libros

Domingo, 9 de diciembre de 2007

DE COLECCIóN

Que el árbol no tape el bosque

Para grandes y chicos

 Por Juan Pablo Bertazza

Si hace unas semanas destacábamos una monumental edición de La isla misteriosa de Julio Verne, que volvía absurdas clasificaciones del tipo “literatura juvenil”, algo similar debería decirse de la colección El bosque viejo de la editorial española Gadir, que hasta ahora tiene en catálogo más de diez libros, muchos de los cuales pueden conseguirse ahora en librerías argentinas, aunque el precio no sea lo más estimulante. El título que inauguró y dio nombre a la colección dirigida por Javier Santillán fue El secreto del bosque viejo, de Dino Buzzati, y, a propósito de secretos, ni siquiera sus responsables son capaces de decir al día de hoy a qué se debió el éxito de esta serie que logró posicionarse en ventas, prácticamente a la cabeza de la editorial. Y si no es el secreto, al menos sí es alguna de sus causas el hecho de que se trate de libros muy bien ilustrados, con letra grande y cuyo raro clasicismo gambetea edades tal como pasa –dicho en términos futboleros– con algunos juveniles que, aunque cronológicamente deberían jugar en una Sub 20, la rompen en la selección mayor. Algunos de esos títulos son: La famosa invasión de Sicilia por los osos, de Dino Buzzati; La tinaja, de Luigi Pirandello; El niño y el río, de Henri Bosco; El Torito negro, de Antonio Ferres, y Las extraordinarias aventuras de Caterina, de Elsa Morente.

Aunque si se trata de recomendar, son tres los libros de la colección El bosque viejo que se llevan los mayores aplausos. En primer lugar, El príncipe feliz de Oscar Wilde (traducido por Borges y con ilustraciones de Georges Lemoine), tal vez el relato más tierno en la historia de la literatura universal, de la mano del dulce canto de la estatua convenciendo a su golondrina, golondrina, golondrinita para distribuir su riqueza entre los artistas y los pobres. Después, La viuda y el loro de Virginia Woolf (con ilustraciones de Concha Montesinos, ¡la sobrina de Federico García Lorca!), un extraño relato franciscano y pro portal de las mascotas, muy y al mismo tiempo poco woolfeano que la autora escribió especialmente para engrosar las páginas de un diario casero de sus sobrinos. Por último, y cómodamente subido al podio, Cómo se salvó Wang-Fô, de Marguerite Yourcenar. Originalmente publicado en sus Cuentos orientales, se trata de una fábula que combina un lejano exotismo con la maestría de la autora, un relato fantástico en el amplio sentido de la palabra que recupera, entre otras cosas, el amor fraternal entre el maestro y su discípulo.

¡Ah!, cada uno de estos libros viene además con un breve epílogo que, impredecible como una caja de Pandora, hace la propio para que esta colección atraiga tanto a grandes chicos como a chicos grandes.

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