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Viernes, 3 de octubre de 2014

VISTO Y LEíDO

Mariposa technicolor

En El nervio óptico, la crítica de arte María Gainza exhibe los rasgos que definen su personalidad, las estrecheces del gusto y las arbitrariedades de su ojo estético.

 Por Malena Rey

El nervio óptico es un conducto sensitivo encargado de transmitir la información visual desde la retina hasta el cerebro, y es también el nombre del nuevo libro de María Gainza, una ¿ficción? compuesta por un puñado de relatos con la mirada como protagonista. Pero la mirada comprendida en toda su complejidad, como herramienta clave a partir de la cual hacemos nuestro el mundo, lo estudiamos, contemplamos y referimos por medio del lenguaje. En este sentido, las historias de Gainza (crítica de arte, periodista, docente y curadora) cruzan el universo de las imágenes con el de la vida privada a través de distintas interpelaciones: puede ser un detalle de una pintura vista en un museo la que dispare el relato de un recuerdo sobre la formación de la sensibilidad, o una anécdota de la juventud la que permita tender puentes con el arte como experiencia vital. Como dice Ernesto Montequin en la contratapa del volumen, El nervio óptico puede leerse también como guía subrepticia de los museos públicos de Buenos Aires, narrada a partir de la voz de una mujer que se hace cargo –no sin ironía endiablada– de todos los prejuicios de clase que tuvo que combatir y de todos los demonios que tuvo que callar, habiendo nacido en el seno de la aristocracia argentina, y entablando, como bien explicita en uno de los mejores relatos, “El encanto de las ruinas”, un diálogo con su pasado y sus elecciones a través de la relación con su refinada y alocada madre, y de su “síndrome de la cuna de oro”.

De lo que se trata en El nervio óptico es del arte como medio de supervivencia, no sólo económica sino también espiritual, y de los hechos estéticos como hitos en la sensibilidad de quien vive de decodificarlos. Lo ameno del tono del libro –la vuelta de tuerca que encuentra Gainza– es que alterna permanentemente entre la crónica o la ficción biográfica y las curiosas vidas de artistas: Cándido López, El Greco, Rothko, pero también otros artistas olvidados que nunca entraron en el canon de la pintura occidental, y que la autora viene a rescatar a través del relato de sus opacas trayectorias. Es muy interesante cómo Gainza expresa los efectos que tiene la contemplación de una obra que la conmueve, una reacción física que cuesta volcar en palabras. Por ejemplo, ante el ciervo de Dreux –una pintura que ve de casualidad en una visita a una colección privada–, dice: “Me recordó que en la distancia que va de algo que te parece lindo a algo que te cautiva se juega todo en el arte y que las variables que modifican esa percepción pueden y suelen ser las más nimias. Apenas verlo, empecé a sentir esa agitación que algunos describen como un aleteo de mariposas pero que a mí se me presenta de forma bastante menos poética. Cada vez que me atrae seriamente una pintura, el mismo papelón. Me han dicho que es la dopamina que libera mi cerebro y aumenta la presión arterial”. Más adelante, retoma esta impresión, como si lo sublime sobreviniera sin poder ser explicado. En el Museo Nacional de Bellas Artes se para ante un cuadro de Courbet: “Cada vez que miro Mar borrascoso algo se comprime dentro de mí, es una sensación entre el pecho y la tráquea, como una ligera mordedura. He llegado a respetar esa puntada, a prestarle atención, porque mi cuerpo alcanza conclusiones antes que mi mente. Más tarde, rezagado, llega a escena mi intelecto con su incompleto kit de herramientas”. Es muy grato encontrar como lectoras este tipo de confesiones tan sinceras de parte de quien practica una profesión como la crítica de arte, género que puede pecar de frívolo y distanciado.

Apuntalados por referencias literarias, a medida que Gainza hace alternar el universo artístico con el plano personal (sus noviazgos, amistades, el embarazo), avanza también en el libro su autoconocimiento. El punto máximo de encuentro entre los dos mundos se da cuando descubre en un museo menor de la capital un lienzo de Schiavoni en el que hay una niña exactamente igual a ella en la infancia. Como si el arte tendiera puentes invisibles entre el pasado remoto y el presente en que lo contemplamos, Gainza se presta también al juego fascinante de ser otra, intercambiable: “Una habla de sí mismo todo el tiempo, tanto que termina por odiarse. Cuando me canso de mí, de las volteretas que da mi cabeza, pienso que quizá no sea una mala idea terminar siendo un fantasma”.

El nervio óptico (Mansalva) 160 páginas

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