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Domingo, 22 de noviembre de 2015

FAN › UN DIRECTOR DE CINE ELIGE SU PELICULA FAVORITA: GABRIEL LICHTMANN Y CRIMENES Y PECADOS DE WOODY ALLEN

EN LA VIDA HAY QUE ELEGIR

 Por Gabriel Lichtmann

Crímenes y Pecados de (y con) Woody Allen es una de mis películas de cabecera, la vi por primera vez en los noventa en París en un cine derruido, unos años después de su estreno, hablada en inglés y subtitulada en francés, así que no sé qué habré entendido, pero me encantó. Yo tenía quince o dieciséis años y ya había aprendido un poco de esos dos idiomas en el colegio, y además la vi con mi madre, que me tradujo algunas cosas y me explicó otras porque ya la había visto. Yo hacía años que me había enamorado del cine de Woody Allen por su humor y su ingenio, y en Crímenes y Pecados el personaje con el que más me encariñé fue el del filósofo Louis Levy, que hacia el final de la película se suicida y deja una nota que dice “Me fui por la ventana”. Pero lo que más me impactó de ésta película fue que además de ser graciosa e inteligente planteaba preguntas y no daba respuestas. Y me permito un breve excursus, yo creo que es esto lo que la hace superior a otras suyas que plantean problemas éticos o morales, por ejemplo, Match Point, en la cual todas las dudas parecen haber sido resueltas de antemano. Al personaje principal de Crímenes y Pecados, Judah Bauer, el oftalmólogo que manda asesinar a su amante, lo interpreta Martin Landau, un actor con el que cualquier espectador puede empatizar, a diferencia de Jonathan Rhys Meyers (el protagonista de Match Point) que tiene esa cara inescrutable de esfinge egipcia, o para ser más nacional y popular, es frío como una heladera Siam. Por eso es tan perturbador escuchar a Martin Landau preguntarse “¿Por qué la ley me impide hacer justicia?”. Si la misma frase la dijera Rhys Meyers sonaría cínica, en cambio, en la boca de Landau, suena como el lamento de un hombre desgarrado por un dilema moral.

Vuelvo a los años noventa (ahora que están tan de moda), a París, a la salida del cine derruido, y a una imagen que se quedó prendida en mi memoria junto a Crímenes y Pecados, la de un tipo tirado en la vereda con un balazo en la cara. Recuerdo que salimos de la sala caminando y conversando con mi madre sobre la diferencia entre moral y ética, sobre si somos o no la suma de nuestras elecciones, como plantea Levy (el filósofo que se fue por la ventana) y lo vimos ahí tirado. Era de noche y en aquella época ese barrio era peligroso, el cuerpo y los curiosos que lo rodeaban parecían formar parte del paisaje. Aceleramos el paso y seguimos caminando. Para distendernos pasamos de hablar de filosofía a recordar los chistes de la película, que son brillantes. Crímenes y Pecados es una colección de one-liners magistrales, y si los citara todos podría llenar esta página entera; no lo voy a hacer pero, como indica el nombre de esta columna, soy fan y no me voy a privar del gusto de citar al menos tres de mis favoritos:

“La Comedia es Tragedia Más Tiempo”

“La última vez que estuve dentro de una mujer fue cuando visité la Estatua de la Libertad”

“Vos sos la que se dejó de acostar conmigo. Va a ser un año el próximo 20 de abril. Me acuerdo la fecha. Era el cumpleaños de Hitler”

Otra vez me desvié de mi relato, le pido disculpas al lector. Si me lo permiten, sigo. Habíamos llegado a París manejando desde Alemania, no recuerdo exactamente en qué año fue, pero seguro que fue antes del estreno de otra película de Woody Allen que me marcó, Maridos y Esposas del ‘93, así que debió ser el año ‘’91 o el ‘92. El cine quedaba cerca del Pompidou, en una calle transversal al costado de la fuente de Miró. Me acuerdo que era una sala pequeña y sucia, y que había poca gente. Me acuerdo del sonido de la voz del profesor Levy, que hablaba un inglés pesado con acento centroeuropeo, como el español que hablaban mis abuelos, y ahora pienso que quizás fue eso lo que me atrajo tanto de él. También me acuerdo que cuando entramos era de día, que se había hecho de noche cuando salimos, y que en la puerta nos chocamos con un círculo de gente rodeando el cuerpo de un hombre negro de aproximadamente veinte años con la cara cubierta de sangre. Lo entrevimos por las rendijas que dejaban las piernas de las personas que se habían acercado a verlo o a socorrerlo, vaya uno a saber. Creo que había un médico acuclillado al lado del cuerpo (mi madre dice que estaba vivo, pero a mi me parece que estaba muerto). Apuramos el paso y yo dije en broma que la película continuaba fuera de la sala. La anécdota se termina acá, pero esa imagen -ese plano- se quedó adherida a mis recuerdos.

Hace un rato estaba reviendo Crímenes y Pecados en la seguridad de mi cuarto en mi computadora, a muchos kilómetros y años de distancia de París y de los años noventa. Es de día y la luz del sol se filtra por la ventana, y por eso puedo ver mi reflejo en la pantalla. Estoy solo y no hay público, está claro que no estoy en una sala pero la película tiene sobre mí el mismo efecto cada vez que vuelvo a verla (la última vez fue antes del rodaje de Cómo Ganar Enemigos para... inspirarme... -de hecho, escribí mi versión de una de las últimas frases de la película para el final de la mía: “Si querés un final feliz mirá una película de Hollywood”). Me resulta difícil entender que a alguien no le guste el cine de Woody Allen, sobre todo esta película. Sus detractores dicen que es un director anti cinematográfico, que es un escritor que se limita a elegir buenos actores, filmarlos diciendo sus líneas, y después en la isla de edición, pegar los planos de manera correcta añadiendoles música. Para demostrarles lo contrario les pido que vean la secuencia final de Crímenes y Pecados. Y les pido que me digan si no se conmueven con el plano final, en el que el rabino, el hermano de Judah Bauer, baila con su hija mientras de fondo se escuchan a Louis Levy decir “Nos definimos según las elecciones que hacemos”. Yo lloro cada vez que lo veo.

Fin.

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