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Viernes, 6 de marzo de 2015

OBJETOS

El fetiche de mamá

Tras conquistar las pasarelas del mundo como modelo, Daniela Urzi presenta un libro de fotos donde hace posar a sus colegas en corpiño y bombacha con el oso de peluche de su hijo.

 Por Marina Mariasch

En los portales de primicias la noticia fue que Susana casi se cae al piso, engrosando así su larga lista de bloopers mediáticos. Pero aunque el lugar estaba lleno de estrellas y supermodelos, los flashes los acaparó Teddy, un osito gigante con alma de guata. El evento fue la presentación de “Teddy and I”, primer libro de fotos de la modelo Daniela Urzi. Con encuadernación de lujo y un papel ilustración de gramaje codiciable, Urzi les sacó fotos a sus amigas modelos posando con un oso de peluche enorme que es (¿o era?) el juguete favorito de su hijo de dos años. ¿Cómo se le habrá ocurrido a Daniela sacarle el osito al chico y ponerlo en la cama con las amigas en tanguita, haciendo de proxeneta, rocker, gigoló?

En las fotos, Teddy desayuna y lee el diario mientras la modelo pasa el plumero vestida de mucamita hot, Teddy es amante furtivo en un placard, es compañerito de estudios y fantasías, es frontman heavy de banda de rock, es cliente de sexo pago, dj, patrón de estancia, Susano.

Daniela, mamá modelo, tras una saga de romances bronceados y publicitarios encontró el amor y el pacto de casamiento junto al empresario Pablo Cosentino y tuvieron su boda en Xcaret –”es carito”, dicen los mexicanos–, paraíso elegido por famosos. Urzi empezó sacando fotos en aeropuertos, en esos tiempos muertos mientras desplegaba su belleza innegable de piel dorada y ojos turquesa por los centros mundiales de la moda. Le gustaban las máquinas: fue dj y buscó música sexy en las pistas de Ibiza. Pero se fue perfilando hacia la buena senda marcada por otras que la precedieron, como su gran amiga Valeria Mazza, que también posa con el oso: se tatuó una cruz y formó familia.

A la revista Caras le contó así la idea del oso, para quien la inocencia le valga: “El nene le encajaba la mema, le daba de comer, lo quería vestir, se volvía loco... Lo veía tan grande que lo adoptó como parte de la familia. Sin darnos cuenta, ya había cobrado vida en nuestra casa”. La desproporción y la incongruencia causan gracia. Pero estamos hablando de una mujer que como la mejor de las frenemies (amigas-enemigas) pone a las suyas en cuatro y las hace arrastrarse para el gusto del ojo patrón.

Urzi pudo haber estado cerca de convertir al urso en el objeto deseado. Pero no pudo. Teddy es sólo un objeto transicional. Y las cosificadas siguen siendo, seguimos siendo, en un presente continuo que parece no terminar, las mujeres. Empoderadas, a veces, en algunas imágenes que las tienen como pares del oso en cuestión, pero siempre validadas por la lencería mínima, prestas a ser penetradas, vulneradas, puestas a punto para el goce típico masculino.

Además de sacarles el alma, las chicas de las fotos de Urzi, a pesar de estar junto a un juguete, son ellas el sex toy. El oso es un muñeco inerte aunque lo vistan de seda, traje o bond. O, en su aspecto más animado, puede ser fetiche, una manera no convencional de alcanzar el placer sexual que por suerte la psiquiatría y la sexología ya no encierran en el corral de la patología. No nos preocupa lo que se considere “normal” ni los “excesos”. Nos ocupa el goce. No queremos superar las parafilias. Queremos que en todo caso cualquier práctica esté al servicio de nuestro deseo y no –otra vez sopa– al servicio del ojo modélico del amo.

No hay manera de saber cómo conjuran sus maternidades perfectas, de niños esquiadores, rubios nórdicos y dorados sin milanesas de arena con la idea de usar el peluche del hijo para una producción cuasi porno. Son elecciones más o menos inconscientes. O decisiones drásticas y activas, como la de Kate Moss, modelo desviada, que herida de amor siguió el mantra de Sara Hebe y, golpeando donde más duele, quemó el oso de peluche de la infancia a su ex Pete Doherty. Porque hasta los objetos pueden tener una cualidad sensible.

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