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Domingo, 12 de diciembre de 2010

POLEMICA > UN JURADO DE CURRICULUM CERO RESPONDE

El Club de los Hematófagos

La semana pasada, Radar publicó una crítica de Claudio Iglesias al balance que dejaba la última entrega de Currículum cero, el concurso anual destinado a artistas inéditos menores de 30 años. Para Iglesias, el conjunto de las obras era una oportunidad perdida para reflejar el presente en un momento de alta movilización social entre los jóvenes. El crítico Rafael Cippolini, miembro del jurado, responde a la crítica: ¿quién puede tener el monopolio de lo contemporáneo?

 Por Rafael Cippolini

Comencemos con un brevísimo racconto. En la anterior edición de Radar, un inspirado Claudio Iglesias imputó el fracaso de la última edición del certamen Currículum cero de la galería Ruth Benzacar a los jurados, arquetípicos exponentes del arte de los ’90, que incursionaron en el muy grave error de perpetuarse estéticamente en la generación emergente, forzando la cualidad más preciada de estos últimos por obra y gracia de su fatídica elección. Entiéndase: transformando su juventud en algo irreconocible. Y lo que es aún peor (mucho peor), obstaculizando de este modo cualquier posibilidad de pensar el presente. Perdón: la contemporaneidad.

Es más: parece ser todavía más preocupante. El contexto institucional en el que los avejentados jóvenes desean insertarse está “dominado por la sombra” (Iglesias dixit) de estos tremendos gerontes sanguijuelas. Nada que envidiarle a la saga de Crepúsculo.

El tono de Iglesias, lo reconocemos, se presenta a la vez magistral y categórico: un jurado de profesores (sic) generó “una suerte de espejismo temporal o la duda sobre si la continuidad causal del universo fue violada por algún curador con superpoderes”. Iglesias (en plural) que luchan contra una horda de vampiros. Ningún concilio pudo explicarlo mejor.

No tengo más que preguntas y dudas. Primero: revisémoslo desde la cronología. De los noventosos jurados: Iuso, que realizó su primera muestra con la obra por la que hoy es reconocido (Estado de Boarding Pass, otoño de 2000), ¿es noventas? ¿También fue noventas Federico Peralta Ramos, su claro antecesor? ¿Yo soy noventas, aun habiendo realizado mi primera curaduría en noviembre de 1999 y comenzado a publicar regularmente sobre temas de arte en los primeros meses de la década pasada, aun siendo una minoría el quántum de lo que escribí sobre los artistas de los ‘90 con relación a los de otras décadas? ¿Lo es Solana Molina Viamonte? Es cierto que Orly Benzacar tuvo un destacado papel en esa época, así como también Fabio Kacero, a quien Iglesias conoce maravillosamente bien. Tanto, que en la reseña de la última muestra del artista, que publicó en el suplemento cultural del diario Perfil en junio último, analizó una obra que no había sido expuesta como si hubiera formado parte de la misma, citó en más de una oportunidad como título de la exposición una frase que no lo era ni por asomo y me hizo responsable, refutándome, de una descripción de Kacero sobre su propia producción. La cruzada antivampírica de Iglesias no es nueva y sigue apelando a toda una artillería de crucifijos y ristras de ajos. Pero no nos detengamos en temas menores. Ok, descartemos esta primera suposición.

Segundo: volvamos a revisar la entelequia “arte de los ’90” como un estilo. Histórica, por perimida. Deducimos, una estética muy definida que obstaculiza observar bien de frente el arte de nuestro presente. Un presente que nuestro cuestionador, sin dudas y según lo constatamos en todo su artículo, parece conocer mejor que nadie: la forma que determina nuestra época. Perdón una vez más: nuestra contemporaneidad.

Cito su primera descripción del estilo noventero reinante: “Fantasías arquitectónicas completas en sí mismas, mundos imaginarios cerrados y proyecciones del yo cargadas de autobiografía, coquetería y un poco de simulación”. ¿Acaso estas cualidades no calzan casi a la perfección en propuestas de la década pasada como las de Oligatega Numeric y Provisorio-Permanente, en las de Adrián Villar Rojas y Mónica Heller? ¿Incluso no tocan también las poéticas de Alfredo Prior o Guillermo Kuitca? ¿Y la Ciudad Hidroespacial de Kosice? ¿Hasta dónde llega nuestra influencia? ¡Qué tonto! Me olvidé por un momento que somos vampiros y podemos detener el tiempo. Es inevitable: el mundo se divide entre aquellos que hacen proselitismo por la radicalidad de lo nuevo y los que, como es mi caso, no podemos ver más que continuidades, giros, retrocesos, fugas, lateralidades y saltos. Lo confieso: no creo en el progreso del arte, ni en su historia como una dialéctica de estilos. Sí creo que existe una no pequeña diferencia entre la ausencia de pluralidad y su negación ad hoc.

También es cierto que Iglesias posee una fe que me es ajena: no conozco ni remotamente una fórmula para reconocer, a priori, a aquellos artistas que juntos produzcan la perfecta sinécdoque de una exhibición que dé cuenta de la obsesión de nuestro litigante: lo contemporáneo. ¿Es que sólo es posible una imagen –una sola– de lo contemporáneo? A ver, ¿por qué Iglesias está tan interesado en negar la variedad formal y conceptual de las obras? Intuyo que existe una diferencia nada sutil entre difundir lo realizado por artistas menores de 30 años (con toda la diversidad que esto implica) y pretender una visión acabada de algo denominado contemporaneidad a partir de una situación tan azarosa como un concurso. A menos que en las bases propongamos un título como “Tres días” e invitemos a los participantes a tematizar una cosmovisión de la institución arte en las últimas 72 horas. Contrario sensu, los vampiros no nos propusimos –nada más lejos de eso– ilustrar ideas preconcebidas con los envíos de los participantes. Jamás les pedimos que realicen determinado tipo de propuesta. Vampiros y stalinistas sería un poco mucho.

Por otra parte, también debo confesar que me seduce y mucho la idea de convertirme en una suerte de Rey Midas del PAMI: así, todo arte que toque se convertiría ipso facto en monumento geronte. Es triste: tampoco sé qué debe realizar un joven para verse joven. Iglesias sí parece saberlo (no me extraña), pero tampoco lo dice. Seguramente la opción más efectiva sea no presentarse a un certamen como Currículum cero. Si a fin de cuentas es un premio sin premio, y además híbrido. Tampoco estaba enterado de que para que un premio sea un premio debe ofrecer sí o sí un aliciente económico. Los participantes, de tan vampirizados que están, seguramente tampoco se dieron cuenta. Y esto sí que es preocupante (en el mejor sentido del término).

Ahora bien, ¿y la contemporaneidad? ¿Y Candela? Iglesias nos señala su pendularidad: entre el sueño y la caída libre. Si un artista elige la manualidad, como Lucrecia Lionti, caída libre. No queda muy claro si el sueño alcanza a todos los demás o sólo a unos pocos. ¿Serán las temáticas? ¿Será la exclusión de ciertas temáticas? Urge un Pulpo Paul para el arte.

Un amigo me recordaba ayer un diálogo escrito por un diletante del siglo XIX que decía más o menos así: “¿El presente? ¡Qué bocado tan tentador! Yo, en cambio, camaradas, prefiero dejárselo a los políticos, que son los primeros que envejecen”.

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