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Domingo, 20 de marzo de 2011

¿Qué hago en Manila?

Nacido en Manila, Miguel Syjuco escribió una novela
que busca señalar los males endémicos del archipiélago filipino. Sofisticada, compleja y metaliteraria, Ilustrado logra enunciar las relaciones entre una elite periférica y los centros del poder cultural.

 Por Angel Berlanga

Ilustrado
Miguel Syjuco

Tusquets
384 páginas

Crispín Salvador, figura principal de la literatura filipina, aparece muerto en el río Hudson y no se sabe si fue un crimen, un accidente, un suicidio. En una nota firmada a modo de prólogo, su pupilo, Miguel Syjuco (“rumbo a Manila, 1º de diciembre de 2002”), presenta al viejo maestro, hace un recorrido por su vida y su obra e instala una incógnita: la desaparición del manuscrito de Los puentes en llamas, en el que había estado trabajando durante veinte años. Ambos vivían en Nueva York y se frecuentaban. “Si he estado exiliado tanto tiempo ha sido para poder escribir Los puentes con toda libertad –le había dicho–. ¿No crees que hay cosas que se deben decir de una vez por todas? Quiero levantar el velo que oculta el mal. Exponerlos en las gradas del templo. De verdad, a todos los culpables. A los clanes políticos familiares que malversan los fondos estatales con fines electoralistas. A la aristocracia de Forbes Park con su aire acondicionado. A los cleptócratas nuevos ricos que han olvidado sus orígenes. A los lasciovispos con su fe farisaica. A ti y a mí si es preciso. A todos nos van a llover tortas”.

Y las tortas llueven, nomás, aunque Los puentes demore en aparecer. A partir de ese vuelo a Manila ese narrador homónimo del autor va desgranando su propia historia, la de Crispín, la del tiempo compartido en Nueva York. Para abocarse, centrarse en escribir, ambos se han distanciado traumáticamente de sus poderosas familias, ligadas a la historia de Filipinas: la diferencia generacional y el rastreo desde las raíces hasta la copa de los respectivos árboles genealógicos permiten a Syjuco una recorrida por encrucijadas y figuras claves del país a lo largo de los últimos cien años. Unas veces los nudos se establecen con personajes que aparecen con sus nombres reales: ahí está la influencia del escritor José Rizal (héroe nacional filipino que fue fusilado a fines del siglo XIX) sobre Crispín; otras veces, por otras ramas, puede entreverse en nombres ficticios a figuras de la política reciente (a la ex presidenta Gloria Marcapagal-Arroyo, por caso). La novela conduce a indagar sobre la historia reciente de un archipiélago machacado por españoles, estadounidenses, japoneses y elites locales, y no necesariamente por coincidir con el enfoque del autor.

Es que subyace, en el libro, una mirada culturalmente colonizada, en la que las huevadas de Nueva York tienen onda y las de Manila son una porquería. Casi casi siempre late este desbalanceo, que tiende a equilibrarse algo con el correr de las páginas. En la solapa se lee que Syjuco –que nació en 1976 y vive en Montreal– pertenece “a una acaudalada familia”: su mirada sobre las elites radiografía corrupción, snobismo, hipocresías afectivas y una tremenda explotación de “la servidumbre”. La prosa corrosiva de Syjuco retrata (o caricaturiza) también a la camarilla literaria, a los laburantes, a los medios. A sus personajes. Y a sí mismo.

Tras ese prólogo tallan varios carriles para narrar: las vidas de Crispín y Miguel se fragmentan en distintos momentos y costados (lo amoroso, lo familiar, lo que se cruza con la historia familiar, lo que comparten); a eso el autor suma extractos de muchos libros de la extensa obra de Salvador, el blog de un crítico que antes fue amigo del maestro y ahora lo abomina (con comentarios de los lectores), tramos de una entrevista en Paris Review, diálogos varios y una voz adicional que, en simultáneo, mira como desde afuera al narrador. No son las únicas. En ese afán por mostrar desde cuántos sitios puede contarse aparece la descripción de un zapping y, entonces, puede pensarse en algún punto de contacto: esto y esto y esto y esto y...

Desde ese rumbo a Manila están, además de los flashbacks, el reencuentro del protagonista con su país, la búsqueda del manuscrito, los encuentros con algunas personas cercanas al maestro que conducen a otros, de cuya existencia él no tenía idea. En el camino empieza a cobrar fuerza, a esbozarse el sentido de la razón de ser, de ser un Ilustrado. El y Crispín lo son: uno y otro, con sus vidas y sus modos de plantarse ante sus circunstancias históricas, se interpelan. Con sus modos de escribir, también. La figura que se arma ahí es pinchuda, dialoga sin el molde de la acrobacia multicarrilera. Y cobran forma la política, la historia, los tiempos, los mosaicos sociales. Aunque, como suele pasar, difieran las formas en que ven el autor y los lectores.

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