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Viernes, 8 de abril de 2016

La familia que elijo

 Por Irupé Tentorio

Eran los ’90 y habíamos despedido nuestros años de estudio del secundario en un viaje en auto a Brasil escuchando, muchas veces, el disco Nothing’s Shocking, de Jane’s Addiction. Inconscientes de los que significaba nuestra amistad pero sabiendo que juntas el mundo tenía arreglo. Nos separamos al migrar a la universidad y la mayoría vino a Buenos Aires. A mí me tocó Rosario y por e-mail me contaban de sus viajes a La Plata para escuchar a los Peligrosos Gorriones, Babasónicos, Los Brujos y un puñado de anécdotas más, que yo siempre me las imaginé en invierno. Me arengaron para que me mudara a Buenos Aires, me ofrecían su complicidad y algunos meses de hospedaje, y fue así. Las seguí, sin más, por nuestras aventuras, pero también por mis propias ambiciones, que ellas las supieron ver antes que yo. Mis amigas que se resignificaron y triplicaron durante mi vida, saben que tengo una cicatriz en el pecho y que cuando hablo de ella me tiembla la voz, que mi neurosis fue encontrando territorio en lo real, que aprendí a negociar con las fantasías que supimos construir en la adolescencia, que no me importa derrumbarme ante las decepciones porque cada día que pasa sé mejor armar y desarmar, y que todo lo que significo y toda mi identidad es por el camino recorrido juntas. Son la familia que elijo. Lo que armamos entre nosotras lo designo así y a mí me encanta que sean mi fiesta y mi muerte. No sé si esto es amistad, o es mucho más, pero explicarlo razonablemente es demasiado poco para lo que tejemos, porque además hay cosas que simplemente no se pueden explicar. Ahora, que ya son mucho más que lo terrenal, ocupan gran parte del amor que tengo para dar, porque estuvieron mucho más que unas cuantas parejas y madre y padre y, además, de momento me comparten hijxs que no tengo, y que no sé si voy a tener. Pero la hermandad elegida tiene la generosidad necesaria para construir la cotidianidad más allá de lo que supuestamente debería ser.

Hace menos de un año se murió una amiga de cáncer de mama. Murió rodeada de sus amigas. Con los mismos afectos enfrentó su agonía y nosotras la vimos respirar hasta que la muerte nos separó. Es cierto que nunca me voy a olvidar de ese día o esos meses atravesados por la enfermedad, pero como el dolor deja de ser devorador y una aprende a vivir con él, decido recordarla sabiendo que hizo nuevas mis cosas al igual que el resto de mis compañeras de vida.¡ Juntas, hasta la victoria siempre!

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