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Domingo, 12 de diciembre de 2010

CINE > VIAJE SENTIMENTAL, LA NUEVA PELICULA DE VERONICA CHEN

Un largo camino a casa

Todo empezó como el intento de armar un álbum de fotos digital con fotos tomadas en los viajes que hizo arrastrada por su trabajo como montajista y directora. Y a partir de encontrar esas imágenes cuando ordenaba su casa, fue surgiendo una película nueva, hecha de imágenes fijas, que no develan una intimidad, sino una mirada oblicua y misteriosa. Y un viaje que es también el de su vida, el de su padre chino que un día dejó de hablar, el de su familia en China, a la que encontró después de meses de mensajes y poco confiables traductores online. Un encuentro que le permitió, a Verónica Chen, cerrar un círculo de recuerdos casi perdidos.

 Por Mercedes Halfon

Verónica Chen cree que el cine es una sucesión de imágenes fijas. La definición no escapa a la verdad, pero ella no se refiere a esa fracción de segundo casi imperceptible en que una imagen está quieta antes de convertirse en movimiento. Se refiere a lo que su memoria retiene de las películas que vio: una emocionante sucesión de imágenes quietas. Tal vez por esta forma de percibir es que esta directora de padre chino y madre de ascendencia italiana haya probado esta vez, en su tercer largometraje, hacer algo como Viaje sentimental. Una película de título tramposo, que promete un movimiento que si bien tiene lugar, lo hace con la torpeza, la lentitud y la sorpresa con la que suceden las cosas en la vida.

ALBUM PERSONAL

Viaje sentimental es un gran álbum de fotos. Fotos de viajes que la directora hizo arrastrada por su trabajo en el cine, primero como montajista y luego como directora, en el período que va de 1998 a 2008. La película registra este periplo vital de un modo oblicuo. Lo que vemos de Asia o Europa no son los esperables puntos turísticos, ni los panoramas bellos, ni los personajes típicos, ni siquiera la cara de la directora. Vemos el revés de esa trama. Cuartos de hotel, paisajes solitarios, visiones desde la ventanilla de un tren. Algo así como el off de lo que fueron sus viajes.

Chen cuenta que se encontró con las fotos que iban a integrar la película una tarde ordenando su casa. En una caja estaban todas las tiras de contactos de esas travesías, que ella había ido acumulando sin detenerse a clasificar. Eran fotos sacadas con una cámara pocket, una Olympus, de esas que imprimen la fecha en números rojos en algún ángulo del cuadro. “Fue fuerte la sensación al verlas todas juntas. Me di cuenta de que eran bastante raras, parecidas entre sí, y reunían casi diez años de mi vida. Se me ocurrió subirlas, muy precariamente, a mi computadora y ponerlas una al lado de la otra. Esa fue al principio, ver qué pasaba, sólo para pasar el rato. La idea creo que fue armar un álbum de fotos digital, algo sencillo.”

Pero como siempre que se miran fotos, los recuerdos empezaron a surgir y a generar pequeñas historias que decidió escribir abajo de las imágenes. Algo parecido a los datos que se anotaban atrás de las fotos, pero que en el caso de Chen, nuevamente, eran diferentes: “Hacía ocho días que había muerto mi padre” o “Ahí me bañé después del rodaje. Salí al balcón y me sequé al sol” o “Era mi primer viaje sola”, escribía. “Me resultaba extraño darme cuenta de que había estado en Corea y no había ninguna foto de un coreano. Un perro había. Todo lo que viví no estaba en las fotos.” Hay que aclarar que esta falta no es producto de un descuido, o una indiferencia, sino la clave de la relación de Chen con la fotografía: “Me molesta mucho la situación en la que de repente estás en un momento especial y sacás la cámara de fotos. No me gusta. Lo que suelo hacer es sacar una foto después de eso, cuando estoy pensando, o recordando. Como cuando uno viaja en tren y mira por la ventanilla y se le viene una sucesión de imágenes que fueron”.

Es por este corrimiento que la intimidad de estar viendo las fotos personales de alguien queda velada. No se nos está diciendo todo, sino una parte. En este volcán pasó algo, mirando por esta ventana, también. El álbum de Chen no está construido en base a recortes memorables de su vida, sino a recortes de algo tan sutil como el acto mismo de recordar. Una fotografía de cuando se está pensativo.

EN UN BOSQUE DE LA CHINA

Es claro que de las películas de Verónica Chen –Vagón fumador (2000) y Agua (20006)– ésta es la más personal. Y no sólo porque su contenido forma parte de su propia vida, sino porque la selección del material y la forma de vinculación de las imágenes, por más datos que le agregue el subtitulado, sigue siendo un poco misteriosa para el espectador. “Es que no tiene un orden más que emocional –explica ella–. No está hecha en función del mundo exterior. Tal foto se asocia con tal otra dentro de mí, y eso abre una serie de recuerdos nueva. De hecho, lo que más me detenía para mostrarla es que en un punto puede pecar de narcisista. Y no quería que fuera vista como un enorme egotrip.”

Eso no pasa, pero porque la narración en su misterio va dejando piedritas que guían hacia preguntas mayores. La línea más pregnante es la que lleva hacia la historia de su padre. Los viajes de Chen, que culminan en Oriente, están marcados por su padre casi como si fueran una respuesta a los que él hizo en sentido contrario. Ella cuenta: “Mi papá escapó de la guerra y la invasión japonesa a China. Toda su familia quedó allá pero él logró huir vía Taiwán. Por eso una vez en Argentina fue agregado cultural de Taiwán, él había estudiado Letras y le interesaba el comercio. Tiempo después se interrumpió la relación diplomática entre los dos países, y nosotros nos fuimos a vivir a Estados Unidos, en un intento de mi viejo de abrirse a otra cosa. Pero era todo muy difícil, él era del ‘20, era complicado que se insertara en la Argentina sin conflicto. Siempre fue un personaje alien. No desde el vínculo padre-hija, que para mí fue perfecto, sino en lo social”. Justamente, una de las cosas que aparecen en la película es esa personalidad de él tan distinta que lo llevó en un momento determinado a dejar de hablar. “Es de las cosas que más me remarcan de la película. Para los demás es extraño que él no hablara, para mí no tanto. No hablaba por muchas cosas... por cansancio, por dificultades del idioma... Con el tiempo empecé a preguntarme por qué mi viejo había actuado así y en 2008 decidí viajar a China para conocer a mi familia. Al final ese viaje se terminó convirtiendo en el hilo conductor de la película, pero fue algo que me di cuenta después de hacerlo”.

La seguidilla de ciudades y países que se recorren en la película –París, Roma, Strómboli, Corea– termina en China. Como si todos sus viajes hubieran sido un ensayo de ese otro mayor, hacia la tierra de su padre. Chen lo cuenta así: “Preparé el viaje durante varios meses, porque no tenía datos de ningún pariente. Mi familia de acá está muy dispersa: mis hermanos viven en Estados Unidos y no quieren saber nada de ninguna historia familiar, mi mamá está enferma y no te puede brindar información de nada. Entonces traje a mi casa fotos, cartas, la poca correspondencia que mi viejo había mantenido con una hermana que vivó en China hasta que falleció, y que luego siguió con los hijos de su hermana. La información que yo tenía era que tenía primos y tíos allá. Ponía los nombres en Internet, buscaba y fui llegando a una empresa, de ahí a una fábrica donde había trabajado un primo. Llamé por teléfono, con doce horas de diferencia horaria, hablé en un inglés que nadie entendía. Mandé mails con el traductor de Internet, que es muy poco fiable, hasta que llegué a ‘Estos somos nosotros, vivimos todos en una misma ciudad, estaríamos muy contentos de que vengas, te iríamos a buscar al aeropuerto con un cartelito con tu nombre’ y me lo mandaron, para que lo entendiera cuando lo viera, porque era en caracteres chinos.”

Como es de suponer, muy poco se ve en la película del viaje a China. Apenas unas imágenes breves en un teleférico sobre el monte Tai, y otras de una ópera en formato pequeño, que no dicen mucho de los cuatro meses que estuvo entre la ciudad donde vivía su familia, Beijing y Shanghai. La ópera, además de ser un arte muy popular y representativo de la cultura china, era el género preferido de su padre. “El cantaba ópera china y le encantaba hablar de eso. Esa era su data emocional, ahora, quiénes eran sus familiares, dónde vivían, un teléfono, de eso no hablaba.”

Así también es el cine de Verónica Chen: la imagen boscosa del monte Tai, los chinos de trajes resplandecientes bailando en el aire, reemplazan la información. Esa es su forma de percibir, recordar y fotografiar.


Domingos a las 17 hs, en el Malba, Av. Figueroa Alcorta 3415

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