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Viernes, 14 de noviembre de 2014

PANTALLA PLANA

Teatro de operaciones

The Knick se traslada a un hospital neoyorquino de principios del siglo XX para narrar sus tragedias y aciertos: médicos y pacientes poniendo el cuerpo y partos y abortos en el centro de la acción.

 Por Malena Rey

The Knick, la miniserie de diez episodios dirigida por Steven Soderbergh y protagonizada por Clive Owen, empieza en el quirófano, con una escena en la que dos cirujanos reputados del Hospital Knickerbocker –donde transcurre casi toda la acción– hacen una cesárea de urgencia por un caso de placenta previa. La cámara no nos ahorra ningún detalle; no hay elipsis en The Knick: la sangre brota a borbotones en un teatro de operaciones en el que muchos hombres observan el procedimiento descripto, que finalmente sale mal, y la mujer y su hijito mueren. De allí en más, The Knick no para de mostrarnos cuán cerca está la muerte de los cuerpos, y cómo los médicos muchas veces son tanto o más vulnerables que sus pacientes. El acierto de la serie –además de las actuaciones, de los climas muy logrados, de la ambientación, de la música minimalista– es justamente ése: hacer que no haya abstracciones que nos eviten el dolor o el morbo como espectadoras, y que a la vez entremos en las pequeñas y en las grandes líneas argumentales, empatizando con personajes moralmente polémicos, como el Dr. Thackery (Owen), cirujano adicto a la cocaína y al opio, o con la monja que practica abortos clandestinamente mientras da sus bendiciones y dirige un hogar de menores. En este sentido, The Knick no quiere tener nada que ver con las típicas series de médicos, que se regocijan en el melodrama o en la neurosis de sus protagonistas: acá todo transcurre en Nueva York durante los primeros años del siglo XX, una época castigada por la injusticia social y el desabastecimiento, en la que todavía no se usaban guantes para examinar a lxs pacientes y en la que las limitaciones sobre el conocimiento del cuerpo humano eran palpables y trágicas. En este contexto, con pocos recursos y muchas intuiciones, en materia científica estaba todo por hacerse. Los médicos eran quienes diseñaban sus instrumentales quirúrgicos, quienes aprendían por prueba y error, y quienes se contagiaban también las enfermedades. Sífilis, tuberculosis y fiebre tifoidea eran palabras cotidianas.

El hospital como campo de maniobras pone en juego distintos planos: el social –porque allí se recibe tanto a familias distinguidas como a inmigrantes judíos tuberculosos, y hasta a una mujer de clase alta desfigurada y avergonzada por la sífilis–, el racial –con la inclusión en el plantel de un médico negro, denostado por el resto, en la que será una de las principales líneas dramáticas–, y el sexual –con varias escenas en prostíbulos, y con disquisiciones sobre los cuerpos de las prostitutas y las interrupciones voluntarias del embarazo–. Otro de los puntos altos de The Knick es justamente sus personajes femeninos; llenos de matices, ellas son las más fuertes en este circo, las más determinantes. La enfermera Elkins y su festejada falta de reparos; la benefactora Robertson, que desafía las convenciones sociales más rígidas; la monja que asiste en los partos y se quita los hábitos para realizar abortos; la mujer que pierde a su hija y se vuelve loca, y hasta la dama de sociedad que está dispuesta a todo con tal de reconstruir su rostro; todas se dignifican con sus acciones, y a la vez ponen en crisis los prejuicios que recaen sobre ellas.

Al igual que True Detective y Fargo, dos grandes miniseries que dio este 2014, The Knick es un producto redondo, cuidado en sus mínimos detalles, que cuenta muy buenas historias en el hospital entendido como espacio de trabajo, de investigación y de sociabilidad, como lugar de conflicto, de muerte y nacimiento. Eso sí, por su realismo y su pretendido verosímil, la serie no es apta para impresionables.

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