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Domingo, 3 de junio de 2007

FAN

Jugar a que la muerte no existe

Una actriz elige su película favorita: Agustina Muñoz y Amarás
a Dios por sobre todas las cosas, de Krzysztof Kieslowski.

 Por Agustina Muñoz

El Decálogo es una serie de diez episodios de aproximadamente una hora cada uno, creada para la televisión polaca entre 1987 y 1988 por Krzysztof Kieslowski (Varsovia, 1941-1996) y el guionista Krzysztof Piesiewicz. Todos los capítulos están ambientados en la Polonia contemporánea, en general en el mismo “proyecto” edilicio, y cada uno está basado nominalmente en uno de los Diez Mandamientos. Aunque la intención original de Kieslowski era asignar un director por episodio, terminó haciéndose cargo de todos ellos, filmándolos de corrido en menos de un año. Los capítulos 5 y 6 (No matarás y No cometerás adulterio, respectivamente) fueron extendidos y se estrenaron también como largometrajes.

El primero, Amarás a Dios por sobre todas las cosas, está protagonizado por Pawel, un niño muy inteligente, y su padre. Cuando Pawel encuentra un perro muerto en la calle, empieza a interrogarse sobre la vida y la muerte. Su tía quiere que el chico reciba una educación religiosa, pero su padre es un hombre de ciencia que sólo cree en la lógica y la razón. Al final, su fe laica tropieza con el carácter impredecible del destino, que pone en crisis su sistema de creencias.

El Decálogo tuvo un gran éxito en festivales a principios de los ’90; poco después, Kieslowski (un ex alumno de la escuela de cine de Lodz, de la que salieron también Polanski, Wajda y Skolimowski) realizó sus films más conocidos a nivel internacional: La doble vida de Verónica y la trilogía de los colores: Bleu, Blanc y Rouge. Al terminarla, se declaró agotado y frustrado por la imposibilidad del cine de expresar los “estados internos” del ser humano, y anunció su retiro; aunque cuando murió —en plena cirugía, tras un infarto— dejó varios proyectos inconclusos, entre ellos una trilogía basada en la obra de Dante.

Creía que esta película me la había regalado una amiga para mi cumpleaños, pero veo en la caja que no: “Feliz Navidad”, dice sobre el paquete transparente del DVD. Entonces, en el arbolito me tocó el primer capítulo del Decálogo de Kieslowski. Claro, mi amiga lo ama, tiene toda la filmografía, desgrabaciones de conferencias, no sé, debería escribir ella esta página. A mí me gusta, aunque con algunas cosas dudo; me resulta medio sentimental, paternalista... pero ella me lo hace querer. Yo creo que me gusta Kieslowski por ella.

Cuando me dijiste de elegir una escena de una película preferí sacarme de encima el problema de tener que enlistar mis preferidas: empezás a explicar por qué te gustó tal o cual y ya dudás de querer premiarla, y encima se te caen encima miles posibles top ten, todas válidas, todas preferidas, cada una con lo suyo. Así que elegí la que se me vino a la mente; tal vez por el invierno repentino de Buenos Aires, algo del hielo polaco se me apareció delante.

Hay una escena en particular que me gusta mucho. El protagonista sube las escaleras de su casa rápido, la cara un poco desencajada. Está buscando a su hijo, que debería haber llegado a la casa, pero no, y tampoco fue a las clases de inglés de la tarde. En la plaza hay una muchedumbre alrededor de un lago congelado: un chico se cayó al agua helada y está muerto.

Hasta aquí, Kieslowski nos desplegó una serie de indicios (demasiados tal vez, un poco abrumadores por lo explícitos) que nos indican que el chico muerto es el hijo del hombre que entró al edificio. Este hombre sabe, por indicios de la vida, las intuiciones y los azares, que es probable que el chico helado sea su hijo. Está desesperado: esa angustia que presiente lo peor, pero se aferra a una mínima posibilidad de que no sea, aunque todos sabemos que sí. En ese momento aparece un viejo en el hall del edificio. El hombre lo mira y, en lugar de seguir corriendo, baja despacio la escalera, abre la puerta del ascensor y entra con el viejo. Adentro del ascensor el padre juega a la normalidad; su rostro está de repente plácido, lo mira al viejo, le sonríe, juega a que no hay muerte; y juega bien, porque él se lo cree por un momento. Entonces, por un momento, no hay muerte. La muerte sólo es cuando se la ve, si no, no es, está en el lago, lejos. En el ascensor pasa la vida normal, y el padre se regala un minuto de descanso antes de volver a sufrir. Es interesante cómo trabajan esta escena el actor y el director; la elección de jugarla, de quebrar el derrotero de la muerte y la angustia. Es el poder del hombre de anular la muerte por un rato. Pero como el hombre sabe que abre el ascensor y vuelve la desesperación, nosotros sabemos que se abre el ascensor y Kieslowski vuelve a matar al niño.

La muerte ocurre así, tranquila, inútil, estúpida; ocurre de repente, contra toda ley lógica el hielo se quiebra y el niño muere. El padre no entiende, tal vez siente un poco de culpa; la tía derrama una lágrima. Pero igual es tremendo; eso sí tiene Kieslowski: tiene intensidad, aunque evite el melodrama y quede todo en un gran silencio. Entonces, aunque a veces me irrite esa compulsión de Kieslowski por los signos, por los indicios, por las palabras anticipatorias, es alguien que tiene un mundo propio, un universo que despliega con autenticidad y total convicción y verdad. Es de verdad, lo que muestra es de verdad, sin pose. Me gustan los directores que crean un universo personal, sin modas, propio y caprichoso, y por eso riesgoso, valiente. Al final me gusta bastante, creo; mi amiga debe sentirse satisfecha. Creo que me gusta llorar entonces: basta de laconismo, y que venga el drama.

Agustina Muñoz es la autora y directora de la obra teatral Las mujeres entre los hielos, que se puede ver todos los viernes a las 23 en El Camarín de las Musas, Mario Bravo 960.

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