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Domingo, 22 de noviembre de 2015

30 Y NUEVE Y 85

 Por Martín Rodríguez

Empecemos por el principio. Empecemos por la tapa. La tapa de Giros (1985), el segundo disco de Fito Páez, vuelve a tener su cuerpo en primer plano. Si en la anterior, el jovencísimo Páez presentaba con Del 63 el carnet de su clase (una remera japonesa, el pelo largo, un teclado moderno adentro de un baño del reviente), en este segundo disco la que aparece es su cara y un antifaz en el que está coloreado un cielo tapando sus ojos. Un cielo azul con dos nubes blancas en el lugar de los ojos, una de las cuales parece formar una estrella de cinco puntas.

¿Es un cielo? Es un disco azul.

Giros son exactos 30 minutos de nueve canciones paradas en la mitad exacta de la década del 80, en el último año de esplendor primaveral de esa democracia. Dice que algo se terminó, pero que no todo se terminó, ¿y cómo lo dice?

Si la primera canción, “Giros”, es fundacional de un sello único de su música (con un bandoneón ejecutado desde un sintetizador, para hacerlo sonar en la caja de truenos “modernos”), la segunda consagra un estilo de canciones de Páez que podríamos llamar “punkitos pop”, con su ley a grito pelado: Me pasé la vida viendo / viendo cómo hacen el mundo en vez de hacerlo yo. Se trata de un hilo nervioso que recorre el álbum desde “Taquicardia” hasta “Narciso y Quasimodo” y que termina en “Decisiones apresuradas”, una canción política donde la palabra “cocaína” metaforiza una suerte de pulsión adictiva en torno a la sangre en la Argentina blanca. Fito hila de un modo monológico: sus canciones más salvajes y rockeras se confiesan con la lírica cruda. Rompe la última luz del aura de la trova rosarina que le queda con “11 y 6”, una canción para niños pobres que recorren las mesas del café La Paz ante la indiferencia o la piedad radical, peronista y bolchevique.

En varias canciones de este álbum oímos el ritmo y el devenir de su río Paraná: el tiempo de una vida nacida escuchando la revolución del folclore y el tango de los años 60 en el living y la revolución beat en el cuarto. En Fito Páez, en su mundo, el Cuchi Leguizamón, Aníbal Troilo o Astor Piazzolla hacen sistema con John Lennon y Charly García. En Giros es la primera vez en que todos esos mundos están ahí, a punto caramelo. Si Charly García escribió ese primer gran verso pop sobre la violencia (No era Lennon ni Rucci, en Clics modernos), Fito en Giros graba un sistema que definiríamos parafraseando a Charly (en una versión de esa ironía): “no hay Lennon sin Cuchi”. Fito es un Sargento Pepper de nuestra música popular: transforma el piano del Cuchi en pop, transforma el piano de García en el futuro de nuestra tradición profunda.

Giros es un disco que cierra esos “sixties dorados” que fueron los años ochenta en las ciudades argentinas, pero los cierra mirando el cielo. Si cocaína puede ser el nombre de una nueva tragedia del cuerpo, del cuerpo individual, del cuerpo como batalla y placer, uno contra uno mismo (como en esa plegaria para un amigo “dormido” que es “Cable a tierra”), Fito sitúa de corazón una nueva forma del “yo” en el rock argentino: la inocencia. ¿Qué inocencia podía tener este hijo de la “Chicago argentina” que conoció todo? No es la inocencia policial (“oh, me acusan del crimen que no cometí”), ni la inocencia política (el pavo “¡Todavía cantamos!” haciendo bailar a los zombis en las fiestas estatales), ni la inocencia del artista (“el arte curador” como frontera ante el mundo), sino la inocencia de lo sobrenatural, de que algo va a ocurrir y que por eso hay que quedarse acá. Fito Páez propone su Giro: cambiar uno y esperar las profecías. Ni fe en el Progreso, ni fin de la Historia. Las dos cosas a la vez. Fito parece decir en estas canciones: revisate el aceite, revisá la calidad del sueño, y esperá que hay algo que dejaron afuera y se corporizará. Es un disco religioso, porque canta al final de un capítulo de la historia (la primavera democrática con sus mendigos, sus asesinos libres, sus artistas perdidos), pero lo hace con ilusión, sus canciones son nueve “flores robadas” en los jardines de la República perdida.

Y todo eso se hace evidente en la última canción, cuando acuña el esoterismo al que se rinde: “D.L.G.”, la sigla del Día de Los Grones, el día que nos espera después de la democracia pacificada de Alfonsín. Agita con una mano un cartel que dice “no pierdan la esperanza, cuenten conmigo” y con la otra una profecía: “algo vendrá, algo que no vemos, algo que no está acá, un rayo luz, una tormenta”.

Giros es un disco que dice cosas. Para la política: la esperanza de la vuelta de los Grones barridos bajo la alfombra procesista. Para la música: la novedad de que no hay futuro sin tener el pasado encima.

POETA Y PERIODISTA, ACOMPAÑO A PAEZ EN LA PRESENTACION DE SU NOVELA, LA PUTA DIABLA

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