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Domingo, 4 de enero de 2004

RESEñA

Mr T.

Andrei Tarkovski: El
ícono y la pantalla
Pablo Capanna

Ediciones de la Flor
Buenos Aires, 2003
316 págs.

Por Martín De Ambrosio

Las películas Solaris y Stalker que Tarkovski supo filmar –basadas en sendas novelas de ciencia ficción– son el punto de conexión entre el cineasta ruso y Pablo Capanna, especialista argentino en el género. A partir del azar de esa reunión (Capanna entrando desprevenido al cine Cosmos a ver la película que alguien había hecho sobre la novela de Stanislaw Lem), el escritor argentino desanda todo el camino de la singular obra de Mr. T. Y es gracias a esta precisa “conexión” entre uno y otro, permitida por la también llamada “literatura de anticipación”, que se arma una singular biografía en la que se mezclan sinopsis de los films con comentarios, puestas en contexto, citas del propio Tarkovski y análisis de los críticos de cine.
Aunque Capanna confiese con prontitud ser un amateur en el campo del cine, tal supuesto déficit no se trasluce en la lectura del libro, exhaustiva y prolijamente documentado. Y son las mismas virtudes que el autor ya había sabido desarrollar tanto en sus libros anteriores (específicamente Excursos de 1999, donde podía hablar alternativamente de Tolkien y Jünger) como en sus artículos de divulgación científica en el suplemento Futuro de este diario.
Así es que Capanna cuenta cómo Andrei Tarkovski (1932-1986) fue uno de los cineastas emblema del cine soviético pos-Stalin. Pero no porque sus películas fueran la concreción de los deseos de la burocracia, ni mucho menos porque reflejaran fielmente lo que se dio en llamar “realismo socialista”, sino más bien porque su vida y sus escasas obras (si se las compara con Fellini o Kurosawa) son un botón de muestra de las contradicciones de una Unión Soviética que tuvo que lidiar con una personalidad como la de T. Por un lado, la URSS puso su maquinaria cinematográfica al servicio de financiar películas que difícilmente hubieran conseguido rodarse bajo parámetros comerciales. Por otro –debido a que a los deshielos encabezados por Nikita Kruschev se sucedieron gobiernos más duros– Tarkovski subía y bajaba en los “simpatómetros” oficiales. Por eso siempre filmó al borde de la proscripción total, le retaceaban permisos para participar de los festivales europeos, lo eliminaban de las enciclopedias oficiales, lo volvían a poner, y lo instaban a filmar “sobre problemas verdaderamente importantes”. Sus relaciones con los jerarcas comunistas se deterioraron fatalmente cuando hacia 1979 le impidieron llevar al Festival de Cannes a su hijo y su suegra, que quedaron detenidos en Rusia, como “garantía de regreso” del cineasta. Sólo una campaña internacional encabezada por François Mitterrand logró que Tarkovski (h.) alcanzara a visitar a su padre, ya gravemente enfermo. Exiliado y todo, Tarkovski (como Solzhenitsyn) resultó ingrato a Occidente, porque no hacía elogios desmesurados al capitalismo, e incluso se permitía cuestionar los alcances y los usos de la libertad en Europa del Oeste.
Andrei Tarkovski: El ícono y la pantalla encierra desde las construcciones de Tarkovski en el celuloide hasta esa construcción más vasta e imperfecta que es la propia vida, y muestra los avatares de un cineasta tan personal que no encajaba ni en el comunismo de la revolución ni en las exigencias del mercado capitalista. Como el Morel de Bioy, supo crear un mundo, pleno de visiones oníricas y repeticiones fantasmales, cuyo redescubrimiento es estimulado por esta obra de Capanna.

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