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Domingo, 22 de noviembre de 2015

GIROS

QUERIENDO SER OTRO

Hace treinta años y a pesar de que ya había debutado como la gran promesa joven del rock nacional con Del 63, Fito Páez con Giros se convirtió definitivamente en Fito Páez gracias a un puñado de canciones contundentes que se desplegaban en apenas poco más de media hora. Claro que si se recuerdan algunos de los títulos de esas canciones, las razones de esa consagración quedarán bastante claras. En el disco se podían encontrar temas como “11 y 6”, “Cable a tierra” y “Yo vengo a ofrecer mi corazón”. La historia personal de Páez, sobre todo después del asesinato de su abuela y su tía en la ciudad de Rosario, hizo que dejara de ofrecerlo por un tiempo y tuviera que esperar casi una década para la definitiva consagración con El amor después del amor. Pero todo había empezado a cobrar forma en Giros, el disco que celebra su aniversario en el Gran Rex a partir del 27 de noviembre. Radar reconstruye cómo fue la grabación en la voz de varios de sus protagonistas.

 Por Martín Pérez

“No digas más eso”, le pidió el Indio Solari en los camarines de Cemento. Fue después de una entrevista en la que Fito Páez se había peleado con la que se había convertido en su canción más conocida, o al menos por la que lo habían empezado a conocer los que hasta entonces no sabían quién era. Una clase de declaraciones que se repiten en la prensa de la época, reportajes en los que Páez sentía la necesidad de aclarar que no, él no venía a ofrecer su corazón. O, como dijo en una entrevista particularmente inspirada para la revista Satiricón: “Sí, pero que me lo devuelvan”. “Aquel encuentro con el Indio sucedió después de la publicación de una nota en la que me había particularmente ensañado con la respuesta, creo que fue a la revista La Maga, no me acuerdo muy bien. Había dicho que no lo ofrecía una mierda y que se fueran todos a la puta que los parió, algo así, una barbaridad”, recuerda Páez con una sonrisa. “Y el Indio me agarró en el camarín y me retó. Me dijo que no tenía que decir eso, y me recordó que la canción estaba buenísima. Fue el único encuentro que tuve con él, y fue inolvidable, porque me puso en mi lugar.”

Treinta años atrás, Fito Páez tenía apenas 22 años, pero ya era un músico profesional que hacía tiempo venía retratándose en sus canciones, tanto las que cantaba él como las que cantaban otros. Antes del despojado “nací en el ‘63/ con Kennedy a la cabeza” de su disco debut, ya le había hecho cantar a Juan Carlos Baglietto eso de “mi vida es una hoja en blanco/ un piano desafinado/ diez dedos largos y flacos/ y un manojo de palabras”, perfecto retrato del músico cachorro que por entonces era Fito. Ese poner el cuerpo encontraría su primer límite en Giros, su primera obra maestra, el disco que fue su primera línea de llegada. “Lo siento como mi primer puerto de arribo”, dice hoy Páez. “Como si hubiese dicho entonces: ok, la máquina arrancó a los 14 o 15 años y llegó hasta acá, hasta algo que es original, que se sale del standard, y que es algo nuevo. De hecho, mis hermanos maestros me lo tomaron y me dejaron entrar a su casa”, explica Fito, refiriéndose a Litto Nebbia, Charly García y Luis Alberto Spinetta, con los que estaba interactuando en ese entonces, y lo habían avalado abiertamente, con Charly incluso llamándolo para formar parte de su banda.

El rock nacional tiene una larga historia endogámica, en la que una supuesta cerrada defensa de su “nosotros” esconde en realidad un temor a la llegada de nuevos públicos desde un contaminado “afuera”. Una crítica que en su momento sufrieron tanto Spinetta como Charly, acusados de “blandos” por los rockeros de la época, al punto de que ellos mismos terminaron creyendo en esa acusación y renegando durante mucho tiempo de aquellos primeros pasos. Si bien Páez sufrió –y sufriría también después– críticas similares, ese desdecir de su obra reciente que marcó la época inmediatamente posterior a Giros obedeció en realidad al terrible asesinato de su abuela y su tía, una tragedia que en su momento cambió el curso de su carrera, y lo dejó expuesto y en carne viva justo cuando había llegado al punto de ofrecer su corazón.

Por entonces terminaría quedando bajo el cuidado de Luis Alberto Spinetta, con quien había grabado La la la, hasta que reunió fuerzas para salir al choque, antorchas en mano, con Ciudad de pobres corazones. Ya no serían tiempos de ofrendas, sino de putas ciudades.

Pero lo que convierte a Giros en ese primer puerto en la carrera de Fito Páez es que no es sólo “Yo vengo a ofrecer mi corazón”. De hecho, la canción recién aparecía justo después de otra de las joyas del disco, “11 y 6”, cerrando un Lado A que abría con el tema que bautizaba el álbum. “Giros” era toda una declaración de principios, y al mismo tiempo la verdadera instantánea del estado de las cosas para aquel pibe de los diez dedos largos y el manojo de palabras, que se pregunta y se responde en la letra: “Flaco, ¿dónde estás?/ estoy imaginándome otro lugar/ estoy juntando información/ estoy queriendo ser otro”. Primer tema del álbum y también el primero que compuso Páez del lote –está fechado en junio del 84–, es el que termina de decantar esa primera síntesis de su música, mezclándolo todo pero también defendiendo lo propio. “Era la primavera alfonsinista, yo venía con ímpetu a la Capital”, intenta resumir todo hoy Fito. “Era un raro dentro de la tribu ochentosa, casi un marciano, pero me bancaban Charly, Luis y Litto. Así que era una especie de pajuerano, que sin embargo venía a decir: muchachos, aparte de la modernidad porteña, o de lo que escuchan en las metrópolis, yo traigo el folklore y el tango”. Folklore y tango que, como Páez le confesó en su momento al periodista rosarino Horacio Vargas, había dejado un poco de lado ya con Baglietto. Pero, después de que el rock le explotó en la cara, había empezado a retomar.

Una de las fascinantes revelaciones de los textos que acompañan estas líneas, escritos por muchos de los protagonistas de la creación de Giros, es que el disco se terminó de gestar en el verano del 85, nada menos que en una Villa Gesell estival que funcionaba como el Woodstock de las nuevas generaciones que se asomaban a la democracia. Todos pasaron por las carpas de Gesell en aquella época, y en sus fogones se mezclaron las músicas de aquel tiempo y también los anteriores. Jukebox permanente de una época en que la música era todavía una heráldica, ya que los discos no se podían comprar –porque no estaban todos en las bateas– sino que se heredaban, en esas primeras guitarreadas democráticas se mezclaron sin prejuicios viejos clásicos con los nuevos, y también toda clase de estilos. Esa mezcla es la que, justamente, supo encarnar mejor que nadie Páez, la del morral pero también el pogo, rock más folklore y tango. Y por eso es que esa generación lo acompañó y se sintió representada en cada una de sus mutaciones: en el descubrimiento de Giros, el escepticismo de Ciudad, el reviente de Ey y la madurez de Tercer Mundo. Y también ésa puede haber sido la razón por la que algunos de ellos no se sintieron interpelados por El amor después del amor. Porque, como su arrollador suceso lo demostró, Fito ya no les hablaba sólo a ellos. Y eso que tendrían que haber sido los mejores en comprenderlo, ya que su título podría bien parafrasearse como El corazón después del corazón... entregado.

Pero eso sería después. Entonces era Giros, y después de ese primer tema surgido al calor de esos giros en la vida de Fito empezaron a aparecer otros. “La producción no paraba nunca, el asunto era qué se editaba y qué no”, recuerda Páez. “Deben haber quedado muchas cosas en el camino, algunas en la casa de Tweety. Muchas que hice para Fabiana, y también otras instrumentales. Pero el grueso es lo que entró en el disco.” Lo que entró, justamente, es una síntesis, de duración rara incluso para la época del vinilo. Apenas nueve temas, que suman poco más de media hora de música. “Tiene el número mágico, el 9”, se ríe Fito. “Como en los discos de los Beatles, y también de Charly.”

¿Hay algún tema que hayas dejado afuera?

–Sí, quedó afuera “Las cosas tienen movimiento”. Lo grabamos para el disco, pero como me pareció un tema muy blando, que no encajaba en Giros, se lo pasé a Baglietto. Así que esa grabación es la que está en Modelo para armar, con el agregado de la voz de Juan, claro, que hizo una interpretación preciosa, con esa cosa medio italiana que tiene. Pero fue Luisito el que recuperó el tema para mi. Cuando escuchó “Las cosas tienen movimiento” dijo: éste es el tema. Y le agregó una intro en la que le da una vuelta más de tuerca con la armonía. Creo que, desde que lo descubrió, lo tocó en cada concierto que hizo, salvo con Los Socios del Desierto. Y es un tema que a mí recién me volvió a gustar después de la versión de Luis.

Cuando empezaron a aparecer los temas de Giros, Páez se dio cuenta inmediatamente de lo que tenía entre manos. Al punto de que, en algunas entrevistas de la época, cuando todavía estaba promocionando Del 63, se atrevía incluso a decir que no era un buen disco, pero lo que se venía sí que estaba bueno. “Estoy viviendo una especie de conmoción constante por lo que pasa con el disco”, le confesó a Vargas con Giros ya en la calle. “Le gusta a los intelectuales, se escucha en un barrio, es un gusto general. Creo que mata porque es realmente verídico.” Aquel entusiasmo se convirtió en oscuridad, pero al poco tiempo Páez empezó a recuperar aquel repertorio, con el que nunca dejó de conversar disco a disco. Por eso “Corazón clandestino”, y también “El chico de la tapa” como continuación de “11 y 6”. “Lo primero que recuperé, ya en el 88, fueron temas como ‘11 y 6’ y ‘Cable a tierra’, que después se trasformaron en los hits”, recuerda. “Y con ‘Yo vengo a ofrecer mi corazón’ lo que pasó es que, entre comillas, se universalizó: lo empezaron a hacer desde Pablo Milanés hasta Mercedes Sosa.”

Así como la celebración del aniversario de El amor después del amor pareció casi inevitable dentro del mundo Páez, y devino en una larga gira y un disco en vivo, la sensación es que la celebración del aniversario de Giros se terminó imponiendo por peso propio, y casi sin darse cuenta. “Fue así, de alguna manera”, concede Fito, que cuenta que la idea surgió en una cena que se realizó en Ciudad Juárez, con los planes para este año ya casi armados. “No me acuerdo quién dijo: Che, se cumplen 30 años de Giros, y yo agarré la botella de tequila y no paré hasta liquidarla”, confiesa entre carcajadas, mientras cuenta que el aniversario en realidad apareció cuando estaban barajando ideas para cerrar un año lleno de viajes. “Alguien dijo La Habana, otro dijo Rosario, pero cuando salió lo de Giros nos pareció una linda idea a todos. Al día siguiente escuché el disco, porque hace años que no lo hacía, y me terminó de cerrar todo. Me dije: amerita un festejo. Y tomé la decisión: vamos a Buenos Aires.”

En eso está Páez durante estos días: ensayando los temas de un disco grabado tres décadas atrás, pero que suena, asegura, como hecho mañana. “No estamos versionando los temas, sino que usamos los arreglos originales, todo textual. Y la primera vez que cantamos ‘D.L.G.’ nos pusimos a llorar todos en la sala, cinco idiotas, cinco hombres grandes”, se ríe Fito, refiriéndose al tema que asegura que “todo llega siempre de algún modo/ las profecías se dan”, un verso que escribió tres décadas atrás, con –hay que decirlo otra vez– apenas 22 años. “Me encanta encontrarme con ese chico”, asegura. “Alguien buscando la libertad y queriendo descubrir al mundo, y aprender cómo es la música y el lenguaje, y comunicarse. Lo mismo que hago ahora, después de todo.”

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Imagen: Nora Lezano
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