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Jueves, 3 de julio de 2008

EXCLUSIVO: EL NO EN GLASTONBURY

Nación imaginaria

Cuatro días interminables plagados de excentricidades, donde el mainstream se vuelve indie o viceversa. Un cronista del NO viajó al festival de rock más importante del mundo en busca de la música del futuro. Y la encontró. De paso, se encontró con Kate Moss en la cola del baño químico, tuvo una discusión furiosa sobre el lugar de Jay Z en el line up, se puso los auriculares para bailar sin música y se embarró, como corresponde.

 Por Federico Schindler

Desde Glastonbury

A doscientos kilómetros de Londres en el sudoeste de Inglaterra, dentro del condado de Somerset, se encuentra la aldea de Pilton, un pequeño refugio perdido en la pintoresca campiña inglesa. Algunas casas de piedra, granjas con techos de losa e iglesias que datan del siglo XV subsisten al paso del tiempo en medio de un paisaje cautivante y bucólico, casi medieval. Realmente nada deja presagiar que cerca de allí se desarrolla el festival de música y artes más importante del mundo. Y mucho menos aún que, de David Bowie a Arctic Monkeys, pasando por T-Rex, The Smiths, The Cure, Pixies, Radiohead, Pulp y Oasis, estas tierras dignas de un canto pastoral reúnen desde 1971 a toda la realeza del rock and roll.

Los caminos sinuosos y estrechos bordeados por una tupida vegetación comienzan a poblarse de colectivos y autos y, súbitamente, el tráfico se interrumpe. Aquí, desde las alturas de una colina, bajo un cielo nublado y una leve llovizna, el verde deja de ser el color predominante. Un inmenso campo de 400 hectáreas se impone coloreado por las luces de los escenarios y las carpas de las 175 mil personas que asisten este año al festival.

Mientras los vehículos avanzan a paso lento, el hormigueo incansable de “Glasto” comienza a hacerse cada vez más palpable. Adolescentes en grupo con sus mochilas y bolsas de dormir a cuestas, parejas empujando los cochecitos de sus bebés, jóvenes y adultos, incluso ancianos, todos caminan con prisa hacia la puerta de entrada de este paraíso improbable.

Ciudad de Dios

Llueve a cántaros como si acabase de comenzar el Diluvio Universal y el barro empieza a hacer estragos. Pero nadie parece estar preocupado. Están acostumbrados, es así, año tras año, desde hace casi cuarenta ediciones. En perfecta armonía y sin sobresaltarse, los asistentes sacan sus botas de plástico e impermeables para continuar su marcha hacia los campings e instalar sus carpas. En la entrada, un enorme mapa indica las ubicaciones de los distintos “barrios”, “pueblos”, áreas y escenarios. Algunos ni se detienen, ya saben dónde van. Es lógico, sus padres los traían cuando eran niños a escuchar bandas y conocen el sitio a la perfección, casi como si se tratase de una propiedad familiar. Mientras todos avanzan por la fangosa avenida principal, comienzan a vislumbrarse restaurantes, bares, locales de ropa y mercados al aire libre. De golpe aparece una gran ciudad elevada en dos semanas sobre los pastizales en el medio del campo.

Vallas y un sinnúmero de voluntarios con chalecos amarillos orientan el tráfico a través de las calles de tierra. Por fuera de la estancia original (la famosa “Worthy Farm”) y el mítico escenario principal con forma de pirámide, no hay nada que se asemeje a una construcción de cemento o cualquier otro material moderno en las cuatrocientas hectáreas que rodean al lugar. Haciendo la cola para ir a los baños químicos, Kate Moss espera como una mortal más. Ni el barro, ni la lluvia, ni las precarias condiciones de higiene logran desalentar a los ingleses y a los artistas de asistir masivamente a uno de los eventos culturales más importantes del año.

Contra viento y marea, así de íntima e intensa es la relación que mantienen con la música. El sol asoma entre las nubes y poco a poco comienzan a distinguirse las tribus de esta singular población. Imaginen todas las excentricidades del mundo juntas y los looks más osados habidos y por haber. Todavía ni siquiera están cerca de darse una idea aproximada de la libertad que reina aquí. Disfraces de conejos, tigres, perros, caballos, bananas y hadas flúo, bailarinas clásicas punk, Darth Vaders en serie, cortesanos de Luis XIV con talco y calzas incluidos, indie rockers a mansalva, son tan sólo algunos ejemplos de lo que puede verse en estas calles. La imaginación al poder, sí. Pero también abundan los señores y señoras canosas, silla replegable en mano, o los jóvenes que no tienen ganas de variar demasiado sus vestuarios para la ocasión. Una vez clavadas las estacas, con la carpa ya instalada, es momento de caminar un par de kilómetros más para llegar a los escenarios y empezar a ver bandas.

El rock es el nuevo pop

La pirámide es imponente, inmensa, desmesurada. Es temprano. The Feeling, una de las actuales sensaciones de las FM británicas, hace lo suyo sobre el escenario: una colección de baladas melosas y lacrimógenas propias de una Boys Band. Sin embargo, a la distancia y sin prestar demasiada atención, los hubiésemos podido confundir con la última banda inglesa del momento (“the next big thing”, como les fascina decir a los periodistas anglosajones). Flequillo, saco de traje entallado, zapatos vintage, camisa rayada, chaleco, corbata y, por supuesto, chupines negros, el look parecería remitir a un universo musical con el cual la música no calza ni a la fuerza. En medio de la multitud, Orla Handley, una vivaz diseñadora gráfica y VJ de jopo naranja que invoca a Vivienne Westwood como máxima inspiración, se descarga con lucidez: “El problema es que el mainstream se está volviendo indie, o viceversa, quién sabe. Ya no hay pop que se asuma plenamente como tal”.

La era de los Backstreet Boys y las Spice Girls se terminó y su imaginario cayó en descrédito. “Los chicos rubios musculosos dejaron de ser ‘cool’ y atractivos; lo que vende es el rock, el espíritu independiente.” Pero más allá de las estrategias de marketing, de las fotos de prensa calibradas y de la tiranía del vestuario, en Inglaterra hay una larga tradición de cultura musical. Y con eso no se juega. Mientras que la presentación de estos muchachos generó tan sólo algunas muecas de desaprobación y pacíficas migraciones hacia otros escenarios, la reacción del público y de la prensa fue particularmente violenta frente a la decisión de programar como headliner a Jay Z.

Históricamente, el concierto principal del sábado suele quedar en manos de una banda de rock de guitarras, llámese Oasis, Coldplay o Radiohead. No faltaron las voces disidentes ni bien se confirmó el concierto del rapero norteamericano y, por supuesto, Noel Gallagher no se quedó afuera del debate, afirmando sin vuelas que “el hip hop no tiene razón de ser en Glastonbury; ¿quién carajo es Jay Z de todas formas?”. El ex director artístico del famoso sello de hip hop, Def Jam (Public Enemy, The Roots, Kanye West), replicó con ironía abriendo su set con un cover de Wonderwall, uno de los grandes himnos de los hermanos Gallagher. Al día siguiente, Richard Ashcroft selló la discusión de manera elegante y convincente agradeciéndole “a Jay Z por su excelente concierto de ayer, pero hoy vamos a escuchar rock and roll”.

Si las cosas no habían quedado lo suficientemente claras, después de una histórica versión de Bittersweat Symphony que la multitud coreó con las manos en alto y los ojos húmedos, The Verve cerraba el escenario principal con Love is Noise, un contundente tema inédito incluido en Forth, el disco regreso de la banda que será editado en agosto próximo.

King of Leon, Duffy, Amy Winehouse, Manu Chao.

Lo nuevo de lo nuevo

Mientras tenía lugar en la Pirámide este verdadero duelo de titanes, el resto de los escenarios también estaba en ebullición. La sobredosis de música es tal que incluso un melómano entrenado no puede salir indemne. Acabamos de ver a un muy inspirado y relajado Pete Doherty ofrecer un excelente concierto acústico que incluyó varios temas de The Libertines, como Don’t Look Back into the Sun o Boys in the Band. Camino hacia otro escenario, escuchamos el estribillo de Walcott, uno de los carismáticos hits de Vampire Weekend. Como dato curioso, el baterista tenía puesta una remera de Maradona. “Estuve en la Argentina con un amigo en abril (N. de R.: y fue entrevistado por el NO) y me compré esta remera en la feria de San Telmo”, dice unos minutos después del show, el pelo mojado de sudor y una sonrisa dibujada en el rostro. “Espero volver algún día a Buenos Aires para tocar con la banda, nos gustaría hacer una gira por Sudamérica.” Luego, cerveza en mano, recomienda que vayamos a ver a sus amigos de Yeasayer, otra formación de inspiración hippie-chic neoyorquina. Allí vamos, entonces.

Pero, como sucede a menudo en Glastonbury, resulta muy difícil planear un recorrido demasiado estricto. Siempre hay encuentros imprevistos, con una banda o un amistoso desconocido que recomienda fervientemente ir a ver otra cosa que la que uno tenía pensada. Pero si había una carpa en la que daba placer instalarse a vivir, esa era sin dudas la que llevaba el nombre de John Peel. Todas las grandes promesas del año estaban programadas, o casi. De MGMT, el grupo que le volvió a dar visibilidad al pop psicodélico y lo llevó a la pista de baile, pasando por The Tings Tings, el dúo de jóvenes irreverentes que destronaron hace un par de semanas a la mismísima Madonna del primer puesto de los charts ingleses con su single That’s not my Name, a los depravados e infecciosos Reverend and The Makers, no había banda que estuviese por empezar que no generase un cierto grado de expectativa y excitación.

Sorprendía, también, ver hasta qué punto los singles de estas bandas son himnos ya muy populares. Con su carpa siempre a punto del desborde, no caben dudas de que la memoria de John Peel está siendo cuidadosamente resguardada. Los Campesinos!, el sexteto arty de Gales que sigue la estela de Belle and Sebastian, los aclamados remixers franceses The Teenagers y el regreso forzado post-rehabilitación de una Amy Winehouse aún muy frágil, fueron algunas de las pocas decepciones que generó el festival.

Pero, además de los que cumplieron con las expectativas, estuvieron los que sorprendieron a todos y justificaron ampliamente el lugar que les dieron los programadores. Sin lugar a dudas, en esta categoría entra Crystal Castles, que entregó un show de extrema potencia, tal vez el más rockero de todo el festival. El público se mostró muy pacífico a lo largo de todo el festival, pero el dúo de Toronto incendió a tal punto el escenario que los guardias de seguridad tuvieron que pedir refuerzos para evitar el desmadre. Suenan los primeros acordes de Crimewave, el público ovaciona y la grácil Alice Glass parece poseída por pura furia punk. Se trepa a la torre de sonido, se sumerge dentro de la multitud ante los rostros desencajados de 10 mil personas con las manos en alto. La producción corta el sonido al cabo de veinte minutos y se termina súbitamente el show. La carpa se vacía lentamente con un sabor semiamargo después de una larga tanda de abucheos.

24 Hour Party People

Caminando al azar junto a un grupo de personas que comentan un tanto irritados la suspensión del show de Crystal Castles, comienza a oírse desde una carpa secundaria el single Are you the One? de The Presets, otro dúo con un pie en el electro y otro en el rock oriundo de Australia. La carpa está en llamas y la gente festeja a los alaridos los beats disparados desde el escenario. Nadie parece dispuesto a irse a dormir, la oferta abunda y hay para todos los gustos. “Glastonbury es obsceno y sublime a la vez”, dice sin titubear Matt Harris, un joven empleado de comercio oriundo de Southampton, mientras se acomoda los zapatos. “Tengo ampollas de tanto caminar, pero no importa, voy a seguir de largo hasta el amanecer”, aclara con un dejo de locura justo antes de estallar de la risa sin razón alguna.

¿Cómo detenerse si lo que nos espera es Hot Chip, The Whip y Midnight Juggernauts? Lo que en un primer momento fue placer de melómano se convierte a partir de cierta hora en puro hedonismo, en ritual dionisíaco. Una breve pasada por la Silent Disco basta para reconfirmar que aquí la diversión no tiene límites. Dos mil personas con auriculares bailando en silencio sobre un colchón de murmullos. De repente, todo cierra cuando las escuchamos corear y desafinar sobre los estribillos de canciones como Parklife, Fluorescent Adolescent o Somebody Told me.

Claro, muy normal, el Dj está transmitiendo su set a través de un emisor inalámbrico. Seguimos avanzando con la sensación de que es objetivamente imposible recorrer todos los espacios que propone Glastonbury y llegamos a los límites del predio, la denominada Trash City. Un pórtico de madera humeante digno de la peor pesadilla futurista nos recibe con un fondo de trance. Es la zona roja de la ciudad, el lugar en donde todo está permitido. Desechos industriales, un avión estrellado y un cohete abandonado conviven con todo tipo de criaturas de la noche. Algunos pasos más y afloran otros soundsystems, bares y discotecas atestados de gente bailando, riendo y tomando hasta que el cuerpo no dé abasto. En la mañana siguiente, los escenarios siguen llenos como si nada hubiese pasado.

Esto no es un festival

Festivales hay muchos, cada vez más por cierto. En los últimos años, la caída en picada libre de la industria discográfica, la necesidad creciente de las grandes corporaciones (léase, compañías de telefonía celular o cerveceras) de generar “experiencias” para sus clientes y las políticas culturales de ciudades que buscan atraer turismo, hicieron que los eventos masivos en torno de la música se multiplicaran como hongos a lo largo y ancho de todo el mundo, en particular en Europa. Industria, consumo y política se estrecharon así las manos en una de las asociaciones más creativas, lúdicas e insidiosas de nuestro siglo. ¿Y la música? Ah, cierto.

Por suerte, hay distintas formas de concebir esta dinámica y todavía existen bastiones que funcionan con una lógica diferente. Aquí, las canciones aún generan fervores irracionales, largos debates, emociones compartidas, el todo congregando multitudes y logrando un afable modo de socialización que escasea cada vez más en las grandes ciudades. ¿De qué se trata, entonces, este mítico festival creado en 1971 por el agricultor y ex marino mercante Michael Eavis? Retomando la declaración de amor de Willam Rees, cantante de los ascendentes Mystery Jets, frente a un público eufórico que asiente sin titubear, “posiblemente éste sea el mejor lugar de la Tierra”. Glastonbury no es un festival, es una nación imaginaria, una utopía, un sueño inalcanzable hecho realidad que dura tan sólo tres días y se desvanece luego. Pero, por suerte, renace año tras año desde hace ya casi cuatro décadas.

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