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Viernes, 3 de octubre de 2014

Menos Cosmo, más Cosmos

COSAS VEREDES Previo a despegar hacia la Estación Espacial Internacional, la primera cosmonauta rusa del siglo XXI dio una conferencia de prensa. Y, en vez de interrogarla sobre el hecho histórico o su complejo trabajo, el periodismo le consultó acerca del cuidado del cabello o la aplicación de maquillaje.

 Por Guadalupe Treibel

El 16 junio de 1963, una ex obrera textil de Yaroslavl se volvió leyenda nacional al despegar a bordo de la nave rusa Vostok VI como única tripulante. Con apenas 26 añitos, la cosmonauta Valentina Tereshkova se convertía así en la primerísima dama en viajar al espacio exterior, y luego en hito (su rostro en postales, su nombre en calles, edificios públicos, libros...) y en esperanza. La ilusión era una, y una sola: que el techo de cristal resquebrajado permitiese más y más mujeres abriéndose paso fuera de la órbita terrestre. Pues, la ilusión, partida; no ocurrió tal cosa. “El sueño del padre de la astronáutica soviética, Serguei Koroliov, era lanzar una tripulación femenina e incluso comenzamos juntos la instrucción. Pero lamentablemente él se fue y llegó otra persona con otros puntos de vista”, fue la explicación que ofreció Tereshkova el año pasado, cuando se cumplieron 50 años del periplo que le valió la gloria. Acorde a Igor Marinin, editor de la revista rusa Space News, “la URSS sólo intentaba ganar la carrera espacial, incluso en materia de género, pero no veía a las mujeres como suficientemente fuertes o capacitadas”.

A las pruebas remitirse: recién en 1984, casi dos décadas más tarde, llegó la sucesora de Valentina: Svetlana Savítskaya, primera mujer rusa en mandarse una caminata espacial. ¿La tercera en volar por los altos cielos? Entre 1994 y 1997: Yelena Kondakova, que alcanzó la estación MIR vía el trasbordador estadounidense Atlantis. Desde entonces, nada... Al menos, nada hasta la semana pasada. Porque los 17 años de ausencia femenina rusa en dicho campo finalmente finiquitaron, al romperse la racha de sequía con una refrescante gotita de agua que lleva por nombre el de Elena Serova. Elena Serova, primera cosmonauta rusa del nuevo siglo en pasar temporada en el espacio (y cuarta, en total). Elena Serova, primera además en poner un pie en la Estación Espacial Internacional, hacia donde se dirige la nave Soyuz que –lanzada desde la rampa Yuri Gagarin del Cosmódromo de Baikonur– la transporta junto a su compatriota Alexandr Samokutiáyev y al astronauta de la NASA Barry Wilmore. Una vez arribada la doña, y tras supervisar la operación de acoplamiento a la plataforma orbital, allí permanecerá por un total de 168 días, realizando –en calidad de ingeniera de a bordo– alrededor de 50 experimentos médicos y biofísicos.

Con 38 años, estudios en la facultad aeroespacial del Instituto de Aviación de Moscú y concienzudo entrenamiento para la mencionada misión desde 2007 en las facilidades de la NASA, Roscosmos, la Agencia de Exploración Aeroespacial Japonesa, etcétera, esta oriunda de Primorié, en el Extremo Oriente, tiene las credenciales al día. Y un fin noble: “Ninguna intención de romper records; sólo quiero hacer mi trabajo excepcionalmente bien”. Humildad aparte, otras luces la guían: “Si todo sale correctamente, mi participación servirá de señal para que más mujeres pongan a prueba sus fuerzas en el espacio”. A la espera, entonces, de que los “primeros” se acaben, no ocurran cada dos décadas y el “hacer historia” se transforme en moneda corriente en Rusia, sí está el gesto puntual: el de esta fanática de Tereshkova (a quien define como “aquella que nos abrió la puerta del espacio”) concretando la fascinación que, siendo pequeña, le generaba “cualquier asunto vinculado con la exploración de la última frontera”.

Empero y lamentablemente, que Serova marque “el regreso de las mujeres rusas a la conquista espacial” –según definen medios varios– no ha alcanzado para validar frente a cierta mirada sexista, la evidente capacidad femenina al momento de encarar cualquier tarea (en especial, aquellas que durante décadas le han sido negadas). Curiosamente los dañinos preconceptos se manifestaron en el sitio y el momento menos pensados. Porque fue precisamente en la conferencia de prensa que ofrecieron Samokutiáyev, Wilmore y la mentada Serova donde se evidenció la descalificación hacia su persona. Descalificación que la irritó a punto tal que necesitó plantear abiertamente su tedio. Descalificación que no requirió de improperios o malas formas para hacerse patente. Descalificación en forma de preguntas.

¿Qué ocurrió en dicha conferencia? Pues, teniendo enfrente a una mujer dispuesta y formada, una cosmonauta, ingeniera, científica, un magnífico modelo de voluntad y perseverancia, de coraje, los periodistas presentes (des)aprovecharon el evento prelanzamiento para despacharse con los siguientes interrogantes: “¿Cómo trata su cabello en el espacio?”, “¿Lleva maquillaje?”, “¿Quién cuidará de su hija de 11 años mientras esté lejos?”, entre otras cuestiones “de peso”. Y aunque en un comienzo la paciente señora esquivó las zonceras, terminó por saturarse y consultar: “¿Acaso no les interesa el peinado de mis colegas?”. Al parecer, no: ningún astronauta varón padeció el cuestionario Cosmopolitan ni tuvo que mostrar cómo se limpia las mechas. Un pequeño ejemplo para el mundo, otro paso tragicómico para la humanidad.

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