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Viernes, 6 de marzo de 2015

RESCATES

La Dama de la historieta

Liang Baibo 1911-1970

 Por Marisa Avigliano

Le dijo Manet a su amigo Antonin Proust: “Sólo hay una verdad, y es plasmar inmediatamente lo que ves. Si funciona, funciona. Y si no, empezás de nuevo. Lo demás son tonterías”. Sin saberlo Liang Baibo le hizo caso al pintor de El bebedor de absenta porque dibujó lo único que veía: mujeres modernas. Y fueron esas mujeres las que protagonizaron su Miss Bee, la primera tira cómica china creada por una mujer.

Cuando la provinciana de Guangdong conoció en la Shanghai de los años treinta (abriles de explosión licenciosa entre tradición oriental y moda occidental) a Ye Qianyu, el maestro muralista pionero del manhua (comic chino) se enamoró y se quedó a vivir con él. Poco después de un arreglo entre el pintor y su anterior mujer se casaron en secreto (Ye Qianyu tuvo tres matrimonios, el de Liang fue el segundo). El clan plástico de Ye Qianyu y sus amigos –Ding Cong, Zhang Leping, Wang Dunqing, Zhang Guangyu– la adoptó de inmediato; su estilo de vida era nuevo, atractivo, irresistible. Quiso que la llamaran “Bomb” (ellos le propusieron un apaciguado “Bon”) y, haciendo honor a su bautismal apodo, fue un año después de aquel flechazo amoroso una de las organizadoras (la única mujer entre veintinueve hombres) de la primera Exposición Nacional de la Historieta. La flapper china (modeng xiaojie, chica moderna), la Clara Bow de Shanghai era creada por una china menuda y flaca. Liang, “la aventurera, la mujer ideología”, la antigemela de cualquiera de las mujeres que aparecían en el comic hacía historia desde el papel dibujado. Moda y humo, moda y curvas para cuerpos que vivían ocultos entre telas amplias de corte recto. Estas mujeres (abuelas con estirpe de un Vosotras local) irrumpían en la sociedad y confundían moralidades mientras Miss Bee (“Mifeng xiaojie”) representaba el figurín (esta vez sin molde) de la nueva mujer china, vanidosa de sus curvas, de su cintura pre Barbie y sus pelos dorados ideales para la comicidad que libraba la historieta, mientras su autora mostraba la rapidez con la que Occidente no sólo las estaba vistiendo (vale la pena ver una vez más a Katharine Hepburn convertida en china con ojos maquillados en la extensión imposible personificando a Jade Tan, la mujer que enfrenta a la invasión japonesa en La semilla del dragón).

La invasión japonesa de 1938, la real, no la de la pantalla, terminó entre otras cosas con la para ellos incómoda “Miss Bee, retrato de una mujer moderna” y también con el matrimonio de los caricaturistas. En Wuhan, la ciudad cortada por dos ríos, y mientras formaba parte del Comité de Trabajo en Tiempos de Guerra de la Asociación Nacional de Dibujantes, Liang conoció a un piloto de la Fuerza Aérea y se fue con él a Taiwan. El destino de ese romance parece haberse estrellado en la isla, porque después de aquella travesía amorosa pocos detalles se conocen sobre la vida de Liang, apenas la cartografía de un parte médico que diagnosticaba esquizofrenia como antesala certera para un suicidio que se produjo cuando alumbraban los años setenta. La dama de la historieta no tuvo sucesoras inmediatas. Sus herederas terminaron el siglo que compartieron dibujando cuerpos propios y ajenos, cruzando lo real con la abstracción serial y el surrealismo con la monocromía, sin perder de vista la estocada infalible de Liang y el popurrí atemporal de pañuelos Lucille Ball y escotes Jessica Rabbit que se ríe mientras la acompañan.

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