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Lunes, 3 de junio de 2002

Paul O’Neil tiene razón

Por Carlos Polimeni

Tiene razón el bueno de Paul O’Neil: nadie nos obliga a ser como somos. Los argentinos somos inspirados, cabuleros, enfermizos, leales, protestones, egocéntricos, gritones, esforzados, tramposos, únicos, melodramáticos, altivos, amistosos, cachadores, sensibleros, atorrantes,
soñadores, detestables, gritones, preocupados, solidarios. Todo eso que somos sin que el FMI nos obligue –en promedio, a no confundir un porteño con un jujeño, porque son mundos aparte– explota en el fútbol, en su mundo de resonancias y representaciones. En el fútbol somos, como en casi nada, Primer Mundo, y a mucha honra. Un jugador argentino entra a la cancha a jugar un Mundial con una especie de plus genético: sabe que producirá respeto, o incluso temor por sólo vestir esta camiseta. Sabe que está ocupando una plaza que fue de jugadores que hicieron historia. Sabe que el enorme placer de jugar un Mundial es doble si se juega por el país al que nadie obliga a ser cómo es. Una publicidad lo dice bien, sólo que para venderte algo: un argentino juega por el delantal de la vieja, por el guardapolvos de la hermanita, por las manos curtidas del viejo, por los muchachos que se quedaron en el camino, por el sueño de que en algo nos vaya bien alguna vez, por los compañeros de la primaria, por la primera novia, por ganarse un lugar en el álbum de figuritas del inconsciente colectivo.
Los argentinos somos así, dice Juan Sasturain: festejamos, y seguimos festejando, el gol con la mano de Diego Maradona a los ingleses en 1986, pero somos capaces de incendiar el planeta, y llorar por siglos, si ese mismo gol nos lo meten a nosotros. Nos aferramos a un penal supuestamente mal cobrado de Codesal en la final de 1990, pero olvidamos que aquel equipo jugó horrible y que no merecía, por respeto al fútbol, ser campeón. Fue tal el desatino de aquel momento que miles de personas festejaron por las calles... haber perdido la final frente a los alemanes. “Eso es lo menos futbolero del mundo”, dice el pensador Alejandro Dolina. “Nadie que sepa algo de fútbol puede celebrar una derrota. Cuando uno pierde, se va a la casa y se encierra, no tiene nada que festejar.” La historia de nuestras derrotas es una historia de conspiraciones, traiciones, sorpresas, injusticias siniestras (la expulsión de Rattin en 1966, después de que los jugadores putearan al árbitro alemán de arriba abajo, en el esperanto real de los insultos gesticulados), pero la historia de nuestros triunfos están libres de revisionismo (la media docena a Perú, el papel de Lacoste y los genocidas en el triunfo de 1978). Somos así, nadie nos obliga.
Somos la gambeta endiablada de Orteguita cuando acumula, y también su falta de puntada final. Somos la clase de Verón, que siempre está por jugar el partido de su vida. Somos el pecho arriba y la estampa ganadora de Samuel, la pelota siempre al pie de Placente, el impresionante ir y venir de Sorín, su amor al fútbol evidente, el cuchillo en los dientes de Simeone, la amargura del Piojo López. Somos la timidez de crack de Aimar, la tozuda potencia de Zanetti, las dudas y aciertos de Cavallero, la polémica sin resolver sobre si Batistuta o Crespo, que es Boca vs. River, las patadas de más de Pochettino, la bronca de Ayala por no jugar, la lucha desmadrada del Kily González por demostrar que puede. Somos la espera desesperanzada de Gallardo, la irresponsabilidad castigada de Burgos, la resignada paciencia de Almeyda, las incógnitas de un Caniggia final. Eso somos, entre otras cosas. Somos mejor que nuestros relatores, que en el fútbol televisado se empeñan en narrar lo que ya se ha visto y en especular con lo que podría haber sido.
Porque somos como somos es que nos va como nos va. Ahora viene Inglaterra y nos llenaremos de cábalas, historias, temores, frases altisonantes, recuerdos de Malvinas, evocaciones del ‘86, fotos del gol de Grillo, menciones de Rugilo, entrevistas a Rattin. A las 8.30 del viernes, porque somos como somos, estaremos más despiertos que nunca, confiados en que el fútbol sea un espejo que nos mejore. Porque somos como somos,consideraremos natural ganar, y una debacle perder. Sin que nadie nos obligue, claro.

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