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Domingo, 3 de febrero de 2008

IZAGUIRRE

Como en “Betty la fea”

Excedida de glamour y melodrama, la obra de Boris Izaguirre busca el fresco social de Caracas a mitad del siglo XX.

 Por Luciana De Mello

Villa Diamante
Boris Izaguirre
Planeta
490 páginas

“La vida es una fiesta y el mundo, una tendencia.” En líneas generales, esta afirmación del presentador televisivo Boris Izaguirre —quien ha sido finalista del premio Planeta (España) 2007 con Villa Diamante— podría resumir claramente dónde anclan los ejes de sus obsesiones que hace ya un tiempo vienen siendo plasmadas no sólo en formatos mediáticos sino también dentro del mercado editorial. La novela transcurre en la ciudad natal del autor. Caracas a mediados del siglo XX, asediada por dictaduras y revueltas populares, es el escenario donde se cuenta la historia de dos hermanas: una hermosa y otra de una fealdad inquietante. La fea querrá encontrar su verdadero talento en la vida, y ese talento resultará ser la construcción de una casa emblemática, diseñada por el arquitecto italiano Gio Ponti. El hecho es que la historia se ensaña con la vida de esta niña que, gracias a su suerte de “patito feo”, sufre todo tipo de castigos y desencuentros en su trayecto hasta convertirse en mujer. Las desgracias terminan una vez que su príncipe la descubre y la ama justamente “por ser distinta a todas”. En este punto el autor no consigue alejarse del género que lo ha visto crecer: el culebrón venezolano (como guionista ha pertenecido al equipo creador de telenovelas como Rubí, Señora y La dama de rosa). El problema es que no se queda sólo en una actitud estética, que hasta podría entenderse como un guiño al género del melodrama, sino que por momentos la prosa se empantana tanto por el exceso de diálogos melosos como de clichés.

El autor sostiene que esta novela es el fin de una trilogía sobre Venezuela que comenzó con El vuelo de los avestruces, donde tres personajes marginales, guiados por el deseo del éxito, finalmente consiguen penetrar en las esferas del dinero y el poder. En cambio, en Villa Diamante la marginalidad está ausente. Las hordas hambrientas que bajan de los cerros en el mes de febrero de 1989 son eclipsadas por la heroína de la novela que, una vez convertida en Señora de su obra maestra arquitectónica, decide cenar como si nada estuviera pasando y cambiar de canal en el televisor. En vez del noticiero mostrando a los nada glamorosos saqueadores, se queda descifrando el mensaje que Joan Crawford tiene para darle en Harriet Craig.

Izaguirre, quien a los dieciséis años comenzó su carrera como columnista en un diario venezolano escribiendo crónicas sociales, rescata este género para contar la frivolidad que caracterizó a una ciudad que prometía estar a la cabeza del continente para transformarse —gracias a sus generales— en la ciudad del futuro. El autor afirma que, además de la saga familiar, ha intentado delinear un retrato del perfil y la vida política de su país en los años ’50. En aquellos tiempos, como contracara de un boom arquitectónico y tecnológico, el país se enfrentaba a un gobierno autoritario y represor al mando de Marcos Pérez Jiménez. Ese telón de fondo y sus personajes principales tampoco están ausentes en Villa Diamante. Pero se convierten en eso, un telón, una escenografía que al mezclar fetichismo, frivolidad y amores desencontrados junto con saqueos, desapariciones y tortura, hacen que el retrato del perfil y la vida política del país queden convertidos en una mera nota de color. Otra escenografía cinematográfica para aumentar la tensión dramática del texto. Otra Joan Crawford sonriendo con bigote militar en un paisaje de palmeras y con acento del Caribe.

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