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Viernes, 17 de agosto de 2012

ESCENAS

La casa del ser

Situado en la Inglaterra de la Thatcher, el protagonista de Greek se enamora de su madre y mata a su padre, como Edipo, pero el arma que utiliza no llega a la sangre: se ancla en el lenguaje.

 Por Paula Jimenez

Si para el antropólogo Claude Lévi-Strauss la cultura occidental se organiza alrededor de la prohibición del incesto, para el actor, director y dramaturgo inglés Steven Berkoff no puede ser nunca el amor, ni en su versión carnal entre una madre y su hijo, algo destructivo que desorganice a la civilización. O al menos es esto lo que se desprende de su obra Greek (1980), en la que el británico reescribe el Edipo de Sófocles situándolo en el Reino Unido durante el gobierno de Margaret Thatcher. Y es precisamente en la pesadísima atmósfera de aquellos años, en la que la violencia, la corrupción y el racismo reinan, donde el amor aparece para Eddy (Edipo) como un motor vital que lo impulsa a luchar por sus ideales. Un amor al que no renunciará –y ésta es la apuesta contracultural de Berkoff– ni aún después de descubrir que su amada es nada menos que su propia madre. Este descubrimiento, que espantaría a cualquiera, haría sobre todo que nos arrancáramos los ojos las clases sociales que construimos una idea de moral en base a la autocensura, la culpa y el desprecio por lo humano, sentimientos que los sórdidos personajes de Greek, los que rodean a Edipo y a su amada, reflejan a la perfección.

Como sucede en el mito, Eddy también desconoce el parentesco que lo liga a su padre, a quien termina asesinando en una riña de bar. Durante la pelea no corre sangre ni los oponentes se apuntan entre sí con espadas, porque aquí el arma es el lenguaje, verbos en infinitivo o sustantivos con los que los actores van ametrallándose mutuamente: golpear, caer, mesa, derribar, etc. Pasado el duelo, la amada de Eddy, sucedánea de Yocasta, mira el cadáver de quien fuera su esposo y concluye: “No sabía que las palabras podían matar”.

Greek alterna brillantes momentos líricos –que destacan sobre todo en la grandiosa interpretación que Ingrid Pelicori hace de la Esfinge o en los monólogos de Martín Urbaneja, en el papel de Eddy– con un lenguaje grosero y procaz que escupe en la cara de la alta cultura, combinación que, lejos de producir una disonancia o un mal contraste, ayuda a sostener la tensión dramática y crea una poética amorosa y brutal que no languidece en ningún momento. Hacia el final, al terminar Eddy con el parlamento en el que se da a conocer toda la verdad, uno de los más bellos que se dicen en la obra, su amada se queda atónita mirando el vacío y un instante antes de caer desmayada dice: “Mierda, puta, guacha, me hice pis en la bombacha”. La pieza está atravesada por constantes chispazos de humor que pueden desorientar a quienes esperan una versión más clásica del Edipo: ¿cómo, no se trataba de una tragedia? Sí, se trata de una tragedia, pero el público se ríe a carcajadas, y quizás el corrimiento de género forme parte de la estrategia de Berkoff para expresar también de este modo su cuestionamiento cultural (como se puede ver, es un autor que parece disponer de todos los recursos que tiene a mano para extremar su crítica y afirmar así un particular estilo teatral).

La directora de la obra, Analía Fedra García, junto con Ingrid Pelicori (quien protagonizó también Decadencia, otra pieza de Berkoff, a finales de los años ’90 y a mediados de los 2000) llevaron adelante la dramaturgia, trabajo tan impecable como todos los que hacen a esta versión de Greek, que estará en cartel hasta finales del mes de agosto. Además de Urbaneja y Pelicori, completan este gran elenco la actriz Roxana Berco y el actor Horacio Roca.

Funciones: sábados 22.45, en el Centro Cultural de la Cooperación, sala Raúl González Tuñón, Av. Corrientes 1543. Más info: centrocultural.coop

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