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Domingo, 9 de diciembre de 2007

CRONICAS

Vida rosa, buzones rosas

Una vez más los countries, y en especial el estilo de vida que se lleva puertas adentro, convocan el interés y la mirada crítica de sociólogos, escritores y periodistas. Vidas perfectas, de Carla Castelo, revela el otro lado de la perfección bucólica.

 Por Mariano Dorr

Vidas perfectas
Los countries por dentro
Carla Castelo
Sudamericana
208 páginas.

Hasta no hace mucho, una cosa era ser “propietario” y otra muy diferente ser “proletario”. Hoy, los derrotados, perdieron incluso –en muchísimos casos– el propio status de trabajadores. Viviendo en la más cruda indigencia, directamente no tienen nada. Y como en un cuento macabro, lo que los separa de los “ganadores” es, simplemente, un muro. Una pared: de un lado, pobres y humildes; del otro... propietarios ricos y (famosos) miserables. “El golpe seco de la grosería”, escribe la cronista de Vidas perfectas, una radiografía del desopilante y monstruosamente injusto modo de vida en los countries argentinos: “El mundo se parte en dos, y el muro que separa a la villa es más cretino que el muro que separa a los countries. Ese que levantaron para que no se vean las villas en el camino. Un metro y medio de alto”.

Desde el colectivo 57, camino a Pilar, Carla Castelo (periodista que trabajó como redactora y editora en diversos diarios y revistas) describe lo que ve, justo antes de llegar a la zona más exclusiva del país: “Desde la ventanilla puedo ver las primeras carretas de caballos que levantan el polvo de la ruta. Las miradas de los hombres son más agrias, más pesarosas. Hay gallinas y chicos que no saben a dónde ir. Entre los barrios más empobrecidos se levantan los muros”. Castelo advierte la paradoja: los hombres y mujeres del country para sentirse absolutamente libres resolvieron encerrarse entre alambres de púa, custodiados por patrullas privadas, sumergidos en un sueño de fantasías que amenaza con convertirse (paranoia mediante) en una verdadera pesadilla.

Entre otros, se destaca el análisis de la “mujer country”, de algún modo, “el corazón de la vida country”, según la expresión de Castelo. El libro es el resultado de cientos de entrevistas realizadas por la autora, dentro y fuera del country. No sólo a los pobres se los discrimina en el country, basta con ser judío. La dueña de un country de Pilar habla: “La bolilla negra existe, no me van a decir que no. En la mayoría de los countries no aceptan judíos. Tampoco en los countries judíos aceptan otras religiones. A mí me recomendaron que en los comienzos no aceptara judíos porque se juntan varios y empiezan a mandonearte”.

A medida que el libro avanza, relatando historias más o menos excéntricas y lamentables (con una sencillísima inteligencia), la realidad golpea a la ficción que el country pretende ser: María Marta García Belsunce, en Pilar, y Nora Dalmasso, en Río Cuarto, fueron brutalmente asesinadas. Adentro, el delito puede ser también una forma de ganarse la vida. Un policía comenta: “De hecho, hubo varios delincuentes que cometían secuestros y que vivían en los countries”.

Carla Castelo deja que los vecinos hablen de sí mismos, hasta dar con las palabras que los definan. Una mujer que lleva a sus hijas al subte –por primera vez– se enfrenta a los estragos, resultado de una educación new age estupidizante. Las nenas preguntaron: “¿Es verdad que ahora salimos a una calle distinta de la que subimos, maaa?” La madre sintetiza: “A la cuarta pregunta me di cuenta de que estaba creando dos engendros”. Otra mujer confiesa: “A veces me siento una tarada. Yo sé que me compré un buzón rosa” (y el libro es también de un rosa furioso, llamativo y frívolo como la vida-country misma). “Acá se han cagado en la gente –señala una entrevistada–. Sobre todo Nordelta... Han elevado (el terreno) y le han tirado el agua a la gente de las villas (...). Una vez hubo una inundación enorme, y en las villas estaban con botecitos, porque claro, al elevar estos barrios, allá se inundó tremendamente.” Por supuesto, ¿cómo iba a importarles la desgracia de los desposeídos? Al fin y al cabo –habrán pensado–, ¿qué le hace una lancha más al Tigre?

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