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Domingo, 24 de septiembre de 2006

PáGINA 3

La lección del maestro

 Por Alan Pauls

Hace años que nada de lo que dicen los personajes de las películas de Godard sale de la cabeza de Godard. Sale de las novelas, del cine, de los diarios, de la poesía, pero no de esa especie de bunker blindado y recóndito en el que seguimos tendiendo a alojar la autoría de un autor. El bello renglón final de Nuestra música, por ejemplo, es una frase de Adiós muñeca de Chandler: “Ella podía ver muy a lo lejos... pero no tan a lo lejos como había llegado Olga”. Por eso en los créditos de las películas de Godard el espacio destinado al guión a menudo está vacío. Son películas que no se escriben –en el sentido tradicional de la palabra: alguien se sienta y escribe en una hoja de papel lo que alguien, el mismo u otro, poco importa, pondrá en imágenes–, pero que al mismo tiempo están escritas, incluso archiescritas, mucho más compuestas de escritura que las que escriben comités enteros de guionistas. Por ejemplo: aunque sea muda, como toda imagen, y nadie la pronuncie, la tapa del libro que lee uno de los huéspedes del paraíso del final de Nuestra música –Street of no Return de David Goodis– es escritura, es una frase, una línea de diálogo, tan significativa, tan dicha –es decir: tan modulada por una voz—, como, digamos, los retazos del Padrenuestro que se oyen al principio del film, la sentencia de Albert Camus que hace suya Olga (“El suicidio es el único problema filosófico verdadero”) o el formidable intercambio verbal que entablan en la embajada el personaje del embajador francés en Sarajevo y el escritor Pierre Bergounioux. “¿Los escritores saben de qué hablan?”, pregunta el embajador. “No tienen la menor idea”, contesta Bergounioux. “Homero estaba cansado y se aburría. No sabía nada de armas, guerras ni batallas. Pero el que se arma y hace la guerra y libra la batalla no tiene la menor idea de cómo contarlo.”

En rigor, en Nuestra música –como en todo Godard– hay muy poco que sea “de Godard”. El título viene de un cliché sentimental; la estructura tripartita –“Infierno”, “Purgatorio”, “Paraíso”– del Dante; la música, del sello ECM; los planos que componen los diez minutos del “Infierno” –imágenes de guerra, de tecnología de guerra, de víctimas de guerra, de Sarajevo durante la guerra–, del mismo prodigioso archivo cinematográfico que Godard ya había desplegado en las Historias del cine; el clima del “Paraíso” –esa felicidad de utopía lúdica y libresca–, del bosque donde conspiran los lectoguerrilleros de Fahrenheit 451. Ni siquiera los “personajes” que deambulan por el “Purgatorio” son todos de Godard: a Juan Goytisolo, a Bergounioux y al poeta palestino Mahmoud Darwish, que recorren una ciudad convaleciente, Godard se los encontró en un coloquio literario patrocinado por el Instituto Malraux de Sarajevo, y buena parte de lo que dicen en el film sobre las llagas de la actualidad –la guerra de los Balcanes, el conflicto palestino-israelí– ya lo habían dicho antes, en otros libros y otros medios.

En el fondo es simple: Godard no es un “creador”. O sí, pero un creador sin alma, sin aura, tan intransigentemente laico y materialista como un hombre de ciencia; el mismo tipo de creador “proletario” que eran Eisenstein o Brecht, cuyos legados ha logrado perpetuar, con una vitalidad y una potencia inauditas, en una época que tiene todo para sofocarlos. Algo de ese extraño perfil de artista que encarna a los 76 años se reconoce en la secuencia “pedagógica” de Nuestra música. Invitado a dar una conferencia, Godard decide hablar sobre “el texto y la imagen”, y lleva una serie de láminas de cuadros y fotogramas de películas... En rigor, toda su intervención gira alrededor de un punto: el problema del plano y el contraplano; es decir: el problema del sentido, de la verdad y del otro; el problema de la necesidad humana de ser dos para todo: la guerra, el arte, el amor. Godard ilustra la cuestión con una escenita de charla telefónica de His Girl Friday de Hawks: en una foto está el plano (Rosalind Russell); en la otra, el contraplano (Cary Grant). “Son iguales”, dice Godard, después de superponer una y otra vez las dos fotos. “Y eso es porque Hawks no entendía nada de la diferencia entre un hombre y una mujer.” El artista según Godard es el que acerca dos cosas remotas y las conecta en pie de igualdad para ver qué dan. Esas dos cosas pueden ser dos imágenes, una imagen y un texto, un lugar y una música, una idea y un cuerpo, un gesto y una palabra, un testimonio y un sueño, un poeta palestino real y una periodista judía de ficción, cualquier cosa. ¿Qué importa de dónde salgan? Comparado con las películas de Godard, el cine parece a menudo un arte cansado; demasiado preocupado por “la imagen”, “el sonido”, “la historia”, “los personajes”, carga las tintas, adensa, y gana peso. Godard, más liviano, va mucho más rápido. Demasiadas imágenes y sonidos hay ya en el mundo como para arrogarse el derecho de seguir “inventándolas”. El verdadero trabajo no está ahí, en las cosas, sino entre las cosas.

Nuestra música, de Jean-Luc Godard, se está proyectando en los cines Cosmos (Av. Corrientes 2046) y Arteplex (Av. Cabildo 2829).

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