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Domingo, 4 de enero de 2004

La campana de palo

por Arturo Carrera

Creo firmemente que sin duda Borges sigue en la escena poética de hoy, pero sosteniendo esta idea de la poesía dentro de una poética que quiere redimir la ficción. Y estimo que los jóvenes de los noventa acaso lo ignoran, pero trabajan, en efecto, siguiendo líneas que no contradicen, ni formal ni temáticamente este aspecto esencial de la obra borgeana.
Pero hay otro punto, ya no de la obra sino de la teoría de la lectura en Borges: y es que él nunca, al menos así lo decía públicamente, leyó a sus contemporáneos. Salvo un breve trabajo de Cortázar, algún libro de Bioy Casares, que también leyó poco. Según creo, el motivo no fue la ceguera sino una especie de profesión de fe que tiende a resolverse en la lectura de lo que Borges mismo definía como un clásico. Es decir, un libro leído de cierto modo, no escrito de cierto modo. Para Borges, todo el énfasis de un libro clásico estaba puesto en ese modo en que se lo leía. Según esta teoría, él sólo releía, y memoraba.
Hace unos años, en la presentación del libro Punctum, del joven poeta argentino Martín Gambarotta, escuché lo siguiente: “Siento que no puedo escribir si no leo a mis contemporáneos”.
Creo que esta frase contiene una revelación que cambia la historia de la poesía contemporánea. Porque mientras hasta no hace mucho tiempo la vanguardia se constituía como la parodia crítica de la tradición –es decir, que la tradición era asimilada o tenida en cuenta como sustrato de una parodia, de una crítica paródica–, hoy, al menos en la poesía argentina, la tradición cumple un efecto de esfumado. Está presente como la sonrisa de la Gioconda, que fue pintada con la técnica del esfumado, para volver más pura la sensación o el precepto de incertidumbre, de póstuma y efímera ambigüedad al mismo tiempo y en todos los sentidos. Porque incluso si hablamos de ambigüedad se trataría sin duda de una ambigüedad en todo distinta a la que conocemos: a la surrealista, por ejemplo, a la de la ciencia, por ejemplo. Es una ambigüedad que pone en juego, a nivel literario y retórico, una ecualización de los géneros, una trivialización indiferente de los caracteres fijos de ciertas formas clásicas y modernas. Porque aún las formas ciertamente fijas o “ancladas” en la tradición de la poesía moderna y sus apariencias específicas han sido arrasadas por el “pensamiento” o los “precisos devenires” de la poesía de estos jóvenes.
Por ejemplo, la lírica ha sido desplazada, diría yo, por una micropolítica lírica. Permítaseme decir que mientras Borges sugería afianzar la teoría de los géneros y mientras se negaba a leer a sus contemporáneos, la poesía de los jóvenes crea esta micropolítica lírica de la lectura que borra los géneros o los desestabiliza mediante una omnilectura u omnipresencia crítica de los mismos.
Uno de los proyectos en el 2000, en Buenos Aires, fue el lanzamiento de una revista liderada por Marina Mariach, Santiago Llach y Martín Rodríguez bajo el nombre de Poesía y Política, pero entiendo que en esas dos conocidas palabras el sentido ha cambiado, por no decir “mutado”. Ni poesía ni política encriptan o codifican hoy los referentes hasta hace poco conocidos. Hay un efecto de “flavorización” en ambos términos, como una mezcla de sabores, olores y gustos. Los dos están impregnados por el movimiento socio-económico y cultural, que ha cambiado radicalmente en la Argentina en los últimos años. Hay una nueva estética de la pobreza y una ética de la desvalorización de nuestro mundo, natural y humano.
Como fantasmas, o como una campaña fantasmofísica (con palabras de Foucault), o como un pálido relámpago de extinción y de renovación, siguen las mismas querellas, estéticas y éticas, pero relativizadas por el cambio brusco o mutación del universo cultural. También es preciso recalcar que al ímpetu creciente natural de los poetas y de sus lecturas poéticas y críticas se le sumó la formación de grupos y la publicación de libros de poesía y antologías que fueron propiciadas por distintas asociaciones culturales (nacionales y privadas), premios y mecenazgos. Roland Barthes hablaba de la burguesía como un viejo texto sobre el que estábamos apostados. Un viejo tejido o texto del que nadie podía sustraerse, nos decía, y dentro del cual estábamos como en el mito de Efesto, atónitos, intentando desgarrar su invisible pero duradera red.
Hoy ese tejido está en hilachas; la cultura burguesa ya no es un tejido ni una red sino una telilla de crisálida en el punto en que se desgarra para siempre. Sobre ese vestigio pulviscular, casi transparente, “trabajan”, es decir, “cambian” y “sobreviven” nuestros poetas más jóvenes.
No debo de olvidar que en 1928, una revista cercana a la ideología de la línea Boedo se llamó La campana de palo. También dije que los poetas más jóvenes han escamoteado la figura de Borges, la línea borgeana. Filosóficamente hablando, hay asimismo un devenir pobre, lumpen, desesperanzado, de la poesía. El dicho dice: “como la campana de palo es la esperanza de los pobres”. No suena esa campana. No llama a oración ni a misa ni a comunión. Sin embargo, hay cantidad hechizada. La esperanza resultó ser una cantidad hechizada. Recordaré también que Rimbaud le dio un nuevo sentido a la novedad en poesía, cuando imaginó que era una cantidad: “la cantidad de misterio que cupiera en el alma universal”.
Para Borges, personaje central a pesar de todo el borramiento de su figura como poeta, sin duda la poesía buscaba, como toda su poética, redimir al escritor de la ficción o acaso, de la excesiva ficción. La ficción, o la ficción excesiva le impedía ser. O al decir de Yves Bonnefoy: no redimía la presencia.
Para la nueva poesía en Argentina, la cantidad hechizada, su novedad, su surgimiento de un sitio de infortunio, de corrupción de valores éticos y estéticos, hoy alcanza la permanencia, la escucha turbada por la inocencia en toda su fuerza, del sonido de la campana de palo. El desasosiego de una presencia que no se alcanza ni se colma de misterio en este mundo, pero protege ese misterio, sin embargo, y lo custodia para dejarlo entrever en una especie de arrière pays, en otra apariencia o en otro auspicioso lugar.

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