libros

Domingo, 20 de marzo de 2011

El juguete perdido

 Por Damian Huergo

Soy un bravo piloto de la nueva China
Ernesto Semán

Mondadori
284 páginas

La producción literaria argentina sobre la dictadura es amplia y variada. Abarca libros que burlaron la censura, testimonios directos, investigaciones periodísticas y ficciones biográficas. A su modo, estos textos contribuyeron a fomentar una condena social y cultural que actuó en el espacio vacante que dejaron –durante décadas– la Justicia y las leyes de impunidad. Tanto la literatura escrita en los años de plomo como las historias que surgieron a partir de la democracia, encontraron en la búsqueda de la verdad el modo de procesar el duelo, personal y colectivo. En la actualidad, la apertura de causas y juicios a militares en casi todas las provincias del país, parece haber desplazado el discurso que busca la verdad –exclusivamente– hacia los ámbitos del derecho. Entonces, con el cambio de paradigma, cabe preguntarse: ¿cómo es escribir sobre la dictadura con la Justicia en acción? ¿La escritura empieza a pasar a ser una salida íntima e individual del duelo? Al no tener que sobrellevar el develamiento de la verdad de los hechos ¿se puede ahondar en una reflexión sobre otras esferas de aquellos años?

El escritor y periodista Ernesto Semán se enfrenta en su última novela con estos dilemas. No como una búsqueda consciente para disipar las sombras del pasado sino como si fuesen obstáculos que aparecieron –a pesar suyo– en su camino y que, para seguir avanzando, debía revisarlos con el pulso de un cirujano que no tiene resuelto si está ante un tumor benigno o maligno.

Soy un bravo piloto de la nueva China cuenta en primera persona la historia de Rubén, un geólogo que vive en el exterior y retorna a la Argentina para acompañar a Rosa, su madre, en sus últimos días de vida. El encuentro con su primera ciudad, con los resabios de maternidad de Rosa –que brilla aunque el cáncer insista en devorarla–, con su hermano mayor, con la única fotografía familiar que conservan y con objetos totémicos de su niñez (como el Chinastro, el juguete que le trajo su papá de China, que lleva inscripta la consigna que da título a la novela), inevitablemente lo transportan a los recuerdos emotivos de su infancia. Sin embargo, este punto de inflexión común a cualquier hombre devenido adulto, en la historia de Rubén tiene otra vuelta de tuerca: en 1978, fuerzas del Ejército chuparon y –posteriormente– hicieron desaparecer a su padre, Luis Abdela, referente de la Vanguardia Comunista, nexo argentino con la China de Mao y, según Rosa, capaz de discutir “con cualquiera, de Fidel para abajo”. Rubén, para reconstruir su memoria familiar debe enfrentarse a su padre; mejor dicho al fantasma del Camarada Abdela, que pesa sobre él y su familia como una “nube terrible que los oprime”.

La novela está estructurada en tres partes, que son como brazos que se desprenden de un mismo río: la familia Abdela. Además de la agonía de Rosa en el presente, Semán narra el pasado haciendo foco en el secuestro del Camarada y sus días en un campo de concentración. Como en El fin de la historia de Liliana Heker o Villa de Luis Gusman, Semán no caracteriza a los victimarios como el “mal absoluto”, como el hecho anómalo de nuestra sociedad sino que busca comprender –dándoles voz propia– sus pulsiones por ser una parte constitutiva de su historia particular y de la de su país.

La tercera fase de la novela sucede en una isla a la que se llega por medio de un colectivo-submarino. Con inteligencia, Semán inserta un apartado onírico a la trama. La isla funciona como una especie de purgatorio, decorado con la estética de un shopping mall y la ética de un paseo turístico. Allí, Rubén está encerrado en un tiempo y espacio ajeno, como si fuese una alegoría de su duelo, observando mediante un escáner los diálogos de su padre con Capitán, su torturador. Rubén, como si fuese un espectador crítico, deja de lado los hechos que observa y, como muchos de su generación, se propone entender los motivos, de su padre y de Capitán. Como Albertina Carri en Los rubios y Félix Bruzzone en 76 y Los topos, utiliza la ficción para armar el relato de los hijos de desaparecidos, para aportar su mirada sobre las decisiones políticas de su padre. En Soy un bravo piloto de la nueva China, el personaje Luis Abdela convive con la tragedia de optar entre la familia y la militancia, entre “la salida individual burguesa” y “la salvación para todos los hombres”. Analizadas en retrospectiva –por sus hijos– esta clase de dilemas se asemeja más al absurdo que a una racional opción militante. En la escena en que Rubén lee junto a su hermano una carta de amor que su padre le envió a Rosa desde Cuba, Semán muestra con humor sutil el diálogo intergeneracional: al finalizar la carta, su hermano dice, “es un psicópata”. Y agrega: “Decime quién mierda escribe una carta de amor que menciona a todos y cada uno de los genocidios de la humanidad”.

Una de las características del genocidio como práctica social –apuntan desde la sociología– es que no finaliza con las muertes que produce sino que se inicia. La literatura argentina parece no estar exenta de tal continuidad. Soy un bravo... muestra que cada generación seguirá dando buenos libros que ayuden a comprender sus prolongados efectos. Con valentía Semán tomó el desafío de reconstruir –desde la ficción– su memoria personal, en constante tensión con la memoria histórica. Y dejó en claro que para seguir caminando hay que asumir y correr los obstáculos aunque cueste.

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