella sólo desdén. Eso hizo que Donde todo termina abre las alas (Poesía reunida 1949-2000) implique una biografía cortada a hachazos y una nacionalidad a punto de ser antologada. La poesía de Blanca Varela parece trémula y suave pero es todo lo contrario: “No eres tú./Siempre yo. /Casa, árbol, dolor,/ventana, pan, baile, temor./Siempre yo. Siempre saliéndome al paso”. Sin la opresión perfecta de Alejandra Pizarnik pero compartiendo el mismo sistema poético (“la imagen que narra una visión, el juego de las palabras como acceso a la extrañeza, el mito infantil”) que en la poeta peruana permite además confesiones y desahogos sentimentales.

Este atropello ontológico que a cualquier otra persona le hubiera costado la identidad es para la autora de El libro de barro (1993-1994) otro accidente geográfico. El yo poético encuentra en Blanca Varela el acento capaz de producir arrullos cuando zombi sale a conquistar la noche por el mero gusto de explorar: “hacia la oscuridad más plena/ hasta encontrar agua que no se bebe/ ni corre bajo el pie/ agua que no se oye/ ni se ve/ o esperar en la boca del pozo/ que se cierra/ la cuerda que es carne de tu lengua/ que te dice y te cuelga”.

Cuando le preguntaban por su pasado solía fruncir los labios para que todas las arrugas se fueran a la boca y estiraba su cara con ambas manos para dejarla lisa, lisita y recién entonces recordaba que el mismo día que se casó con el pintor limeño de la zona de Barranco, Fernando de Szyszlo, en 1949, se fueron juntos a París donde conoció a Octavio Paz y a Cortázar, al dueto Sartre-De Beauvoir y a Giacometti. Y que fue el propio Paz el que le publicó y prologó su primer libro en una serie que el mexicano dirigía en Veracruz: “El libro se llamaba Puerto Supe, pero él me dijo que era un título muy feo y entonces yo le respondí: ‘¡pero ese puerto existe!’ y él dijo, ‘ése es un buen título’ y así lo publicó: Ese puerto existe (1959)”.

En sus primeros poemas, quizá fue por orgullo, por timidez, o apenas sólo por misterio, su yo era abstracto, tuvo que pasar algún tiempo para que su yo femenino se revelara y se apoderara de las palabras y los conjuros, “como todas las cosas la forma vendrá después. /ungida”. Es sorprendente que la multitud de voces que habita a la dama limeña (biznieta de Manuela Antonia Márquez, nieta de Delia Castro e hija de Serafina Quinteras) hayan sido afinadas por una sola persona.

La poeta –que también como Pizarnik hacía uso indistinto del verso y la prosa– cifró su temporalidad y guardó en un cajón durante más de cinco años su Canto villano porque le daba miedo lo que había escrito. No fue miedo lo que sintió cuando a los doce años le contó al cura que la confesaba que había leído Nana, la novela Emile Zola y que estaba deslumbrada. El sacerdote le dijo que era un horror y que tenía que volver a su casa a quemar el libro, “por supuesto no le hice caso y ya nunca más he vuelto a conversar con un cura”.

Nació el 10 de agosto de 1926 en Lima y murió es esa misma ciudad (después de haber vivido en Francia, en Italia y en los Estados Unidos) el 12 de marzo de 2009.

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