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Viernes, 14 de noviembre de 2014

CINE

Madres erectas

Curiosos ejemplares de mujeres en una adaptación al cine de un cuento de Doris Lessing. Madres perfectas las retrata tan bellas y lisas como sus hijos adolescentes.

 Por Marina Yuszczuk

La fantasía de cogerse a la mamá de pronto está por todas partes: American Pie la popularizó con el término MILF (mother I’d like to fuck), el porno la recibió con algo más que los brazos abiertos para dedicarle toda una categoría de películas y videos y hasta Justin Timberlake y Andy Samberg se disfrazaron de dúo pop en Motherlover para interpretar a dos amigos que se olvidan del Día de la Madre y, ante la falta de regalo de último momento, deciden que cada uno le haga “el favor” a la madre del otro. En el video, Patricia Clarkson y Susan Sarandon aparecen encantadas de que los mejores amigos de sus hijos las devuelvan a una dimensión erótica que las tenía completamente abandonadas, y los hijos están más encantados todavía de poder satisfacer a las madres que en definitiva son, como dice la letra de Motherlover, mujeres con necesidades de mujeres maduras. Como si el mundo se hubiera ordenado de repente –o no tan de repente en realidad– alrededor de las preferencias del adolescente varón y calenturiento, las MILFs cobraron entidad y hasta pueden estar orgullosas de seguir siendo sexualmente deseables a una edad en que la mayoría de sus colegas madres y mujeres se consideran “arruinadas” para siempre. Pero eso sí: tienen que ser perfectas. Una MILF con abundantes arrugas, algunos kilos de más o las tetas naturalmente caídas no va; a la MILF se le concede la gracia de ser cogida por un varón joven, precisamente porque su estado de conservación es una especie de milagro, una manera casi mágica de burlar el tiempo destructor que deberá premiarse de algún modo.

Así de MILFs son las protagonistas de Madres perfectas, nada menos que Robin Wright y Naomi Watts en el momento exacto de sus carreras en que pueden interpretar a dos mamás de veinteañeros pero también ir a la playa con bikini: con cuerpos de modelos, tetitas pequeñas que no se dejan vencer por la gravedad y rubios impecables, las actrices encarnan a dos amigas que son vecinas en una playa tan rubia y tan impecable como ellas. La directora Anne Fontaine basó su película en un relato de Doris Lessing que se llama “Las abuelas”, pero el título de Madres perfectas le cuadra mucho mejor a todo lo que se ve en la pantalla. Amigas desde que eran dos nínfulas que tomaban licor a escondidas, Roz y Lil maduraron juntas y criaron a sus respectivos hijos varones una al lado de la otra, en casas vidriadas o con preciosos balcones aterrazados donde transcurren las cenas de modales delicados y copas de vino. Esos hijos varones, además, parecen haberse dejado criar sin conflictos, y en el mundo de Madres perfectas nadie levanta la voz ni quiere rebelarse contra su mamá. Lejos de eso, los hijos admiran silenciosamente a las mamás, y las madres están tan embelesadas por la evolución de sus chiquitos en hombres musculosos y bronceados que hacen surf que se susurran la una a la otra: “¡Son como dioses!” Semejante armonía no puede quebrarse por la presencia de esos especímenes menos delicados que son los varones adultos y pseudodominantes, y es por eso que Roz se las arregla para expulsar suavemente al marido (Lil ya hizo lo suyo enviudando) del paraíso maternofilial donde sólo caben cuatro.

Madres perfectas es el reverso de la historia, las MILFs apropiándose de los varones jóvenes para robarle una segunda juventud al tiempo que las trata como reinas, y extrañamente en la película todo se da con bastante naturalidad y parece tener mucho sentido: las madres usan a los hombres para fabricar a sus futuros amantes, a quienes pueden criar a gusto y semejanza de ellas mismas, y después los descartan. Eso, y la sensualidad de los cuerpos jóvenes sobre los cuerpos maduros, es lo que vuelve perturbador un relato que de otra forma podría ser gracioso. Pero en el paraíso de las Madres perfectas sólo se admite a mujeres flacas y rubias que podrían estar en una publicidad de Vichy o de L’Oréal, y la fantasía sólo puede tener sentido en el paisaje aislado de una playa tan pura que nunca fue hollada por una bolsa de nylon o una botellita de gaseosa.

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