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Jueves, 2 de abril de 2015

PERFIL > GABRIELA MICHETTI

La plantada

“Mírame a los ojos”, es el eslogan de campaña de Gabriela Michetti para gobernar la ciudad de Buenos Aires. Sus ojos están apenas delineados por una liñita de maquillaje, no esconde sus arruguitas y, como siempre, apuesta a que su debilidad se convierta en fortaleza. Pero la versión 2015 de Michetti –además de los rulos domados por un brushing aplastante– muestra a Gabriela enfrentando a su mentor, Mauricio Macri, que ya declaró su apoyo explícito al jefe de Gabinete porteño –y archirrival histórico de Michetti–, Horacio Rodríguez Larreta.

El guiño a la mirada es una apuesta a la confianza de una candidata que despertó la idea de cercanía, honestidad y valentía. Gabriela siempre tuvo alta la imagen positiva, que es como la autoestima encuestada de la política. Ella usó ese marketing y ese marketing la usó a ella. En la carrera electoral del 2015, Mauricio Macri quería que fuese su vicepresidente (con el sexo neutralizado como práctica y lenguaje), la que lo secundaba desde abajo, hablando de corrido y con sonrisa de postal norteamericana de superación personal. Pero Gabriela le dijo no. Y, cuando una mujer dice no, para Mauricio no es no.

Entre tanto nombre propio canchero (como si la campaña electoral fuera una rueda de apretones de manos de una vernissage o un grupo de WhatsApp de un edificio con amenities), Mauricio le cobró a Gabriela su desafío y salió a apoyar explícitamente a Horacio, en la mesa de Mirtha Legrand –que le ahorra a sus entrevistados atragantarse con preguntas sobre el aumento de la mortalidad infantil–, para las PASO que se votan, el 26 de abril, en la Ciudad de Buenos Aires.

Mauricio rescató que Horacio estuvo ocho años en la Ciudad al pie del cañón. Una metáfora bélica que demuestra que, cuando hay que elegir, las mujeres siguen relegadas a la trinchera. Mientras tanto, Gabriela se quebró en Intratables y facturó que no creyó que decirle que no a Mauricio iba a tener tantos costos. A Patricia Bullrich, que ahora apoya a Mauricio por si alguien se perdió en la calesita oportunista, le pareció preciosa la comparación de Macri con un DT que, cuando tiene que ganar un partido, debe definir a su mejor jugador para entrar a la cancha. Fútbol, guerra y piernas. El darwinismo político confiesa que las heroínas amarillas son descartables si se revelan y no quieren acompañar el poder como a su silla de ruedas, sino, además, avanzar por su propia cuenta.

Gabriela contó que la separación con su ex esposo (el periodista Eduardo Cura) le dolió más que su accidente. Pero el macrismo recela de su actual pareja, Jorge Tonelli. No porque es el director ejecutivo de la Cámara Argentina de Productores de Especialidades Medicinales de Venta Libre (Capemvel), que impulsó que las cadenas de farmacias vendieran medicamentos sin receta y golosinas en la ciudad de Buenos Aires, sino porque avizoran que detrás de toda gran mujer hay un hombre que pretende más poder.

El machismo juega también su propia interna. En la necesidad de Macri de colocarse como una figura política y no sólo un bon vivant de los negocios paternos a costa del financiamiento estatal, la senadora y ex vicejefa de Gobierno porteño fue central. Pero ahora que ella se juega a su propio peso la misoginia carnívora de la política no le perdona su autonomía. No le alcanza con ser la confesa de Jorge Bergoglio, aun antes de que fuera papa, ni sus lealtades amarillas. Macri la sigue llamando hermanita. Pero, igual que en las empresas, a las hermanitas se las puede espiar (como a la ya difunta Sandra Macri) o conformarlas con un vuelto.

Gabriela no quiere encontrarse cara a cara con Mauricio. No quiere quebrarse. El mandato es que las mujeres, en la política como en el trabajo, se escondan en el baño para llorar. Justo ella que le sumó sensibilidad a un ingeniero frío y frívolo, pero ahora –que el establishment lo tocó con la varita mágica de salvador de la patria financiera con los pantalones bien puestos y el dólar libre– las lágrimas quedan fuera del cuadro que pretenden volver a levantar. Por eso, Gabriela prefiere que él –que ya cantó su voto en contra– no la mire a los ojos.

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