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Lunes, 31 de octubre de 2005

CONTRATAPA

“APRENDIMOS A QUERERTE”

César Menotti fue invitado a Cuba y el viaje se concretó mediante un convenio entre las autoridades deportivas de la isla y la Secretaría de Deporte que comanda Claudio Morresi. Charlas, clínicas y una convivencia de diez días se resumen en la letra de un tema histórico en homenaje al Che.

 Por Guillermo Blanco
Desde Cuba

La mirada se clavó en la imagen amarronada que surgía desde esa pared a la que adornaban otros rostros de revolucionarios caídos, y más flores. Era mediodía y la figura longilínea de César Menotti frenaba su andar cansino en Santa Clara, ante la tumba de su legendario coterráneo Ernesto Guevara, a la que quiso llegar durante un alto en la sucesión de clínicas y charlas de fútbol que brindó con una devoción digna de elogio como parte de un intercambio bilateral deportivo entre Argentina y Cuba.
Le obsequian una remera con la imagen del mítico compatriota, y él se la pone con indisimulable entusiasmo adolescente. “Esto es muy fuerte para mí; quería llegar aquí y compartir un día con alguien que nos marcó tanto y que en nuestro país no es tan respetado como debiera”, suelta el Flaco, acosado por tanto micrófono como en sus épocas de esplendor, cuando su fútbol era sinónimo de volver a las fuentes y “la nuestra” era mucho más que una definición hoy derrotada –pero no vencida– por la cruel alianza entre el pragmatismo y la globalización.
Ahora esta realidad que pega fuerte en el alma latinoamericana es como revalorizar palabras en desuso, como solidaridad y amistad, envueltas en una necesidad imperiosa de ayuda material y afectiva producto de tanto bloqueo injusto, tanta asfixia a la que se la pelea con el cuerpo y la dignidad.
La Cuba del deporte, una de las columnas que más sostienen a la isla junto a la educación y a la salud, le abre sus puertas al ex seleccionador argentino campeón del mundo ’78 para que le tire un cable, con el objetivo de poder crecer en fútbol desde la base. Se pone a disposición de Luis Hernández Herez, presidente de la Asociación de Fútbol, y de cada uno de los entrenadores, jugadores, profesionales y estudiantes del deporte en general con los que compartiría diez días gracias a la tregua de huracanes y ciclones.
“Valórense a ustedes mismos –sugiere–. Sepan diferenciar entre lo interesante y lo importante. El mundo de la ciencia es importante si se acerca al fútbol no por interés. No estoy en contra de la biomecánica, de la fisiología ni mucho menos, pero lo más importante es saber jugar al fútbol y no poner paracaídas en las espaldas de los jugadores para entrenar. Ocurre en mi país que se hace una pretemporada y al final los responsables se vanaglorian de que han hecho correr a los jugadores unos 300 kilómetros, después pierden cuatro partidos y se tienen que ir del club.” Las frases quedan inscriptas en las carpetas y en las mentes de los respetuosos entrenadores cubanos que lo escuchan en la sede de la Asociación y que llegaron de todas las provincias. “Nunca entendí cómo Cuba no ha ido mejorando teniendo en cuenta el biotipo de sus jugadores. Claro, si de pronto llega un polaco se hace difícil poder entender esta idiosincrasia y hacer crecer el fútbol afianzando la identidad (...) Los técnicos no enseñamos, son los jugadores los que aprenden (...) El tiempo del aprendizaje se lleva toda la vida, así que yo acá también estoy para aprender. Estamos intercambiando ideas para aportar al conocimiento del camino que lleve al crecimiento del fútbol cubano con orgullo cubano. No olviden que estuvieron cerca de entrar en el Mundial de Alemania y quedaron afuera ahí nomás por Costa Rica.” A su lado, el profesor Fernando Signorini (diez años junto a Maradona y casi ocho con él) asiente y también trata de advertir sobre lo nocivo del super-profesionalismo que se le aparece a esta gente como el elixir, lo mejor de la vida, el sueño dorado.
Ha conversado hasta el cansancio con sus colegas, estuvo en el centro modelo antidoping, vio dos partidos de fútbol de Primera, dio una clase magistral en la Universidad del Deporte (allí, un letrero firmado por Fidel reza: “Más importante que los músculos del cuerpo son los músculos del alma”) y compartió tres horas con los 24 alumnos argentinos de la Escuela Internacional de Educación Física y Deporte, donde residen unos 1500 estudiantes de 79 países, becados para realizar su carrera y volver a sus países.
“Jugar a un toque es muy bueno; a dos es bueno; a tres es regular... Es como lo que en mi país llamamos un ‘loco’, al del medio le cuesta más cuando se juega a un toque –prosigue–. Si quiero jugar, levanto la vista y miro lejos, denuncio la acción y doy tiempo para que los rivales se preparen. El fútbol tiene lugares, como los barrios. El carrilero se muda a cada rato y no tiene tiempo de acostumbrarse ni a los olores de las flores, ni a recordar dónde queda la panadería, o el almacén, o la casa de la chica que le gusta; hace de tres, de gestador, de contención, de ataque, y termina jugando de nada.”
También tiene resto: “Primero se debe tocar y después correr, tengan en cuenta esto que es fundamental en el fútbol. El fútbol es un juego patrimonio de las clases más bajas, exige solidaridad. En sus reglas hay un sentido ético. Se castiga hasta la intencionalidad. Y yo estoy orgulloso de pertenecer a esa raza. Nací en un barrio de la periferia de Rosario, y por ese milagro de la pelota tengo la posibilidad de estar acá, en Cuba, la más importante reserva de dignidad del hombre”.

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