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Domingo, 3 de junio de 2007

TEMAS > EL FIN DE LA PAREJA A LOS 30 Y PICO EN CINE Y TEATRO

Separados en el medio de la vida

Una novia errante y Nadar perrito son dos trabajos emparentados por un mismo tema: cómo enfrentar una ruptura amorosa a los treinta y pico. En la película de Ana Katz, la “novia” es abandonada por su pareja en medio de la ruta, durante un viaje de festejo de aniversario. Y la directora, que también es Inés, la desolada protagonista, investiga ese momento en el que la mujer se vuelve monstruosa, cuando aparece el más obsceno desborde. En Nadar perrito, la pieza teatral dirigida por Andrea Garrote, el abandonado es un hombre y su reacción es la opuesta, aunque no menos extrema: se instala en el sótano de la casa de su ex. Radar las entrevistó para hablar de esa grieta común que las une.

 Por Cecilia Sosa

En el delicado género pequeñas - piezas - sobre - parejas - que - se - separan, dos obras sorprenden por su desgarrada lucidez y simpatía: Nadar perrito, la obra teatral que dirige Andrea Garrote, y Una novia errante, el segundo film de Ana Katz. ¿Cómo se transita una separación al borde de los 30 (y pico)? ¿Qué queda por hacer cuando alguien dice “no doy más” y abandona el barco (o el micro)? ¿Retirarse del mundo?, ¿negarlo todo?, ¿insistir hasta el hartazgo?, ¿buscar reemplazos?, ¿hacer la plancha?, ¿devenir monstruo? Cínicas o burlonas, adorables o espeluznantemente limítrofes, dos jóvenes actrices y directoras proponen y actúan las opciones más inconfesables para cuando sobreviene el vacío y nada parece tenerse en pie. ¿Qué pasa cuando se desmorona el último refugio de una generación sin más paradigmas?

Foto: Xavier Martin

Errar... o el monstruo de rimel corrido

Vagar sin rumbo. Es lo que le queda a Inés cuando queda sola, varada en medio de la ruta a Mar de las Pampas, porque el novio en cuestión decidió no bajarse del micro. Para su segunda película, Ana Katz dirige y actúa una novia alelada, con un bolso pesadísimo para acarrear en soledad hasta aquel mágico hotelito donde alguna vez pensó celebrar su aniversario. Es entonces cuando los médanos, el mar, el bosque, el pueblito soñado y hasta sus habitantes se convierten en la escenografía dislocada y casi onírica, que se desfigura bajo la neblina del desconcierto. “Quería que la cámara fuera testigo respetuoso de ese personaje que todo el tiempo está escondiéndose, intentando disimular, pero exponiendo el estado de turbación de una enamorada ciega, errada y errante, egoísta, de movimientos torpes y fallidos. Registrar el punto máximo del estado de enamoramiento que tiene que ver con la ceguera”, dice Katz.

El film abre con una pelea casi banal, casi intrascendente, casi cotidiana, que muestra cómo la postal del amor puede virar en un instante hacia el caos. De un Daniel Hendler (su novio en la vida real) casi irreconocible, opaco e indolente de la primera escena, pronto no queda nada. Apenas una voz, monosilábica y aterradoramente neutra en el contestador o en el teléfono. “Quedé muy contenta con el trabajo de Daniel. Es un personaje que aparece cinco minutos y que después no es que no está sino que falta. Se agiganta por la ausencia, lo más terrible del amor no correspondido. Con la guionista trabajamos mucho sobre ese lenguaje que se usa para tapar los silencios dolorosos, esos diálogos donde las parejas intentan ser convincentes y lo que para uno es lógico para el otro es una rareza.”

Una novia errante descubre ese momento límite donde todo parece irreal y posible a la vez: arremeter una vez más en el locutorio (para ver si del otro lado hay un atisbo de revisión de la decisión inaceptable), asistir a la más desolada fiesta pueblerina o compartir una excursión por el bosque con el menos prometedor príncipe azul (un inquietante Carlos Portaluppi, casi demasiado parecido a un lobo de mar aceitoso).

Hay algo absolutamente conmovedor en el personaje de Inés, siempre al borde de la revelación y del espanto, su voluntad de probarlo todo y exponerse, a su pesar, en los momentos más íntimos e inconfesables. “El objetivo fue buscar el monstruo. Me interesa ese momento particularmente femenino en el que sucede algo y la mujer se vuelve dramática, deja de lado toda inhibición y aparece el desborde. Es un estado socialmente muy reprimido que yo defiendo mucho. Casi un estado de actuación, un cuadro, donde la mujer parece desatarse y el rímel se corre y forma dos aureolas negras alrededor de los ojos, los pelos aparecen revueltos, la ropa se va desacomodando, se pueden estar cayendo los mocos y hasta la voz cambia.”

¿Es así como deviene el mundo cuando se desmorona un ideal de amor?

–Para la mujer, los 30 es un momento particular, un punto de partida, una proyección relacionada con la familia. Hay una ilusión grande con respecto al amor, pero mi sensación es que se disimula bastante. Es difícil reconocer que se tienen tantas ganas de enamorarse, de estar con alguien. Las mujeres a los 30 suelen estar muy exigidas en todos los planos (profesional, amoroso, económico, las amistades, el cuidado del cuerpo) y tienen una eficacia que a veces desconcierta. Y también puede aparecer una vulnerabilidad enorme. Ponerse a llorar en medio de una reunión empresarial es algo muy de los 30. Quería que la película tuviese algo pasional y romántico que no suelen tener las escenas amorosas en la actualidad que se intentan ordenar en la agenda, pensarlas dentro de una estrategia que no incomode demasiado la individualidad, la libertad, algo un poco mezquino.

Inés rompe toda agenda, pierde (literalmente) el eje, casi parece seguir el oscuro mandato de todo lo-que-no-hay-que-hacer. “Quisimos mucho al personaje de Inés. Mis modelos fueron amigas, gente que conozco, yo misma y también Ana Magnani en El amor: una voz humana, de Rossellini, la heroína que llora al teléfono. Como actriz me importaba entregarle la mayor verdad al personaje, no quería que fuera sólo la loca del teléfono. Me llama la atención cuando alguien me dice ‘pobre’, ‘qué patológica’. Creo que me mienten. Pero también muchos hombres me dijeron que se sintieron muy identificados. ‘¿Seré mujer?’, me decían. Eso me encantó.”

Nadar... o el perro del sótano

–No doy más.
–Hacé algo.
–Ya lo hice; me separo de vos.

Esta vez la que decide es ella. No importa que vuelvan de unas hermosas vacaciones en el Sur y que él tenga decenas de fotos de ella sonriente como prueba. Ella dice basta, y él se hunde literalmente en el sótano. La ironía brilla desde el título. Escrita por el dramaturgo suizo Reto Finger (35 años), Nadar perrito interpela a una generación de treinta y pico que “es más capaz de hablar sobre su vida que de vivirla”. Con dirección de la actriz Andrea Garrote (la misma edad que el autor), se transformó en la primera pieza en la historia del ciclo de semimontados del Goethe que logró puesta propia y también reunir sobre el escenario (y debajo de él) a algunas de las figuritas más celebradas del off. Un coro griego algo torcido que entona la gesta de la treintena en crisis: El desasosiego/ La angustia/ Y entonces el mal dormir/ Ya pasó la mitad/ Sin que estuviéramos ahí/ porque estábamos esperando/ Sin saber a dónde queríamos ir.

“Me gustó el particular universo de la obra, nadie está exento del vacío y el sinsentido que plantea. Los protagonistas pueden ser suizos o muchachos de Belgrano. Ninguno tiene ideales o intereses muy altruistas: sólo intentar una relación de pareja. Como si sólo eso ocupara el lugar ideal que calma las angustias de la existencia. Pero no experimentan el amor, lo juegan –dice Garrote–. Algunos pueden tener más recursos, pero nadie está exento. Le puede pasar a cualquiera, en cualquier momento. Estar perdido en el vacío. Por eso nos da gracia. Nadar perrito no es la manera más segura, efectiva o estética de nadar para un ser humano. Es lo que hacemos cuando aún no hemos a aprendido ningún estilo o cuando ya no damos más.” Un dato curioso: si el giro parece tan inevitablemente local y prácticamente intraducible, el título original (Schwimmen wie hunde) alude prácticamente a lo mismo.

Aclaraciones hechas, con ustedes los novios: Carlota (Pilar Gamboa, la actriz “revelación” del momento) y Roberto (el mismísimo dramaturgo pop Rafael Spregelburd) y su intento de separación “cordial”. División de amigos (“amigos de ella”, “amigos de él” y una difícil tercera categoría de “amigos en común”) y también de espacios: piso para ella, uso compartido de baño y cocina; y para él, “hasta que encuentre algo mejor”, el sótano. Nota al pie: la opción obligó a desarmar el escenario del Goethe y deslumbró al suizo, que nunca antes había visto una puesta donde su protagonista estuviera literalmente donde debería estar: metido en la cueva.

“La obra plantea un universo cerrado: la que niega todo y naturaliza una situación enferma (aun cuando tenga a un tipo viviendo en el sótano), y un personaje que se retira del mundo no como decisión altruista o introspectiva sino como un abandono. ¿Es la indiferencia una estrategia efectiva para anestesiar todo lo que se supone que nos podría doler? Algo delicado, por eso había que dejar el texto en el filo: no despreciar la actitud de alguien que decide retirarse del mundo, pero tampoco proponerla como ejemplo. Evitar la tentación de la moralidad: juzgar al personaje como un depresivo o un poeta”, dice Garrote.

Así las cosas, Nadar perrito transcurre arriba y abajo del escenario, dos mundos mágicamente enlazados por una cámara de sutileza casi pictórica (dirigida por Daniela Goggi) que visita los diferentes modos de transitar una ruptura amorosa. Si ella reina en superficie donde se suceden cumpleaños, nuevos romances, desafíos, en definitiva, tiempo; en los subsuelos él ensaya una suerte de resistencia pasiva y un retiro del mundo donde la temporalidad se escurre; en fin, un ensayo del no-tiempo.

En el medio, oscilando en una suerte de limbo entre cielo e infierno afiebrado, hay un puñado de personajes encantadores. Un crítico de cine porno que rechina los dientes y que lee Condorito; un candidato con planes algo grandilocuentes, e Ingrid, el genial personaje que reservó para sí Garrote, la amiga en común, con algunos problemitas a cuestas: “Con treinta y cinco tendré hijos. Es lo que siempre pensé. En nueve meses y tres días cumplo treinta y seis. O sea, me quedan setenta y dos horas... para conocer a un hombre. Dar la vuelta al mundo con él. Buscar un departamento para los dos. Y hacer un hijo. Está apretada la cosa”...

Con sus afilados insultos y su aire elusivo y burlón, Nadar perrito ilumina alguno de los must de los 30 y pico: desilusiones (“yo creía que hasta una separación tenía que ser perfecta”), misiones contra reloj (“pescaré al más lindo”), pruebas de amor (“¿te tirarías conmigo del puente de la Facultad de Derecho?”), revelaciones mágicas (“le gustaban las mujeres con una inclinación por las golosinas bien largas”), revelaciones autocríticas (“¿no es gracioso que haya querido besar a todos los novios de Carlota?”), y algunas propuestas románticas (“nosotros tendríamos que juntarnos. Somos los que sobramos”).

Si los jugueteos varios arrancan risas de un público muy afín al que colapsa sobre el escenario, bien abajo, en el sótano, todo deviene cada vez más denso, más oscuro y, perdida toda elegancia, sólo queda ponerse a nadar como un perro (para no ahogarse).

Una novia errante, de Ana Katz, se estrena el jueves 7 de junio en cines.
Nadar perrito, dirigida por Andrea Garrote, se puede ver el jueves 7 y el jueves 14 de junio en el Goethe Institut, Corrientes 319 (gratis).

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