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Viernes, 14 de noviembre de 2014

HOMENAJES

Mafalda capitana

 Por Roxana Sandá

Cuesta hablar de ella evitando la autorreferencia. Acompañó junto con su banda los recreos y las meriendas de chicas y chicos nacidos en los sesenta, cursantes de primaria sobre principios de los setenta. A diferencia de El Principito, que gustaba (sobre todo para dibujarlo) pero no se le entendía demasiado, la nena de los zapatos botanguita y el vestido trapecio era una amiga cómplice, porteña irreverente nada sutil. Imposible no identificarse con alguien que deseaba la paz mundial pero mucho más un televisor. Si al cabo todxs queríamos el mismo aparato en blanco y negro, de este lado para ver las novelas de Migré pero también para observar incrédulxs la llegada del hombre a la Luna. En una mano, una revista de Mafalda (el librito, decían algunos), en la otra un Topo Gigio de goma con camisetita rayada de streech. El ocupó la pantalla durante años, minutos antes de las diez de la noche, en una casa mínima de cartón pintado. Nunca quería irse a dormir, salvo que lo dijera primero, mientras Juan Carlos Mareco le hacía cosquillas en la panza. Mafalda era otra cosa: su voz habitaba la vida interior de lxs argentinxs; a los ocho años leerla se convertía en una conversación muchas veces incoherente con ella, con sus amigos y con el mundo. Se sentaba en un banquito, encendía la radio y comenzaba un contrapunto sin fin. “Hizo el Papa un nuevo llamado a la paz...” “¿Y le dio ocupado como siempre, no?” En ese entonces los banquitos de madera con asiento de mimbre hicieron furor. Se compraban a los vendedores ambulantes que paraban con sus carros atestados de plumeros, escobillones y muebles pequeños en las esquinas de la ciudad (en Arenales y Azcuénaga había uno que les vendía a todas las señoras gorilas de la zona para regalarlos a sus nietas. Decían mosqueadas, y poniendo los ojos en blanco, que “la nena ahora lee Mafalda”).

Esa chica algo sobreactuada, protestona y cascarrabias decía que al globo terráqueo “le dolía el Asia”, o que los cactus eran el monumento a la situación internacional, mientras rezaba al cielo “que no haya muerto el pájaro loco” cada vez que escuchaba noticias de último momento. Es que Quino logró emocionar, intrigar, reír y hacer esperar con apuro la salida del próximo número desde el lugar menos imaginado: el tópico gris de lo cotidiano en un mundo de clase media. Ahí también, entre muchas otras cosas, radica la genialidad del asunto. Es mérito inmenso provocar grandes desenlaces cuando se escriben globitos sobre la sopa, los precios del almacén, el cuelgue infantil, los juegos de muñecas, el chupete o la batalla desigual contra las hormigas. Lástima que nunca rescataron de la cocina a la madre de Mafalda. Esta (se) preguntaba “si cuando mi mamá era chica querría ser lo que es ahora” y “¿Qué te gustaría ser si vivieras?”. Había acidez en lo dicho pero también era la cristalización de un modo-madre contemporáneo del que aún hoy siguen editorializando las revistas “femeninas”. Mafalda pisó poco y nada la cocina, siempre ubicada en el living, la vereda o la plaza. Desde esos anillos de poder, ella, Felipe, Susanita, Manolito, Miguel, Libertad y a veces Guille, entendían que la contracción al deber y al estudio era “la peor alegría” que pudieran obsequiarles. Volaban con Los Beatles. A mediados de 1974, en la disquería Tocata y Fuga, de Santa Fe y Larrea, no cabía un alfiler (ningún motivo en particular. O sí). Las pibas querían Help!, por “Yesterday”, desde ya, pero también para compartir por qué Mafalda solía pedirle a la maestra de música que en vez de enseñarles himnos les tocara una de McCartney. El día que murió Perón, en la escuela Bernardino Rivadavia, primaria de jornada completa, una chica de quinto grado apoyó los brazos en el pupitre y sobre ellos ocultó el rostro contraído por la pena. Las que la rodeaban fueron imitando ese movimiento con lentitud, en una inclinación de cabezas colectiva, para curiosear mejor en aquel mar de lágrimas. La cara no dejó verse, pero debajo del mueble escondía una revista de Mafalda. Estaba prohibido llevar material ajeno a la currícula educativa, pero la gravedad del acontecimiento superaba el acto transgresor. En medio de la consternación alguien, una fanática del momento sin duda, le preguntó si mientras tanto, hasta que calmara el llanto y la tristeza, se la prestaba un rato, nomás.

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