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Lunes, 11 de marzo de 2002

POR QUE CAYO DIEGO “ROCKY” GIMENEZ

Adiós al invicto

“Si quiero llegar a algo me tengo que dedicar más al gimnasio y menos a la joda”, admitió el promisorio púgil argentino, perdedor con Ríos.

Por Daniel Guiñazú

Empezó mal la noche para Diego “Rocky” Giménez. El cordobés quiso entrar al ring del estadio de la FAB a lo Naseem Hamed, saltando por encima de la cuarta cuerda. Y en lugar de dar una voltereta en el aire y caer de pie, aterrizó de costado, con todo el peso del cuerpo sobre su brazo derecho. Se levantó y siguió bailoteando y tirando golpes al aire como si nada porque es un desfachatado. Pero semejante papelón fue apenas el anticipo de lo que se le venía encima. Diez rounds más tarde, Giménez (61,400 kg), el boxeador más electrizante y promisorio de la nueva camada del pugilismo argentino, resignaba su invicto ante el neuquino Aldo Nazareno Ríos (61,450 kg). Y daba un paso atrás en su carrera cuando todo parecía listo para avanzar dos adelante.
Lo bueno de la derrota fue que Rocky no quiso engañarse. No le arrojó la culpa a nadie más que a sí mismo. Y fue descarnado y certero a la hora de analizarla. Dijo el muchacho de Bell Ville: “Perdí bien porque hice las cosas mal. No llegué bien entrenado por los problemas que tuve con la Policía y antes del pesaje, bajé un kilo y medio en el sauna. Yo tengo que estar diez puntos para dar lo mejor de mí. Y hoy subí en no más de siete, así que no tengo excusas. Si quiero llegar a algo en el boxeo, me tengo que dedicar más al gimnasio y menos a la joda y a la noche”. A confesión de partes...
Giménez no fue en pelea la tromba que avasalló en tres rounds a Kojak Silva y noqueó en otros tantos al colombiano Rangel, sencillamente porque antes no hizo nada para serlo. Amante de lo más negro de la noche y de todas sus tentaciones, hace un mes, en el Festival de Peñas de Villa María, lo sorprendieron alcoholizado y con siete gramos de cocaína en su auto último modelo. Lo detuvieron y al otro día lo dejaron libre. Pero el mal trance dejó sus huellas: su entrenador, Alcides Rivera, dejó de atenderlo por algunos días (luego retornó) y el tiempo perdido jamás se pudo recuperar. Giménez siguió de parranda con sus amigos y amigas y llegó a Buenos Aires con un sobrepeso que sólo pudo quemar el viernes después de dos pasadas por el sauna. No estaba pleno el cordobés. Y el trámite se lo facturó a un precio altísimo: su primera derrota en 20 peleas profesionales.
Para peor, tuvo enfrente suyo a un boxeador habilísimo. Ríos es un tiempista frío y astuto que camina el cuadrilátero de maravillas y contragolpea con precisión. Nunca generará entusiasmos ni olas de admiración. Pero regocijará por la pureza de su estilo y la pulcritud de su boxeo clásico. Y ante un Giménez sin energía para presionar y acorralar con cintura y piernas y sin habilidad para defenderse, el “Galán de Neuquén” de a ratos dio cátedra. Con el torso levemente volcado hacia adelante, ganó la media distancia. Y desde allí, hizo cintura, esquivó los ramalazos de Giménez, se cansó de pegarle su derecha en cross y en uppercut y hasta se dio el lujo de plantársele a Giménez y tolerarle algunos cruces violentos. Sufrió en el segundo round, cuando una izquierda ascendente del cordobés, lo hizo tambalear. Del cuarto al séptimo, ganó todos los asaltos. Y fue en ese tramo donde labró, con paciencia de artesano, las razones de su victoria.
Le faltó a Ríos aquello que siempre le ha faltado y que le privó de ganar, las dos veces que lo buscó, un título mundial de los livianos: continuidad y contundencia. Pegó los mejores golpes de la pelea, los más claros y limpios. Pero lo hizo de a ratos y a cuentagotas. Cuando dominó con nitidez, cuando no le dejó hacer nada a Giménez y él hizo de todo, no afirmó su superioridad. Y cuando lo invadió la fatiga en las tres últimas vueltas (había mucho calor acumulado en el estadio casi repleto de la FAB), empezó a retroceder. Giménez no lo complicó porque no le quedaba nada adentro y porque los golpes que lanzó rebotaron contra sus guantes y sus antebrazos. Pero otro pudo haber sido el cantar si hubiera tenido enfrente a un rival mas efectivo que efectista. Sin embargo, poco le faltó a Ríos para ser una nueva víctima de los malos fallos. En el 10º round, el árbitro Raúl Ilvento le descontó un punto a Giménez por pegar después de la orden de break. Y ese punto, al final le dio la victoria al neuquino. Ciutta dictaminó 97-96, Seleme 96,596 y Dellepiane Rawson 97-96, todos para Ríos. Sin el descuento, el veredicto hubiera sido empate y otra injusticia se hubiera consumado en momentos de gran sensibilidad en el ambiente luego del escándalo Silva Sicurella de la semana pasada (ver aparte). Por un margen mayor o menor, Ríos había ganado con claridad y sin dudas (96,5-94 en la tarjeta de Líbero). La crónica e insoportable ineptitud de los jurados porteños a punto estuvo de dejar sin premio a la suave calidad de Ríos y de reconocer, exageradamente, lo único que Giménez puso sobre el ring: su corazón y su orgullo. Todo lo otro, su explosión, su potencia, su velocidad, su poder de noqueador, estuvo ausente. Y con aviso, lo que es más grave.

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Aldo Ríos, dominante, castiga a un gimenez desbordado.
 
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