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Domingo, 3 de junio de 2007

MúSICA > LAS CANCIONES PERDIDAS DE ELLIOTT SMITH, EN DISCO DOBLE

Mister Misery

Elliott Smith solía decir que componía sus canciones cuando caminaba de noche, bajo la luna. Quizá por eso esta recopilación, lanzada a casi cuatro años de su muerte, se llama New Moon. Son canciones grabadas e inexplicablemente descartadas en las sesiones de sus trabajos de 1995 y 1997, porque su voz y guitarra suenan tan tristes y hermosas como siempre.

 Por Rodrigo Fresán

¿Lo apuñalaron o se apuñaló? Es la única duda –el caso continúa abierto para la policía de Los Angeles, aunque su investigación no es asunto prioritario– en cuanto a la vida o, mejor dicho, a la muerte del cantautor Elliott Smith. ¿Asesinato o –en palabras de la especialista Courtney Love– “el mejor suicidio del que yo jamás me haya enterado”? ¿Fue su novia? ¿Fue un dealer? ¿Cambia algo?

En lo que hace al resto –la obra y su permanencia–, no hay incertidumbre alguna: Smith seguramente haya sido el artista más sensible, inteligente, talentoso y triste de su generación. Alguien que supo desaparecer detrás de canciones que jamás serán eclipsadas y que ahora vuelven a brillar con fuerza y genio en el cielo de New Moon.

Mirando sobre mi hombro

Y si el también póstumo From a Basement on the Hill (2004) era la continuación natural de las armonías y producción más barrocas de XO (1998) y Figure 8 (2000), entonces el material reunido en el doble CD New Moon –buena noticia– proviene de temas inexplicablemente descartados y demos de las sesiones de Elliott Smith (1995) y Either/Or (1997), así como de unas actuaciones live en la radio.

Digo “buenas noticias” porque en ese período –y en estas veinticuatro canciones, unas pocas ya conocidas en singles y recopilatorios fantasmas, todas suyas menos un delicado cover de “Thirteen” de Alex “Big Star” Chilton– es cuando, me parece, Steven Paul Smith se convierte en Elliott Smith. Y cuando –fugitivo del grunge-punk de la banda Heatmister de Portland– depura lo que será su estilo: casi siempre una guitarra sencilla y sola y exquisita, y una voz baja y triste y tan poderosa en sus intenciones y resultados.

Aquí, en New Moon, seguimos el tránsito de un hombre perdido en las drogas, el desamor, la angustia de no saber a dónde ir. La adicción por sustancias recreacionales como consecuencia de la falta de sustancia en una vida entendida como escuela a la que faltar para así quedar libre lo más pronto posible. O algo por el estilo. De este modo, cada uno de los temas de New Moon –ya sean los bocetos apresurados pero nunca innecesarios, así como las magníficas “Looking Over my Shoulder”, “Angel in the Snow”, “Gong Nowhere”, “All Cleaned Out”, “Almost Over” y “Whatever (Folk Song in C)”, todas dignas de figurar en un hipotético Best of, así como una versión desnuda y con letra cambiada de “Miss Misery”– pueden oírse como cartas escritas en servilletas de bares que nunca cierran. “Sonic fuck-yous”, según su responsable. En el cuadernillo, una cita de Smith informa: “De un tiempo a esta parte, compongo la mayoría de mis canciones caminando de noche. Y es por eso que miro mucho a la luna. Ya sé que se trata de una imagen muy utilizada, pero siempre hay maneras de sacarles el jugo a las imágenes muy utilizadas. De convertirlas en algo nuevo o, por lo menos, tratar de que así sea. No diría que he triunfado en el intento, pero...”.

Lo que sea

New Moon es, también, la renovada oportunidad de descubrir a un artista singular que citaba entre sus influencias a Kiss (hay una foto en el cuadernillo donde un pequeño Smith sonríe a la cámara sosteniendo, orgulloso, su copia de Kiss Alive II), Elvis Costello, Scorpions y a Bob Dylan pero, por encima de todos, a The Beatles. Alguien que se manifestó como un prodigio musical a los diez años dentro de una familia complicada y poco armoniosa. Alguien que no demoró en vagar por callejones y altillos, y que no paraba de grabar canciones en un equipo casero sin preguntarse si terminarían o no –como éstas– en un disco. Grabar como forma de sentirse vivo. Grabar para no preguntarse si tenía sentido seguir cantando. La vida lo-fi para esquivar al tentador último high de un final próximo arropándose en exquisitas melodías que podrían entenderse como versiones hard-core y x-rated de Simon & Garfunkel circa “The Only Living Boy in New York” y “Song for the Aslking”. Canciones sombrías, sí, pero que producen la alegría de sentir que por suerte, alguien, se haya atrevido a alumbrarlas.

Alguien que todavía no era ese hombre incómodo –nominado por su participación musical en Good Will Hunting, cantando por obligación y agarrado de las manitos de Celine Dion y Michael Bolton, para los invitados a la ceremonia de los Oscar de 1998 y para 200 millones de personas al otro lado de los televisores– con una canción de película que hablaba de soportar un mal trago con varios tragos de Johnny Walker Red y de escaparse fuera de ese pueblo “a un lugar que vi en una revista que dejaste tirada por ahí”. Una canción que aquí aparece sin cuerdas majestuosas, pero con un verso más feliz –ausente en la versión oficial–, donde se dice: “Pero está todo bien, alguna noche encantada estaré contigo”.

Casi terminado

Ya lo dije, ya lo escribí, pero no dejo de sentirme un afortunado elegido o por lo menos así me hacen sentir aquellos a los que se los cuento. Vi en vivo a Elliott Smith en su parada barcelonesa de la gira europea presentando Figure 8. En una sala muy pequeña y sin escenario. El cantante y su público a la misma altura, de pie y de tan cerca. Gorro de lana, pelo sucio y cicatrices de acné en las mejillas. Recuerdo haber pensado que pocas veces vi en mi vida a alguien tan triste, pero triste de verdad. Alguien que entendía la tristeza como modo de vida. Biografías como Elliott Smith and the Big Nothing y numerosos artículos y profiles posteriores en revistas –cuando ya era demasiado tarde– cuentan que por entonces Smith ya estaba de viaje sin retorno. Perdido y paranoico, y peleado con su manager y su productor y con su discográfica, fumándose 1500 dólares al día de crack y heroína y, más allá de todo, asegurando que una van blanca lo seguía a todas partes para robarle sus canciones. Sin embargo –y aunque no se dignara en cantar “Waltz # 2 (XO)”, una de las canciones más preciosas jamás escritas por nadie–, el concierto fue algo magnífico y estremecedor. Por esos días, Smith ya no podía caminar tranquilo y los policías solían detenerlo pensando que se trataba de un homeless a la caza de problemas o con ganas de que otros sean perseguidos por los problemas que él dejaba escapar. Su aspecto, parece, era inquietante. Pero, sí, debió ser terrible para Smith no poder caminar tranquilo componiendo canciones.

Y, como suele ocurrir, muchos aseguran que estaba mejor y que nunca lo vieron tan alegre y sano y limpio como durante sus últimas semanas. Por entonces, alguien en una entrevista –y a propósito de la figura de su admirado Chet Baker– le preguntó sobre el glamour de la figura del músico-junkie. Smith apenas contestó: “La verdad es mucho más feliz y mucho más triste de lo que se supone”.

Una nota final de su amigo Sean Croghan –en el cuadernillo de New Moon– cuenta que, una vez que habían cerrado todos los bares de Manhattan, a Elliott Smith le gustaba regresar a su casa pateando en la oscuridad por los túneles del subte a Brooklyn.

Recordarlo así. Recordarlo como aparece y como suena aquí: saliendo de las sombras, subiendo las escaleras y, en la superficie, “Caminando entre autos estacionados / Con mi cabeza llena de estrellas”, mirar para arriba y buscar y encontrar y cantarle a la luna. Esa luna que –más allá de su vieja familiaridad– nunca dejó de parecerle nueva.

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