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Viernes, 21 de junio de 2013

SEXO

A la vida hay que hacerle el amor

Se le negó el estreno comercial pero Seis sesiones de sexo (The sessions) ya está disponible en DVD. La película –que le mereció a Helen Hunt una nominación al Oscar– es una excusa para hablar de dos temas tabúes: sexo y discapacidad. ¿Cuál es la realidad sexual de las personas (y sobre todo de las mujeres) con impedimentos físicos o intelectuales? ¿Cómo se tiene un orgasmo sin pasar por los genitales? ¿Es una utopía pensar en la asistencia sexual como un servicio dentro de las políticas sanitarias?

 Por María Mansilla

Seis sesiones de sexo es una película de la maquinaria Hollywood que le pone cuerpos, imágenes, palabras, información, calidez, sentimientos –y mucho sentido del humor– a un servicio que funciona desde los años ’60 en algunos países: la asistencia sexual. Muestra de una manera transgresora, digna y realista a sus pacientes impacientes, personas con alguna discapacidad. Más que pacientes, ¿por qué no clientes? No son personas enfermas sino que viven con diversidad funcional: hacen lo mismo que el resto –incluso tener sexo–, pero por otros medios.

Dirigida por Ben Lewin, basada en un artículo de Mark O’Brien (John Hawkes). Por un lado está él: un tipo inteligente, formado, divertido y guapo; escritor y periodista. Duerme conectado a una burbuja gigante –su pulmón artificial–. De ese hábito ¡y de que no se corte la luz! depende su vida. Por una dificultad motora que le provocó la polio cuando tenía 6 años vive acostado en una camilla electrónica, asistido por un equipo de terapeutas. A veces bromea, dice que le dicta novelas a su mente y planea venganza. Y sobre su vocación poeta, agrega que “es una forma de vivir dentro de mi cabeza, donde paso la mayor parte del tiempo”. Su mente le permite viajar. Y allá va, hacia sus zonas erógenas que se terminan de despabilar cuando la editora de una revista le pide una nota sobre el tema. El acepta. Recoge testimonios, escucha historias y piensa en la propia. ¿Por qué no probar, si él es virgen? Hace periodismo gonzo y busca su “sexual surrogate”.

Así entra a cuadro el personaje de Helen Hunt. Con la espontaneidad de quien habla de los penales entre Newell’s y River, con el respeto de quien está por meterse en cuerpo ajeno y el tacto de quien sabe que está devolviendo el derecho a la intimidad y al placer, ella desabrocha su corpiño beige de lycra y le enseña, entre otras cosas, ejercicios de conciencia corporal. Brinda alivio parcial a un problema complejo. Enfrenta doble tabú: sexualidad y discapacidad. Antes lo ubicó en la cama, le sacó la ropa, se acostó a su lado. A él no le resulta fácil relajarse. Después cierra los ojos y le confiesa que se siente como un nene corriendo descalzo en la playa. Más adelante reconoce: no es sólo el impedimento físico lo que no lo dejó hacer esto antes, sino la culpa y el miedo (y la falta de plata).

YES, WE FUCK!

“Algo genial de Seis sesiones de sexo es que muestra a una persona que desafía los estereotipos de dependencia, decide por sí misma, valida sus derechos, su identidad. Muestra que la discapacidad es una condición, no un rasgo de la personalidad, no marca la vida, no está permanentemente asociada con el sufrimiento ni con la soledad ni con el dolor”, cuenta Silvina Peirano, orientadora sexual en diversidad funcional que desarrolla este trabajo en España y está recién repatriada. Entre otras cosas, brinda talleres y acompañamientos, como cuenta en sexesasitent.blogspot.com.ar. Y avisa: “Mucha gente, en su situación, dice ‘sé lo que quiero pero no puedo hacerlo’. La filosofía de la vida independiente, como la de tener una asistente personal, no está instalada en la Argentina”.

El servicio existe en un puñado de países, y desde hace muchos años. Está en manos de profesionales de la salud y tiene dos versiones: la del asistente sexual, que entra en contacto directo con la persona, y la figura del acompañante, que está a disposición de una pareja que, por ejemplo, quiere encontrarse pero tiene limitaciones severas de movilidad. Entonces el terapeuta facilita ese momento: los puede pasar a buscar por su casa, llevarlos a un hotel y desnudarlos; quizá sólo tengan ganas de estar un rato en un bar o ir a un concierto, y no ser custodiados siempre por un familiar, esa sombra incondicional.

En todos los casos habrá que tener en cuenta si quien contrata tiene problemas físicos por un accidente, por ejemplo, y antes de eso tuvo una vida sexual plena, o si la discapacidad es mental y hay mayor desinformación y desconocimiento sobre lo que sucede. “En Bélgica, Holanda y Alemania el servicio está incorporado en la cartilla de prestaciones médicas como si fuera, por ejemplo, terapia ocupacional. También hay capacitación gratuita promovida por esos gobiernos, como parte de distintos programas sanitarios”, explica Peirano.

DIVERSEX

La “diversexualidad” tiene un punto de partida lúdico que dinamita cualquier postura apolillada: sabe en carne propia que el goce no es sólo genital. Algunos libros testimoniales invitan a las parejas sin impedimentos a enterarse de cómo ampliar las fronteras de su zona erógena, abrir la mente, empujar sus propios límites, escuchar su instinto. “A pesar de que hemos comenzado a compartir realidades, deseos y necesidades de intimidad, la sociedad todavía parece temer nuestras pasiones y nuestros cuerpos –cuenta la artista María Palacios desde su ‘trono de metal’, como nombra en sus poemas a la silla de ruedas–. Aceptar nuestras diferencias es el primer paso hacia la sensualidad. En mi juventud pasé por una etapa en la que de verdad creí que nadie nunca podría encontrarme atractiva. Por mucho tiempo me sentí sola y experimenté con mi propio cuerpo sin entender cómo podía yo sentir y vivir tal placer físico cuando todos alrededor estaban convencidos de que esos placeres no me correspondían. Las primeras veces que hubo intimidad con un amante estaba convencida de que lo hacía por lástima o porque esa persona era excepcional. Mi primera batalla fue conmigo misma, frente al espejo y frente a mis verdades.”

Los científicos llaman “transferencia de orgasmo” a la posibilidad de lograr placer sexual con diferentes partes del cuerpo. Incluso existe la Guía de las Mujeres Discapacitadas para el Embarazo y el Nacimiento (The Disabled Woman’s Guide to Pregnancy and Birth) que reúne vivencias de mujeres con artritis, fibromialgia, distonía y otros diagnósticos que eligieron ser madres y cuentan cómo ahuyentaron los riesgos.

“Vencidos los primeros pudores, empecé a salir otra vez de noche y tuve mi primera sorpresa –confiesa Alexis Padovani, ex deportista y músico, sobre sus primeros tiempos cuadripléjico–. Fernanda, la inesperada Fernanda, me dejó su teléfono en una fiesta. Nos veíamos entre amigos o en mi casa, porque era imposible salir solos. En asados, en discotecas, en mi habitación. Esa incursión amorosa me ayudó en dos temas fundamentales: las mujeres no eran sólo parte de mi pasado y pude volver a llorar.” En las primeras páginas de su biografía El mundo por segunda vez (Grijalbo), cuenta: “Me lesioné jugando un partido de rugby a beneficio de los lesionados medulares del rugby”.

“Se sigue pensando que las personas con discapacidad son asexuadas o hipersexuadas. Pero lo importante es que hemos logrado avances, como la Convención Internacional sobre los Derechos de las Personas con Discapacidad, a la cual Argentina adhiere desde 2006. Menciona, entre los objetivos, promover y asegurar el goce pleno de los derechos humanos y libertades fundamentales. La convención incorpora cuestiones que son muy resistidas, como el derecho a casarse y fundar una familia, a decidir el número de hijos que quieren tener, el derecho a tener más información sobre reproducción y planificación familiar apropiados para su edad –incluyendo los medios necesarios, por ejemplo, anticonceptivos– y el derecho a mantener su fertilidad (recordemos que este colectivo ha sido históricamente víctima de la eugenesia). La Ley de Salud Reproductiva y Procreación Responsable señala también que son titulares de derechos”, dice María Marta Castro Martín, profesora de psicología y sexóloga educativa.

¿Cuánto más vulnerable es la situación de las mujeres? “A ellas siempre les va a costar más, por su historia y por el prejuicio –interviene Silvina Peirano–. Siguen ocupando el rol de la que se queda por siempre en casa, con mamá, y que necesita ser sobreprotegida ante el fantasma del abuso. Muchas de las que tienen síndrome de Down, por ejemplo, no reciben educación sexual pensando que no la van a entender pero sí les dan pastillas anticonceptivas o las someten a ligaduras de trompas en nombre de la esterilización preventiva y sin informarles, y de esta forma están vulnerando sus derechos”, advierte Peirano. Aclara que por eso es fundamental que el trabajo de concientización alcance a familiares y cuidadores.

En las sombras, hay casos de madres que tienen que masturbar a sus hijos. De pacientes que eyaculan mientras los bañan. De padres que hacen debutar a sus varones con trabajadoras sexuales. “Pocas veces se habla del debut sexual de una mujer con discapacidad”, interviene Castro Martín, que desde su organización Estímulos Adecuados capacita a docentes y profesionales y brinda talleres a personas con discapacidad. “Lo que más reclaman son espacios privados para verse, charlar e intercambiar con sus pares. A las familias o cuidadores les cuesta generar esos espacios; suelen estar atravesados por el miedo a qué harán si están un rato a solas. Lo interesante es poder escuchar a las personas con discapacidad en función de sus deseos. Quienes tienen parálisis cerebral y con su lenguaje oral no puede comunicar lo que sienten, se encuentran inmersos en un silencio que, muchas veces, hace que sean tratados como eternos niños. Cuando pueden acceder a modos de comunicación alternativos, familia y allegados se anotician de que dentro de ese cuerpo hay una persona que siente, que desea y que, por sobre todo, es digna de ser respetada como un ser sexualmente activo que se erotiza, fantasea y busca el reconocimiento del otro.”

CUERPOS QUE IMPORTAN

¿Qué hace Judith Butler en una feria americana en San Francisco? Ella y su entrevistada le dan color a La vida examinada, el documental para el cual fueron reunidas. Sanuara Taylor, que va en silla de ruedas, se deja ayudar por la académica feminista para probarse un pulóver rojo; luego mira a cámara y bromea: “¡Se viene un nuevo reality: Comprando con Judith Butler”. Y la autora de Cuerpos que importan (Paidós), improvisa: “¡Para el Queer Eye!”. Así aflojan una conversación que se había puesto bien densa. Taylor le contaba a Butler que a los 20 años tomó conciencia de que su estado es un asunto biopolítico. “Descubrí la distinción entre discapacidad e impedimento. Mi impedimento sería mi cuerpo, haber nacido con lo que el mundo médico ha etiquetado como artrogiposis. No puedo moverme de cierta manera, y eso me afecta. Luego está la discapacidad, que es básicamente la represión social, el hecho de que tengamos opciones de viviendas limitadas, carezcamos de oportunidades profesionales y estemos aislados socialmente.” Sanuara explica en qué consiste su activismo: en bancarse salir de su casa e ir a un bar a desayunar. Eso que vive en San Francisco, ciudad friendly si las hay. Ella siente que indaga la mirada ajena cuando usa partes del cuerpo que no suelen ser usadas para sorber café. “Eso vuelve todo más difícil por los estándares normalizadores de nuestro movimiento y la incomodidad que causa.” Butler piensa en voz alta, cita a Deleuze y su ensayo ¿Qué es lo que un cuerpo puede hacer? Explica: “Usualmente nos preguntamos qué es un cuerpo o cuál es la forma ideal de un cuerpo. Pero esta pregunta desafía las formas tradicionales en las que los pensamos. Aísla una serie de capacidades, instrumentalidades y acciones, y dice que somos una especie de conjunto de esas cosas”, dice.

Su punto de vista tiene mucho en común con el del Movimiento Mundial de Vida Independiente, una de las redes globales más potentes de visibilización de las personas con diversidad funcional que se encuentran en la gran rampa que es Internet. Surgió en los años ’70 en Estados Unidos, integrado por gente de diversos sectores sociales: desde académicos hasta veteranos de guerra. Hoy, una de sus prioridades es generar incidencia política a favor de una vida normal y por el cumplimiento de la Convención de la ONU sobre los Derechos de las Personas con Discapacidad. Están en contra de la internación y a favor de promover apoyo humano y tecnológico para ejercer la ciudadanía en igualdad de condiciones. Declaman, entre otros, el derecho a asumir riesgos y poder cuidarse a sí mismos. Inventaron una palabra: divertad. Síntesis de dignidad y libertad.

Porque, como explica Sanuara, no podrán sacar ciruelos del árbol que está en el patio trasero de su casa, pero pueden esperar que se caigan.

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Helen Hunt y John Hawkes en una escena de The Sessions
 
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