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Domingo, 12 de diciembre de 2010

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Mi Rembrandt privado

 Por Pablo Zicarello

En un primer momento, pensé en escribir sobre un cuadro que se encuentra en la colección permanente del Museo Nacional de Bellas Artes. Un óleo pintado por Rembrandt en el que retrata a su hermana. Hay un banco justo ahí, enfrente de la obra, para que uno se siente y la mire fijo durante un buen rato. La pintura tiene algo que hipnotiza, y a su debido tiempo el motivo cotidiano y de parentescos deviene epifanía: el plano de la pintura adquiere más volumen, profundidad y relieve que las tres conocidas dimensiones del museo que la contiene.

Pero me quedé pensando en eso del pasaje de lo cotidiano a lo extraordinario, del hallazgo que implica percibir más o menos igual al resto, pero pensarlo o sentirlo de una forma que nadie más lo hace o puede.

Y así me fui por las ramas de un árbol invernal pintado sobre fondo de cielo amarillo que está colgado en el comedor de mi casa. La pintura se encuentra lejos de la ventana, pero tiene un efecto luminoso que, en el contexto sombreado, reverbera el color amarillo. Funciona como ventana, pero de otro tipo. Esa imagen que veo todos los días comparte algo de esa cualidad hipnótica que pide más mirada, hasta volverse extraño. Ese árbol me recuerda la forma de un abrazo.

Entonces, en lugar de ir hasta el museo, decidí quedarme en casa mirando esa obra pintada en otro lugar, y que esperó bastante en su taller hasta que una mudanza la colgó en la pared que ocupa ahora.

De repente encontró en su entorno más inmediato su espacio y su espectador; y es así como desde entonces pertenece a un ámbito donde el arte se usa de manera distinta a como se usa en un museo. Es una pintura hogareña, recibe la mirada de amistades y de familia. Es una obra para espectadores específicos, y tiene el orgullo de compartir la casa con una modesta colección de grandes artistas contemporáneos argentinos.

Siempre me gustó esta imagen, con el agregado de haber presenciado el momento particular en que no se sabe si va a continuar haciéndose, o si así ya está bien. La intriga de ver a alguien pintando.

Vivo junto a Nazarena desde hace más de una década, tenemos dos hijos. Fue ella quien pintó este cuadro hace un par de años.


Nazarena Pereyra nace en La Plata en 1974. A los ocho años se mudó con su familia a Tucumán, donde estudió en la Escuela de Bellas Artes y en la Facultad de Artes de la Universidad Nacional de Tucumán. Desde entonces ha participado en muestras individuales y colectivas, tanto nacionales como internacionales. Su producción se basa en la pintura, pero también en trabajos de ilustración de libros infantiles. Uno de ellos es Animacuentos, un cd interactivo para chicos y de música infantil uruguaya. En sus obras pictóricas llama la atención el manejo de la línea y los colores, líneas infinitas que parecen hilos que atraviesan el lienzo.

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