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Jueves, 2 de abril de 2015

IN CORPORE

El cuerpo fragmentado

Sorprendió al mundo hace dos años cuando decidió hacerse una doble mastectomía para bajar las chances de contraer cáncer de mama. Ahora se sometió a una salpingo-ooforectomía para eludir la enfermedad pero en los ovarios, patología que había matado a su madre en 2007. En una carta que dio a conocer tras la última intervención, escribió que la presencia del gen BRCA1 en su sangre (dato que la decidió a operarse, ya que sumaba probabilidades en su camino a la enfermedad) la encontró “pacíficamente ante el verdadero sentido de la vida”, hecho que la llevó a decidirse sin titubear. El cuerpo fragmentado y las chances de las mujeres de elegir, dos de los tópicos elegidos para justificar una decisión polémica.

 Por Flor Monfort

El corte, la cicatriz, el posoperatorio, las vendas, el pus, la sangre, el dolor, los puntos (¿los de Angelina serán con hilos de oro?). Todo ese paisaje plateado del quirófano, el ruido metálico, el frío, la espera, el check in, el check out, la suavidad de una bata que tapa apenas la piel mientras el agujero negro de la anestesia duerme al paciente. Aun con todo el confort del mundo (que no es menor), imaginarse en ese río rojo de cortar y pegar que implica una cirugía es, para muchxs, más poderoso que el temblor que recorre el cuerpo ante la posibilidad de estar, de ser una persona enferma. Angelina Jolie viene experimentando con su cuerpo desde joven, como tantas jovencitas que ven en rayarse los brazos y piernas (las ProAna, las más famosas de la tribu) una salvación al signo de pregunta estampado en la cara de toda adolescente. También sus tatuajes, que puso, sacó y tapó en su piel marcando los destinos de novixs y amantes. Un poco más arriba en la apuesta: experimentando con cuchillos y declarando su fanatismo por introducir serpientes en sus juegos sexuales.

Es difícil saber qué se siente ser tan linda, deseada, observada y rodeada de millones. Es difícil saber el alcance de esa belleza cuando se potencia con una pareja masculina igual de sexy e irresistible para los cánones que marcan las leyes de la atracción oficiales. Pero no es inocente, ni casual, ni espontáneo ese ejército que forma la troupe más célebre del planeta: bajando las escalinatas de los aviones, destinos exóticos adonde los llevan la ficción, los premios y la solidaridad (no hay que olvidar que Angelina es Embajadora de Buena Voluntad), los Jolie-Pitt forman un equipo multirracial impulsado, según ellxs, exclusivamente por el deseo de ser una familia numerosa. No son malas intenciones lo que se deduce de esos gestos sino alardes pomposos de que todo en esas vidas deba ser, sin excepción, espectacular, grandilocuente, inolvidable, imposible de igualar.

Así es como Angelina pone y saca el cuerpo del quirófano, instigando a otras mujeres a hacer lo mismo. Y lo hace público, salteando esa regla implícita de que el “nosotras” debe marcarse con cuidado (ese *nosotras* que intenta igualar las experiencias de las mujeres, aunque muchas veces desde la militancia, siempre es mentiroso) al ritmo de la alerta, la llamada a concientizar, como si las prioridades fueran los genes en un mundo que no da abasto con sus propios recursos y miserias. Pero Angelina es mainstream, juega en primera, todo lo que la rodea es de lo mejor. Lo que ella hace es digno de imitar, así es el tratamiento mediático, y tan pasmadxs deja a tantxs que el debate se inhibe y ni las performances de las artistas que pusieron el cuerpo (Cindy Sherman, Marina Abramovic) logran igualar su osadía. ¿Operarse para prevenir o prevenir para encender el reflector en otra capa de la existencia? ¿Cómo son las marcas en la piel de Angelina? ¿Cuán roto quedó su cuerpo, por dentro, por fuera, con el objetivo de llegar viva al paso del próximo cometa Halley?

Hay médicos y especialistas que salieron a avalar su decisión, amparados en esa regla institucional de los cuerpos como objetos a los que evaluar y diseccionar sin muchos miramientos en las identidades tras esos cuerpos (y de esto, la militancia trans e intersex tiene tanto para decir) pero lo cierto es que si se trata de seguir el hilo de sus decisiones, Angelina Jolie es muy coherente. Lo que resta es preguntarse qué nos queda al resto, interpeladas por esa carta donde nos incita a prevenir para no perdernos las caras de nuestrxs nietxs. No estamos salvadas, ni nosotras ni Angelina, que no asocia a su acción las violencias, mutilaciones y demás vejámenes que sufre el colectivo del que reclama atención y mano firme para decidir.

No está demás decir que la acción de salvataje no exime a Angelina de contraer un tumor en el páncreas, o de cruzar la calle y ser pisada por un camión (si es que la cruza, de vez en cuando, como cualquier mortal) o de ser víctima de un loco como Lubitz que estrelló su avión para consumar una especie de suicidio con compañía (o asesinato en masa). La operación mutilante a la que fue sometida la expone a una menopausia precoz por la que deberá recurrir a terapias hormonales a los 39 años. Por sus antecedentes familiares, que eludían al útero, decidió conservarlo, por lo que mañana (y esto no se sabe a ciencia cierta) el tumor que podría haberse alojado en el ovario busque refugio en el útero. No queremos que Angelina se enferme, sí instalar la pregunta sobre los cuerpos cuando son depositarios de una serie de predicados que se asumen como universales. ¿Qué es lo sano y qué es lo enfermo? Según los parámetros de Angelina, ver crecer a sus hijxs es la única verdad y necesidad. ¿Y las que no tienen hijxs? ¿Para qué futuro viven? Y las que viven para llegar a fin de mes, ni siquiera las mujeres sin recursos, sólo las que corren la liebre para pagar las cuentas, ¿en qué condiciones están de atajarse de los genes malos? ¿Y cuánto sirve la ciencia para vivir bien si también había posibilidades de que Angelina nunca se enfermara, o que en el futuro el cáncer no sea más que un mal que un procedimiento de rutina soluciona? El corte, la cicatriz, el posoperatorio, las vendas, el pus, la sangre, el dolor, los puntos no enmiendan heridas del alma ni rescatan identidades que flotan en el mar de la duda, sólo ponen certeza allí donde había incertidumbre (y tal vez ni siquiera eso), con todas las ventajas y los horrores que eso supone.

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