libros

Domingo, 8 de junio de 2003

Altísimo Salvaje

por Bárbara Belloc


En la introducción a las Obras completas de Viel Temperley (que se reproduce en esta misma edición), Tamara Kamenszain escribe que “sería un despropósito pretender armar alrededor de esta poesía samurai un mito de autor”. El comentario es atinado. No sería sólo un despropósito, sería una tarea frívola cuyo fracaso ya ha quedado demostrado y, como fuere, un imposible. Nada más extraño a la impronta del poeta intuitivo y bárbaro. Porque la tan esperada edición de las Obras completas de Héctor Viel Temperley (Ediciones del Dock) viene, al fin, a dar por tierra con el mito de un autor hasta ahora de culto, de circulación casi secreta entre sus lectores azarosos y siempre leales, de vigía en los márgenes, para, en el mismo movimiento, dar testimonio del proceso de elaboración de una poética que sin renunciar a su cualidad de atípica, al revelarse ‘de cuerpo entero’ –a lo Viel— o como corpus, justamente se sitúa en el único lugar que ampara la vida de la poesía: un espacio frágil, inestable.
Los libros de poemas aquí reunidos (Poemas con caballos, El nadador, Humanae Vitae Mia, Plaza Batallón 40, Febrero 72 - Febrero 73, Carta de marear, Legión extranjera, Crawl y Hospital Británico: un banquete literario que las editoriales nacionales ignoraron hasta el día de hoy, hay que decirlo) confirman el original proceder tentativo de la escritura de Viel, su textura de pliegues y repliegues sucesivos e inconstantes. En suma, lo excéntrico de su inspiración y de su conversión material. O dicho de otro modo: los poemas de Viel Temperley afectan la lectura como el Dios que soñó Nicolás Krebs, el heterodoxo, opera en el mundo humano: como un círculo cuyo centro está en todas partes y cuya circunferencia está en ninguna. El poeta Enrique Molina lo consignó en la contratapa de uno de sus libros: “Un lugar, un sollozo, un rostro, se imponen de pronto al discurso, desde el fondo de otro tiempo. Instantáneamente desarrollan su poder de vértigo, se producen innumerables conexiones, crecen como un polípero en la profundidad, conjuran otros lugares, otros rostros, otros soles, hasta convertirse en una constelación. En la poesía [de Viel Temperley] el relato no es lineal sino irradiante. Un poema es, en cierto modo, el eterno retorno”.

Mito y poesía
De manera que el mito (o los rudimentos del mito) ya es asunto del pasado. El mito de Viel Temperley –nadador, soldado imaginario de la Legión Extranjera, padre, amante, “sacado del mundo” y del dolor de la enfermedad por el éxtasis en los jardines del Hospital Británico– como caballero de honor medieval y bohemio por elección, publicista a destajo, explorador argentino incansable y dedicado hachero de árboles caídos en Palermo a las carcajadas. El mito del que entre 1956 y 1986 compuso y editó casi todos sus libros por cuenta propia bajo el sello que transfiguró el nombre de la madre (Parravicini en PAR-AVI-CYGNO) a través de la imprenta salesiana, y que los distribuyó sin el rigor del autor profesionalizado ni la urgencia de llegar, como se supone que se debe, rápido, a manos de los lectores (Viel jamás presentó públicamente sus libros ni integró cenáculo alguno de “escritores”). El mito de Viel Temperley como heredero extravagante de la aristocracia criolla que a los 36 años de edad renunció al privilegio y los deberes para escribir poesía solamente y proseguir las acechanzas de la fe en una vida austera y en sí plena. Ese mito, podemos creer, se desvanece antes de haber tomado forma siquiera.
Y entonces sobreviene lo que importa: el poeta y el hombre, que son uno y dos y son legión y lo mismo en el amor de su Dios en él encarnado, y cuyo pulso —Viel diría: cuya Luz— late en el poema. El poeta y hombre que vivió y escribió con igual pasión ética y estética, con total rebeldía hacia las convenciones de la sociedad de su tiempo, y completa entrega a la vía mística del logos humano (la palabra poética). Como el que mantiene “una relación personal con Cristo” —así lo expresaba— que honrar en forma de escritura. Como una labor auténtica e inexorable, animada por la fuerza misteriosa de la poesía: así de primordial. Lo que se lee, también, en una de las cartas que le enviara a su hija Soledad, cuando ella era maestra en una escuela de frontera a la que asistían los hijos de los últimos matacos:

22 de mayo de 1984

Amor de mi mejor corazón:

Hoy sé la fecha porque ayer cumplí 51 años. Qué vamos a hablar de esa ocurrencia de mi cuerpo en el tiempo, de mi alma aquí abajo. (...)
Te quiero, te extraño, recuerdo muchas veces tu última carta y no sé todavía qué opinar. Mejor no opinar, tal vez. Hablo de eso de querer ayudar y tener a todo el mundo en contra, al mundo que necesita ayuda y al mundo que dice ser el nuestro, el decente, etc.
Siempre ha sido igual, yo tengo esa sensación, y por eso me he convertido en un francotirador receloso, en alguien que no quiere tener ni bandera ni partido ni nada. No pertenezco a la sociedad o sueño con no pertenecerle, y con eso no vivo bien ni mal, pero creo que esa ligera altivez me ayuda a meterme en mí buscando una salida hacia otro mundo. La poesía tiene esa altivez y flota libre o bastante libre sin necesitar nada de nadie. No conozco otra cosa menos agarrada a la materia.
En el principio era el verbo. Amén.
Te quiero, te extraño y ruego por vos para que Dios te dé fuerzas si esa es su voluntad. Yo no sé si ando mal de salud, hablo en serio, o algo parecido. No sé si me estoy rompiendo o ando psíquicamente podrido. Pero escribo, tengo algunos contactos humanos importantes, rezo y dibujo.
Te quiero, sufro con vos y te abrazo desde las últimas venas de la tarde de hoy.


El cuidado de sí
Artesano de un estilo que supo adelantar varios de los rasgos que la poesía argentina de la última década asumió como propios –y sus tonos, sus ritmos, sus figuras y procedimientos: desde el coloquialismo lato y un registro buscadamente espontáneo, instantáneo, hasta la modulación y transposición musical y de sentido del verso propio como “cita” y la recuperación del poema como canto–, Viel dio forma a su poética en el filo de una subjetividad siempre dispuesta a dar “el gran salto”, “buscando una salida hacia otro mundo” (dice en su correspondencia). Por ello, el hombre escribía, oraba y practicaba ejercicio físico a diario, y el poeta se valía de la vida disciplinada de su cuerpo, de su mente y de su espíritu para alcanzar ese otro mundo y otra vida: en las palabras. A la manera de Rumi, de Lal Ded y de una de sus lecturas cotidianas, los Salmos. Poesía de conocimiento no por vía intelectual sino intuitiva. Poesía de reconocimiento. Lo real, y no leyenda. Experiencia de aquí, de ahora, de todo tiempo y lugar en que se dan lectura y escritura, verbo y acto. Quizá por esto, de la escritura de Viel Temperley no es posible sospechar deliberación alguna —la marca de un yo lírico que reclama su autoría—, sino presentir un devenir, “espiral de espuma”, advenir, “todas las primeras misas/ del mundo/ que se rezan por mi alma”, dar la bienvenida:

Unas macetas de amarillo

No tengo para ver sólo los ojos.
Para ver tengo al lado como un ángel,
que me dice, despacio, esto o lo otro,
aquí o allí, encima o más abajo.
Siempre soy el que ve lo que ya ha visto,
lo que ha tocado ya, lo que conoce,
no me puedo morir porque ya tengo
la muerte atrás, vestida como novia.
Voy entrando, de a poco, en lo que es mío,
en lo que ya fue, en lo que me nombra,
campos azules y altos hasta el pecho,
con el machete centelleante y rápido.
Veo cómo comienzan las naranjas
a nadar por el aire, a perfumarlo,
girando velozmente en sus semillas.
Veo moverse ese árbol, luego el otro,
pierdo el sentido de mirar la vida,
me lleva el mar, el pecho hacia lo alto,
muevo el cielo en el puño como un poncho.
Me quieren despertar y estoy despierto,
no me pueden tocar, me aman, me gritan,
me lloran como a un muerto y estoy libre.
Yo puedo separar filo y cuchillo,
guardar el uno y arrojar el otro,
terminar con un truco la semana,
pintar una macetas de amarillo.

(El nadador)

Aquí y ahora
En ese camino se deben anotar, además, fechas, lugares, nombres. Buenos Aires 1933-1987, en la piedra de un río (“Recuerdo una piedra/ que no sobresalía del río. /Recuerdo que nadaba/ para sentarme en ella./ Porque era como sentarse/ en el medio del río,/ como sentarse sobre el río/ con los brazos cruzados,/ como detener un caballo/ en el centro de un campo,/ como adormecerse a caballo/ en un campo inundado (...) se lee en “Recuerdo” de 1967). Y entre esa fechas: Pampa de Achala, Africa, Encarnación, Cataratas, Santa Bárbara, Batman, el jorobadito, el pelícano. Títulos de poemas como nudos marineros del rosario del viajero de los viajes interiores; no un catálogo. No meros datos. Las cosas de la vida por escrito. La vida vibrando y religándose en poema: frágil, inestable. Ya sea en ese poema extraordinario que es Hospital Británico (“Santa Reina de los misterios del rosario del hacha y de las brazadas lejos del espigón: Ruega por mí que estoy en una zona donde nunca había anclado con maniobras de Cristo en mi cabeza”). Ya sea en las palabras del poeta que de niño cada noche rezó por los caballos:

Esta tarde, Dios habla
en los saltos del río
para nombrarme caballos
que todavía yo recuerdo.
(...)

Son los mismos caballos
que se bañan en el río
y que Dios llama por sus pelajes
con palabras que suenan
como los nombres de los ángeles.

(“Elegía argentina”, 1955)

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