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Viernes, 6 de marzo de 2015

CINE

Una vez puta...

Jeune et Jolie, la nueva película de François Ozon, que narra sin romanticismo ni amaneramientos el devenir mujer.

 Por Marina Yuszczuk

No debe haber asunto más inagotablemente atractivo en este mundo que la iniciación sexual de una adolescente, ese momento de exploración de una chica que hace de la mezcla entre la mucha inocencia y la demasiada calentura una bomba que todos quieren ver estallar. Eso que Marguerite Duras contó en El amante y que Jean-Jacques Annaud retrató en el cine con el cuerpo de una mitad-nena mitad-no se sabe todavía qué, irresistible en esa mezcla de trenzas de colegiala, tacos altos y labios muy pintados de rojo, o que Adrian Lyne convirtió en objeto de deseo con una Lolita mucho más consciente y atrevida que la tonta masca chicles de la novela de Vladimir Nabokov. Hay algo ahí, en la virginidad y la inexperiencia de una casi nena, en sus ganas de conocer el sexo, que en el imaginario sigue siendo eternamente un secreto y en las pautas sociales, algo prohibido. Todo el mundo da por sentado que los varones se masturban desde el minuto en que se les para y a nadie le interesa verlo, pero una chica que se toca boca abajo en una cama, con la bombacha corrida y el culo levantado estratégicamente hacia la cámara, es una imagen que a nadie le resulta indiferente.

Y eso es precisamente lo que hace Isabelle (Marine Vacth) al comienzo de Jeune et Jolie de François Ozon: no solamente se masturba sino que se saca de encima la virginidad como quien sabe que es un paso molesto pero necesario en el camino al sexo. Nada de sentimentalismo, nada de “me gusta o no me gusta este chico”, nada de armar la escena siguiendo algún modelo de amor romántico. Isabelle es hermosa y cumple punto por punto con los parámetros de belleza actuales; la actriz que la interpreta es modelo de Ralph Lauren en la vida real, flaca y con tetas pequeñas pero unos labios carnosos que parecen sexo. Y lo más inquietante es que envuelta en ese cuerpo hay una chica práctica, no una dulce jovencita que sueña con el amor sino una chica que está empezando a ser una mina y que –aunque ni se plantee por qué– sabe bien lo que quiere: coger. Nada más que coger. Y que le paguen.

Eso convierte a Isabelle en una especie de Terminator, letalmente bella y letalmente indiferente a casi todo lo que podría hacerla dócil o manejable. No tiene amigos, no le importa mucho la familia y después de desvirgarse se arma una página donde se ofrece con fotos en ropa interior y se empieza a prostituir con tipos que le dan 300 euros a cambio de un rato en una habitación de hotel. Ozon relata este momento con una mezcla de realismo y sensación de aventura, un período fascinante en que sacarse de encima la juventud como un estorbo y convertirse en la mujer que sabe hacer su trabajo y taconea los pasillos de hoteles vestida como una azafata de labios colorados tiene un aire a libertad gozosamente ambiguo. Porque el peligro está, el maltrato aparece, y mientras Isabelle aprende que tiene que cobrar por adelantado o que puede pedir un poco más si sabe negociar los extras (como chuparla sin forro), la banda de sonido va bordeando las escenas que ella atraviesa casi muda con palabras y voces de mujer que muestran lo conmovedor de esa invención o conquista de sí misma.

Al mismo tiempo, Jeune et Jolie consigue no regodearse en el cuerpo de su protagonista –y despacha por ejemplo los progresos sexuales en una secuencia de montaje breve– y con inteligencia la rodea de un pequeño mundo que acciona y reacciona sobre la sexualidad de la chica: el hermanito menor que la admira, la madre que se asquea y no quiere entender ni saber ni por un segundo, el chico insulso de la misma edad que no tiene nada más que devoción para ofrecerle, el psicoanalista que se esfuerza por encontrar un corazón donde parece no haberlo. Y los clientes, los que se fascinan y los que desprecian, o el que dice, con la voz de toda una sociedad, “Una vez puta, siempre puta”, aunque la mirada magnífica de Isabelle deje ver que las cosas son un poco más complicadas, más misteriosas que eso.

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