libros

Domingo, 28 de diciembre de 2003

Cartón pintado

 Por Daniel Link

Cada tanto llegan estudiantes de Letras o de periodismo a esta redacción y nos interrogan sobre cómo se hace Radarlibros. Todos ellos reciben la misma respuesta: Radarlibros es un esfuerzo colectivo y depende del juicio crítico y el “olfato periodístico” de todos quienes en él escriben. Es por eso que el plantel de colaboradores activos de Radarlibros es muy vasto y es por eso, también, que ninguna suspicacia podría sostenerse en relación con la encuesta anual, aun cuando, como este año, de la compulsa hayan participado sólo ellos y no, como en otras oportunidades, los lectores del suplemento (la razón de esa exclusión es meramente coyuntural y tuvo que ver solamente con los tiempos necesarios para procesar los datos).
“¿Cómo se construye el nosotros del suplemento?”, preguntan los tesistas. Y también: “¿La encuesta es autoconsagratoria?”. Siempre es difícil contestar a esas preguntas. Pero lo cierto es que la encuesta anual de Radarlibros no es ni pretende ser consagratoria. Más bien funciona como un recordatorio de las tensiones que dominaron el campo literario cada año y sólo eso. Y esa “conciencia”, que proviene de una sumatoria de votos que, como puede comprobarse fácilmente, muchas veces se anulan entre sí, no es una conciencia sin fisuras. Lo que la encuesta dice, en todo caso, es lo que pasó, y aquello sobre lo que habría que reflexionar en el futuro. Un punto de partida para análisis posteriores: nunca el ademán canonizador ni una celebración “entre nos”. Ni vencedores ni vencidos.
Dicho esto, hay que aclarar también que el efecto de algunas literaturas (algunos libros, algunos autores, en fin: algunos nombres) se mide ya por décadas (como lo demuestra el reciente número monográfico de la revista holandesa Foro Hispánico, al cuidado de Geneviève Fabry e Ilse Logie, consagrado a la literatura argentina de los años noventa). Los nombres de Juan José Saer, Ricardo Piglia, César Aira y Fogwill son seguramente (y con justicia) inevitables a la hora de describir la ficción argentina contemporánea, y es por lo tanto lógico que sus intervenciones aparezcan cada año en primer o en segundo plano (según el ritmo de entrega de sus libros). Tal como se comenta aparte, Aira, Fogwill y Sylvia Molloy, entre nuestros escritores mayores, son los que más adhesiones cosecharon este año, y si ninguno alcanzó las primeras posiciones fue sobre todo por la ambigüedad de colocación de sus títulos (¿ficción, testimonio, poesía?) y no por vocación revisionista de los consultados. Ninguna novedad, entonces, en este punto.

PLANETA CUCURTO
Lo que sí es innegable (y al mismo tiempo sorprendente) es la cantidad de adhesiones que obtuvo Washington Cucurto, cuyos libros Cosa de negros (ficción) y 20 pungas contra un pasajero (poesía) fueron votados en los rubros respectivos. Washington Cucurto (esa “invención” de Santiago Vega todavía no suficientemente analizada) aparece también como revelación del año. Celebrado tanto por El Guardián como por Rolling Stone, Cucurto parece introducir en la literatura argentina algo que (por ausente o reprimido) es leído como un acontecimiento o un signo de los tiempos. En ese punto (y aun cuando no recogieron las mismas simpatías), Cosa de negros debería ponerse en correlación con Cuando me muera quiero que me toquen cumbia, la crónica de Cristian Alarcón que fue saludada como la mejor en su rubro.
Un colaborador de Radarlibros que no votó a ninguno de los dos libros justificó su decisión diciendo: “No me interesa la cumbia en ninguna de sus manifestaciones”. Pero no es sólo la cadencia y el ruido de la cumbia lo que aparecería de la mano de Cucurto y Alarcón sino un intento por relacionarse con una nueva configuración político-cultural de la Argentina, que incluye tanto a los pibes chorros como a los inmigrantes indocumentados como restos de la pesadilla neoliberal de los años noventa. Lo que se dejaría leer en los libros de Cucurto y de Alarcón es la pregunta de cómo relacionarse con ese universo que es nuestro presente, qué distancias tomar, hasta dónde tensar la cuerda de la identificación o de la crítica, cuán autónoma puede pensarse la ficción respecto de la cultura que le sirve de contexto, etcétera.
Por eso no es casual que el otro “acontecimiento” que recibió una avalancha de votos fuera el proyecto editorial Eloísa Cartonera –en los rubros revelación del año, acontecimiento cultural del año y libro injustamente ignorado de manera directa; en otros rubros de manera indirecta, dado que Mil gotas de César Aira y Durazno reverdeciente de Fernanda Laguna (Dalia Rosetti) forman parte del catálogo de Eloísa Cartonera.
El local de Eloísa Cartonera es a la vez una verdulería, un centro de reciclado de cartón, un taller de arte y una editorial y librería. Regenteada por Laguna, Cucurto y Barilaro, Eloísa Cartonera se propuso también como un espacio de articulación de literatura y cultura. La “cultura cartonera” (si tal cosa fuera posible) no sólo como tema de algún libro (cosa que se lee en los impresionantes poemarios de Diana Bellessi, La edad dorada, y de Daniel Samoilovich, El carrito de Eneas) sino como escena de producción de la literatura. Son los propios cartoneros que venden el cartón a la editorial los que hacen las tapas de los libros que vende Eloísa Cartonera con gran suceso: de Mil gotas de Aira, por ejemplo, llevan vendidos más de cuatrocientos ejemplares (más de lo que venden en promedio los libros de autor nacional en los catálogos de las “grandes” editoriales) y la editorial encara ahora nuevas ediciones con los interiores más cuidados, hechos en imprenta y no fotocopiados.
Es difícil decidir aquí algo en relación con Eloísa Cartonera y sería injusto desdeñar en bloque las voces que hablan de oportunismo y frivolidad en relación con ese proyecto que alberga no sólo títulos de Aira, Laguna o Bejerman, sino también de Fogwill, Piglia y una larga nómina de escritores jóvenes (narradores y poetas). Pero lo cierto es que alrededor de ese proyecto y sus autores, este año se concentraron todas las pasiones. Radarlibros (a diferencia de otros medios) no celebró acríticamente la aparición de los libros de Eloísa, aun cuando siguió de cerca su producción y la dinámica de un proyecto construido al margen de los mecanismos habituales de producción y circulación del libro, sin aparatos promocionales, que concibe cada libro como un original (todos ellos son distintos) y que, terminado el año, se revela como un “proyecto sustentable” y, además, digno de mayor análisis y reflexión que una mera ocurrencia pasajera. Los libros de Eloísa Cartonera conectan bien con la economía del deseo y la lógica del don, lo que, de paso, permite ponerlos en relación con otro libro y otro autor que esta encuesta privilegia: el Lascaux de Georges Bataille, pero también La conjuración sagrada y las nociones de gasto y potlatch.
Para eso sirve, en todo caso, la encuesta anual de Radarlibros: para indicar sobre qué libros y autores habrá que seguir pensando.

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