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Domingo, 11 de abril de 2004

La orgía perpetua

Por Cecilia Sosa

Comunidades virtuales, cooperativas de panaderos, fábricas recuperadas, colectivos de artistas autogestionados, clubes de trueque y comedores que apuestan a unir comer y saber. Y hasta sociedades de arquitectos que quieren procesar el trauma de la inundaciones en base a experiencias lúdicas.... A pesar de que las utopías fueron cientos de veces dadas de baja, algo se sigue resistiendo y las asociaciones colectivas (de los pelajes más diversos) siguen dando pruebas de querer seguir viviendo y, claro, coleando. Baste si no espiar detrás de la puerta de una fábrica abandonada para descubrir una cooperativa de obreros que de día trabaja para elevar su producción original y, de noche, cede su espacio a hedónicas raves que en salones repletos de máquinas fusionan baile y metal. O los otrora opulentos salones de hoteles que comparten techo con recitales de cumbia electrónica o escritores en diáspora. O esas agrupaciones de artistas & cía que recrean mundos ajenos a la moneda oficial y dicen regirse por la más erótica de las divinidades. ¿Sociedades replegadas sobre sí mismas?, ¿fútiles proyectos de autoencierro? ¿fantasías utópicas posvanguardia?, ¿minúsculas tribunas del deseo?, ¿cofradías destinadas al fracaso?, ¿un modo de ser en los intersticios urbanos?, ¿nuevos ardides para combatir el mismo aburrimiento?¡No, no y no! O tal vez, pero no sólo. El Centro Cultural Rojas inaugurará el jueves próximo el área “Sociedades experimentales”, una instancia de encuentro conocimiento y acción que confía en que en ese aliento que recorre microscópicamente la ciudad resida algo que valga la pena de ser investigado y por qué no apoyado y ampliado.
La propuesta es el resultado de una novedosa fusión de voluntades que involucra la imaginería entusiasta de Roberto Jacobi (en el rol de coordinador del área), artista visual y sociólogo y gestor de la micro-sociedad Proyecto Venus, la lucidez ácida de la autodidacta y crítica cultural María Moreno, siempre propensa a la fuerza asociativa de la “banda” (al menos en lo que ésta tiene de sueño autónomo y conspirativo), y la solidez teórica del historiador e investigador Horacio Tarcus, director del Centro de Documentación e Investigación de la Cultura de Izquierdas en Argentina (Cedinci).
Con más preguntas que certezas, la flamante área buscará encontrar puntos de enlace entre los polos más opuestos de las escurridizas experiencias colectivas locales. Para tomar buen impulso, la actividad inaugural serán las jornadas “Desutopías”, dedicadas a Charles Fourier, aquel francés delirante que allá por el siglo XIX soñó con Armonía, una comunidad agrícola doméstica organizada en torno del deseo, donde “jamás se estará solo y para cada uno habrá un club de semejantes, aunque se trate de deseos tan raros como el del come-inmundicias”, según apunta Moreno. El programa incluirá un invitado de luxe, tres días de paneles y debates y hasta una fiesta fourierista (ver aparte).
Como siempre y aun antes del estreno, ya se escuchan los primeros saludos y sospechas. “Los modos de gozos son irreprochables. Lo que me parece un poco humorístico es llamarlo ‘sociedades’ cuando no hay nada en común entre una fábrica recuperada y un colectivo de artistas”, arremete el arremetedor psicoanalista Germán García. “Vivir en los intersticios urbanos obliga a estas ‘sociedades’ a la misma función de las vanguardias de siempre: los surrealistas, los dadaístas, los hippies. Yo mismo viví durante años en casas colectivas, con reglas de tolerancia pegadas en la heladera y cierta liberalidad en las costumbres amorosas. Pero después salíamos a la calle y seguía estando la policía”, dice García que, bufidos aparte, ya se anotó con su trabajo “No hay regulación política del goce” para discurrir en las jornadas sobre los puntos de contacto entre la maquinaria amoroso-matemática del proyecto fourierista y el delirio autista e hipocondríaco de Macedonio Fernández. En cambio, Alejandro Kaufman parte del movimiento situacionista nutricional, festeja: “Buenos Aires es un gran experimento: una gran urbe en un país vacío, un espacio urbano devastado por el automóvil, en el que se puede caminar, una ciudad biblioclasta en la que proliferan lectores: su carácter experimental hace que la veamos como algo que está por venir. No estamos situados del lado de la expectativa, sino del fracaso. Por eso emergen siempre experiencias estimulantes, esperanzadas, alegres, en situaciones imposibles y disgregatorias”.

Subutilización de lo posible
Además de funcionar como espacio de encuentro, “Sociedades experimentales” buscará explorar los marcos jurídicos, éticos, filosóficos y económicos de las distintas formas asociativas. Con una continuidad asegurada por dos años, el área tendrá su propia biblioteca, un programa de convocatorias e invitados extranjeros como Miguel Abensour, profesor de la Universidad de París y autor de L’Utopie de Thomas More à Walter Benjamin, que llegará en mayo. “La idea surgió de ver las cosas prácticas que estaban pasando. Queremos crear una instancia de reflexión e interacción entre iniciativas muy diferentes para ver si el conocimiento y la experiencia de los otros pueden servir a los demás. Que se produzca un diálogo real, algo distinto al panel de debate o a la mesa redonda”, explica Jacobi. El nombre “Sociedades experimentales” busca señalar su carácter exploratorio, no definitivo, de ensayo, casi narrativo. “Existe una acumulación intelectual, de tecnología y de deseos, una permeabilidad de tiempos, espacios y relaciones sociales que no están siendo utilizados: hay una subutilización del mundo de lo posible”, dice. El nuevo espacio buscará inspiración tanto en experiencias nacionales como internacionales: utopismos en todas su formas, kibbutz rebeldes y hasta comunidades virtuales que, sin conocerse, comparten archivos, libros, música y videos. No suena mal, pero vamos por partes.

Juntos pero separados
De Cecilia, la comunidad del amor en Brasil de 1890, a las experiencias new age de los ‘70; de Ascona, la comunidad anarconaturista suiza que inquietó a Freud y albergó a Hesse, a las cofradías hippie lisérgicas y los comando situacionistas: todos los utopistas (y no sólo) soñaron alguna vez con encontrar “ese espacio vacío” donde acampar con el propio deseo. Los resultados fueron múltiples: algunas, por celos o desavenencias amorosas, sucumbieron en días, otras duraron décadas y algunas marcaron el espíritu de una época. ¿Es posible volver a pensar en algo parecido? ¡¿Y en Argentina?! Es seguro –a riesgo de desilusionar a alguien– que eso de juntar los petates y embarcar rumbo a la islita, no va más: “Las viejas utopías siempre supusieron algo integral: iniciar todo de cero, recuperar la familia o bregar por el amor libre, reestructurar la educación, el Estado..., trabajar la tierra. Y, todas juntas, son ideas bastantes difíciles de afincar. La propia idea del capitalismo es una utopía. Lo que buscamos es reformular la idea de comunidad, no ya como noción integral sino con cada persona funcionando en paralelo y en un conjunto de vínculos distintos. Recrear vínculos comunitarios sin ser una verdadera comunidad, algo más puntual, como sucede en realidad”, señala Jacobi. Bien lo supieron (y sufrieron) Sartre y Simone de Beauvoir: dormir juntos no es la única alternativa para que haya encuentro: “Las comunidades que fueron de convivencia anduvieron mal: las formas del deseo son muchas y no es fácil congeniarlas. Por eso pensamos en otras formas asociativas parciales que puedan resultar interesantes. Salir a pescar juntos, por ejemplo”, sonríe.
¿Cómo funcionará en la práctica?
–Lo que esperaría es que apareciera gente que no conozco, como pasó en Venus, que surgieran nuevos intereses e inquietudes. Las formas de asociación de nuevo tipo son múltiples y muy diferentes. El marco institucional del Rojas, un espacio intermedio entre la comunidad y la academia, puede atraer a gente con saberes muy distintos y propiciar un diálogo con otros que traigan problemas o inquietudes. Lo imagino como una federación o redes de grupos de afinidades: gente que tiene intereses comunes ligado por terminales con otros y otros y otros. No queremos convertirnos en una academia para revisar todas las teorías utópicas. Más bien dar espacio a situaciones nuevas, crear puentes, eliminar los bloqueos que traban una enorme cantidad de lazos sociales.

Desutópicos, ante todo
Casi en un acto de mea-culpa, el área tomará para sí un nombre que apuesta a que el peso de la historia redunde a su favor: la “desutopía”, clave para renunciar al integralismo propio de las viejas utopías en pos de un principio, si no más pragmático, sí más ligado a cierta acción directa e inmediata. Así lo explica Jacobi: “Con la idea de desutopía buscamos recuperar una inmediatez: tomar cosas parciales y lograr que se realicen, investigar por medio de la acción formas sociales que aún no se han concretado. Que en un hospital público la gente tenga que ir a las 4 de la mañana, hacer una cola hasta las 8 para pedir el turno, no parece ser necesario”. Y contra las voces que gritan “¡trasnochados!”, asegura que de alternativos no tienen tanto. “No podemos prescindir de la trama social; tan descomunal es el poder de las creencias, el dinero, el trabajo, los autos, las zapatillas. Pensar en una confrontación es completamente desmesurado. Pero me parece que tiene sentido plantearse de cuántas maneras es posible vincularse”, asegura el sociólogo experimental.

Lo público no son las plazas
En la nueva área del Rojas se respira una idea de lo público distinta a la tradicional. Más asociada a una intimidad entre un saber y parecer compartidos que a cuerpos fusionados en multitudes. “Durante más de 20 años hemos escuchado acerca de la destrucción de los espacios públicos. Se ha convertido en una especie de dogma. Puede que algo de eso haya sucedido, pero también sucedió lo contrario y, en todo caso, por qué no intentar revertirlo. Si la gente no lee, bueno: agarrá tu biblioteca, hacé una lista con todos los libros que tenés e intercambialos. Eso es crear espacio público: un grupo de afinidades y un espacio del que se pueda ser parte. No sólo la plaza o las calles. El espacio público es la posibilidad de un encuentro por fuera de las leyes mercantiles establecidas.”

La tecnología del don
Uno de los desafíos más importantes que tendrán que enfrentar los desutópicos es cómo propiciar, a esta altura del partido, vínculos no mercantiles o, al menos, no limitados al modo de intercambio oficial. Una de las apuestas es recuperar la idea del don. “Es un problema apasionante. El don como forma de relación social es tan complejocomo el del mercado. Es una idea que trabajaron los antropólogos a principios del siglo pasado y que luego fue retomada por Bataille. Se inspira en las sociedades primitivas que no tenían mercado y que funcionaban a través de una política de don. Incluso la guerra era una forma de la donación. El don es una relación social que, aunque compleja, sigue existiendo en la sociedad actual”, dice Jacobi.
Pero tanto en los clubes del trueque como en Proyecto Venus, hay una moneda para asignar un valor al intercambio...
–No es la moneda oficial pero sí hay un valor, claro. Lo que sucede es que estas monedas sustitutivas también tienen una parte de don, un componente voluntario y arbitrario que en la moneda estatal parecería estar eliminado. Por eso, en Venus las cosas pueden ser ridículamente baratas o ridículamente caras. Ese es uno de los chistes del sistema: las equivalencias son muy turbulentas.
¿Imagina que estas pequeñas unidades podrían estar vinculadas entre sí por alguna forma de intercambio?
–Podría ser una moneda o alguna forma de registro. Pero hay formas de intercambio que no son estrictamente mercantiles, la “tecnología de la amistad”, por ejemplo. La amistad es una forma del intercambio no mensurable, ni proporcional. Me invitas a tu casa, charlamos y a cambio de eso, no te doy exactamente lo mismo, pero algo te doy. Hay una enorme cantidad de intercambios que no son proporcionales, que son porque sí. Algo parecido podría pasar entre estas redes.
¿Y qué intercambio podría haber entre una cooperativa de obreros y un colectivo de artistas?
–Habría que ver. Entre gente que sin conocerse comparte el sistema algorítmico de Linux se establece un vínculo totalmente desmaterializado, por completo opuesto a lo que sucede en una panadería comunitaria del Gran Buenos Aires, que fabrica algo tan básico e inmediato como el pan, pero ¿por qué no pensar que pueden tener algo en común? El destino de una fábrica recuperada es transformarse en una empresa capitalista, es cierto, y parece algo distante a la “tecnología de la amistad”. Pero lo que a mí me parece más interesante son los cruces, sobre todo los que se producen entre “cosas” diferentes entre sí. Es probable que encontrar una economía del don entre gente que nada tiene sea más difícil. O tal vez sea al revés. En los lugares de gente más despojada hay quienes se pasan todo el día preparando comida para los chicos de su vecina. No esperamos encontrar comportamientos homogéneos. Qué resultados tendremos, no te lo puedo decir.
O, como dice María Moreno, “Sociedades experimentales aboga porque la dieta política no imponga el orden por sobre el orden de la felicidad”.

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