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Domingo, 21 de noviembre de 2010

SALí

A comer

 Por Damian Huergo

Un día peronista

La Cabaña de Ana María: platos grandes y precios chicos

Desde el otro lado de la Ruta 8 La Cabaña de Ana María parece un campo recreativo de algún sindicato peronista. Hay mesas largas debajo de la sombra de los tilos; sillas de plástico y de madera encimadas; gente tirada en el pasto; chicos corriendo por los caminos de tierra, y en el aire el olor de la carne asada, como un perfume popular que hace desviar por Colectora a los conductores que viajan para Luján o Pilar. Si la lógica gourmet que prima en Zona Norte es platos chicos a precios grandes, en lugares íntimos y privados, La Cabaña de Ana María invierte la ecuación y ofrece mucha, muchísima comida, a precios razonables y al aire libre. Abonando el valor del cubierto (un precio fijo de $80 los adultos y $40 los menores que ya les crecieron todos los dientes) se tiene acceso a los dos menús: el gastronómico y el de entretenimiento.

El menú gastronómico no es apto para vegetarianos. Arriba de una parrilla de dos plazas están todas las partes de las vaquitas ajenas cocinándose a las brasas: chinchulines, riñones, matambre —enrollado y a la pizza—, asado, vacío, costillar; más otras anatomías de cuadrúpedos habitúes al “asado criollo”: lechón, cordero, pollo, pechito de cerdo, bondiola y ya se necesita un Uvasal. Para acompañar y nivelar el colesterol, hay ensaladas colorinches, lechón frío, pollo enrollado, empanadas y papas fritas. También incluye un postre y una bebida; y, si queda espacio para el tiro de gracia, pastas caseras con salsas tradicionales; todo por el mismo precio, cuantas veces se quiera o se pueda.

El menú de entretenimiento brinda alternativas para pasar el día, tanto para los aficionados a la inmovilidad como para aquellos que necesitan sábados y domingos de súper acción. Los primeros pueden elegir cualquier árbol de las 17 hectáreas —hace quince años la Cabaña era una cantina de domas— para dormir, leer, hablar o escuchar los partidos por radio; acompañados por el equipo de mate y los pastelitos que la casa invita. En cambio, los inquietos pueden saltar en peloteros con sus hijos, tirarse a las piscinas, jugar en las canchas de fútbol, andar en cuatriciclo o, los que literalmente no pueden apoyar la cola en la tierra, hacer parapente. Abierto los fines de semana y feriados desde las 11 hasta que el último apague la luz.

La Cabaña de Ana María queda en Ruta 8 km.66,500 Fátima. Tel. 02322-491497. www.restaurantanamaria.com.ar


Estación Manzanares

Mil888 (Cocina de estación): la magia de una vieja pulpería

1888 es el año que llegó el primer ferrocarril a Manzanares; un pueblo a sesenta kilómetros de Capital Federal, pero que aún conserva el tempo y el contacto personal de la ruralidad no convertida en soja. En los noventa, un siglo después, las vías en desuso comenzaron a oxidarse al igual que las casas que rodean la estación. Una de esas casas, con ventanas y puertas largas en la fachada, es donde José Luis —chef autodidacta— llevó a su mujer hace poco más de tres años, para abrir un lugar de comida en Buenos Aires, luego de vivir y trabajar durante diez años en Mar del Plata en el tradicional restaurante La Lecherísima. “Está loco, es el medio del campo”, cuenta ella que pensó al bajar del auto, “¿quién va a venir hasta acá?”. Sin embargo, dice, “apenas entré sentí algo mágico, algo que no puedo explicar, algo que me atrapó”.

Quizá la magia de Mil888 (Cocina de estación) que se percibe —sin exagerar— apenas uno entra, provenga del esqueleto de la vieja pulpería que los dueños heredaron con el lugar. Como si fuese un objeto totémico lo conservaron. Y, sin caer en una estereotipada decoración de interiores, construyeron el ambiente como una continuación de esa barra enrejada que muchos creíamos patrimonio exclusivo de la literatura gauchesca.

A contramano de la estética del lugar que da a pensar en gauchos panzones vigilando la parrilla, el hit de la carta son los mariscos, con sus habituales variaciones según los cambios estacionales. Lo que perdura todo el año son las picadas —abundantes y frescas— con bichos de mar, que ameritan la compañía de algún vino de la bodega —chica, pero de precisa selección— o de cerveza bien fría. También se destaca la carta de postres; en especial el mousse. Además, los jueves y domingos se implementó como bonus track las noches de pizza libre, con gran convocatoria entre los lugareños y los habitantes de pueblos vecinos; consecuencia de esas noches Mil888 se ampliará hacia la vereda. Un acierto (otro) que permitirá disfrutar el cielo estrellado del campo en las noches de calor, frente a la estación de ferrocarril —transformada en los últimos años en Biblioteca Popular— que parece un barco encallado entre dos mundos.

Mil888 (Cocina de estación) queda en Manzotti 215 (frente a la estación), Manzanares. Tel. 02322-441180. www.restaurante1888.com. Abre de jueves a domingo, mediodía y noche.


Almacén de historias generales

Antiguo Mirador (almacén de campo): antiguo y gourmet, en Capilla del Señor

Hay dos motivos irrefutables que justifican entrar al interior de una provincia desconocida: una mujer y un buen plato de comida. En 1862 Enrique Lamarque viajó de Burdeos a Buenos Aires para convertirse en sacerdote. En el camino conoció a María Jáuregui. En ese instante se olvidó de la causa de su viaje. Y siguió a la que sería su mujer hasta Capilla del Señor, en el interior de la provincia de Buenos Aires. Allí le regaló una casa de dos pisos, con un mirador ochavado en la torre, a tono con el estilo colonial de la zona. Al principio lo hicieron funcionar como hotel, alojando —entre otros— a Sarmiento, Dardo Rocha y Carlos Tejedor. Luego, según rumores amarillistas, como casino y como burdel, respectivamente, de los cuales no se difundieron habitués. Y, desde el 2008, con recambio de dueños incluidos, se convirtió en el restaurante Antiguo Mirador (almacén de campo).

La ambientación del interior es un claro ejemplo de que antiguo no es sinónimo de viejo y menos de deterioro. En el restaurante todo, desde los tangos que generan la ilusión de salir de la vitrola apagada, pasando por el teléfono y el televisor que cuelga en un ángulo, hasta la comida, tiene el sabor de lo eterno, si es que algo semejante existiera. Lo único que parece variar es la carta. Cuenta Rubén, el dueño, que desde el 2009 los platos tomaron un estilo más gourmet. Se incorporaron comidas como mollejas caramelizadas, solomillo de cerdo con salsa de cerveza y miel, tournedó de lomo con oliva y albahaca, y postres como sabayón tibio con oporto y nueces. Aunque también se mantuvieron platos clásicos como empanadas de carne (lomo cortado a cuchillo), bife de chorizo o las pastas de elaboración propia, los muy recomendables sorrentinos de jamón y ricota con salsa de tomate, berenjena y ajo. Las porciones son generosas y van acompañadas de unos sabrosos y esponjosos panes caseros. Otro rasgo a destacar es el precio. “Por persona, todo incluido, se calcula no más de 50 pesos”, dice Rubén. Como en los buenos lugares, la mejor publicidad es el “me dijo un amigo”. Esa frase debería alcanzar para agarrar el auto y entrar al interior de la provincia, con la tranquilidad de que en Antiguo Mirador uno de los dos motivos para desviarse de la ruta está garantizado.

Antiguo Mirador (almacén de campo) queda en Urcelay 584, Capilla del Señor. Cel. 011156-049-8592. Abre jueves a la noche, viernes y sábados mediodía y noche, y domingos sólo al mediodía.


Sobreviviente de pueblo chico

Rancho Grande: comer como en casa, en serio

“Esto lo arrancó mi abuelo hace setenta años”, cuenta orgulloso Gonzalo, mientras señala el terreno que incluye el restaurante, la hostería, las cabañas, la granja y la piscina. “Los primeros diez años no pasaba nada. Cada tanto paraba un viajante a comer o a pasar la noche en el hospedaje. Cuando abrieron los caminos, empezó a venir más gente. El lugar era chico. Nada que ver con ahora. Cuando las piezas no alcanzaban mi abuelo sacaba a mi viejo y a mi tía del cuarto y los hacía dormir en el pasillo”, dice con la sonrisa misteriosa del que sabe que guarda varias historias; historias familiares que a lo largo de tres generaciones construyeron los otros cimientos que están por debajo del restaurante Rancho Grande, ubicado en el km 76 de la Ruta 8, Parada Robles.

Para llegar desde Capital hay que tomar el Acceso Norte y empalmar, luego, con el ramal Pilar. A la altura del km.50 el conductor no debe ceder a los gourmet nacidos en la zona con el boom de los noventa. Debe continuar. Y, si privilegia el buen comer a contar dónde comió, debe buscar como un arqueólogo los restaurantes de los pueblos del norte. Rancho Grande es uno de los sobrevivientes. Allí el trillado eslogan “coma como en su casa” recupera la honorabilidad perdida por tantos sitios que mancillaron su connotación. A la atención personalizada que brinda la familia, tanto en la cocina como en el servicio de mesa, se suma ese toque casero que tiene la carta. Primer punto a favor del eslogan: los platos son abundantes; para compartir, pero luego de probarlos uno prefiere quedarse con el sapo en la barriga. Se sigue por la calidad de todos los platos; si bien la vedette del lugar es la parrilla completa, el resto de la carta —propio de la imaginación gastronómica de una abuela—, sean las pastas caseras o la colita de cuadril con batatas al horno o las empanadas fritas que sirven de entrada, tiene la frescura y el sabor de la comida que se elaboró pensando en el bienestar del comensal. Tercer acierto: los postres; se recomienda el flan casero con dulce de leche. Ultimo y fundamental es el precio: $65 por persona, calcula Gonzalo, antes de volver a atender.

Rancho Grande queda en el km 76 de la Ruta 8, mano derecha viniendo de Capital. Abre de lunes a sábado en los dos turnos y domingos sólo al mediodía de 12 a 16 Tel. 02323-478100

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