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Viernes, 1 de febrero de 2013

MUSICA

Ráfaga

Milonga, cumbia y resabios de la chanson francesa componen el cóctel que ofrece Volée, el primer disco de NANAeNADA.

 Por Laura Rosso

Myriam Henne-Adda es francesa y conoce el espíritu de los cafés concert de Montmartre. Le dicen Nana y hace más de cinco años que vive en la Argentina. Enamorada del tango que se bailaba a orillas del Sena en las noches parisinas, conoció la vida nocturna de esa ciudad, donde nació y creció. Y también a muchos amigos argentinos. Planeó en el 2003 un primer viaje a Buenos Aires que duraría tres semanas. “Se juntaron cosas para que tenga ganas de conocer el país más de cerca (un amigo armaba una ópera en el Centro de Experimentación del Teatro Colón, otra se iba a Rosario a trabajar con los chicos de la calle...) y, aunque no conocía el idioma, me enamoré del país y de su gente”, dice. Siguieron años con varias idas y vueltas; París era la ciudad a la que siempre volvía. Hasta que la sensación de extrañar Buenos Aires fue más fuerte. Corría el 2007 y Nana experimentó cierto sentido de pertenencia que no pudo eludir y la impulsó a instalarse de este lado del océano. De esos años a esta parte, Nana canta, actúa, escribe canciones y lidera la banda francoargentina NANAeNADA, donde se calza el traje del desenfado y con gran talento propone un cóctel salvaje en el que la chanson francesa se mezcla con aires de milonga y cumbia.

Si buscamos la semilla de ese deseo que la transportó de un continente a otro, se descubre una vocación muy temprana que germinó con la templanza y el tiempo necesarios. “Canto desde hace mucho tiempo. De chiquita siempre participaba de todos los eventos. A los diez años tenía una profesora de música que armaba grandes óperas de Verdi y Puccini con sus alumnos. Ahí empecé a cantar de manera más regular, a ensayar durante las pausas y a tomar clases de canto lírico. No quería ser cantante profesional sino médica. Pero seguí con el canto porque había encontrado algo muy fuerte que me llevaba. Después vino la búsqueda más profunda acerca de la voz y se hizo una obsesión. Estudiaba canto clásico pero me interesaban todas las formas de canto: encontrar el decir justo, la voz que nace desde adentro. De hecho, me interesaron bastante las voces folklóricas, en particular la húngara. El fraseo del tango me gustó luego por su relación tan directa con el decir urbano.” Poco después de que Nana se encontrara con el tango, su primer amor, tuvo nódulos que la hicieron dejar completamente de costado el canto lírico. Y fue revelador: “Me di cuenta de que nunca había sido la perfección en el canto lo que había buscado, sino algo más ambicioso: lo auténtico y espontáneo de la voz y el decir”. De hecho, en ese entonces Nana había perdido toda su voz, y su padre le dijo: “¿Ahora entendés que tenés que descartar al canto como carrera?”. Nana respondió: “Al contrario, entendí que, si no canto, no existo”.

Aquel abismo pasó y con su banda “multicultural” Nana incursiona en diversos estilos y les imprime a sus shows una poética y una puesta en escena kitsch que sorprende. En perfecto castellano –si quiere– o con acento francés y haciendo gala de sus dotes de actriz, Nana despliega sus múltiples facetas en un gran cabaret a la francesa. La acompañan la suiza Katja Bürer en contrabajo, Pablo Droeven, en teclados, Pablo Belmé en percusión, y German Tschudy en guitarra. Este año, y después de un primer single salido online, NANAeNADA presentará su primer álbum, Volée. “Lo que más me importa ahora es la dimensión mágica de la relación con el público. El canto es ese vínculo que nos une, la voz como su manifestación sonora, en donde el único tiempo que importa es el presente, el vibrar juntos. Y eso no significa ser solemnes, sólo compartir un espacio y el tiempo de una canción.”

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