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Domingo, 26 de abril de 2015

MISTERIO REDONDO

 Por Mariano del Mazo

Palermo. 1º de enero de 2015. En la casa de Skay y Poli, en ese extraño limbo que son los primeros de enero a la tarde –calles desiertas, petardos usados, sobras y resaca–, se toma mate y se mechan preguntas: “¿En cuántos canales se grabó Gulp!?”. Poli que duda, Skay que todavía duerme, el mate que se lava, la primera tarde de 2015 que nunca arranca.

Flashback. La Plata, verano del 2013. El bar queda enfrente de Radio Universidad. Ante nuestros ojos se corporizan, gracias a la gestión del buen amigo Oscar Jalil –el lazarillo redondo–, dos seres mitológicos de una prehistoria atravesada por LSD y pólvora: Mufercho y Fenton. Mufercho –el viejo Payaso Martínez, el distinguido monologuista de los sachets vacíos, el pionero que linkeaba en un programa de radio de 1969 a Schopenhauer con Jimi Hendrix– se muestra como un ángel caído sin filtro: destila rencores añejos, convoca a la piedad (“sufro diabetes, no tengo plata, estoy en la lona hermano...) y, cada tanto, deja ver en su mirada un brillo extraño, un ramalazo de locura. Fenton, uno de los primeros bajistas, toma whisky y pregunta debajo de sus bigotazos teñidos de nicotina: “¿Otra vez los Redondos? ¿Por qué no hacen un libro sobre La Cofradía de la Flor Solar?”. Habla mucho. Sigue envuelto en la bohemia dura, y se le nota un camuflado orgullo de haber estado ahí, en la génesis de todo. Militó en la JP y como pocos fue marcado por las dos flechas que tatuaron a los proto Redonditos: la política y la psicodelia, la clandestinidad y el hippismo. Se detiene en su vieja amistad con el Indio Solari. Recuerda una reunión de partidarios de Silo en la que el Indio se manifestó más cercano a las armas que al peace & love (“Yo lo único que quiero saber es dónde hay que poner la bomba”, barruntó un Solari de pelo largo). Recuerda haber escuchado siete veces Atom Heart Mother de Pink Floyd en la casa del Indio, bajo una niebla cannábica.

Mail del Indio, fragmento. Junio de 2013. “Mi colaboración con los Redondos estuvo restringida a bautizar la banda, componer todas las melodías y las letras de cada una de las canciones de la discografía, con muchos de sus leitmotifs, arpegiados de base y guiones melódicos para muchos de los solos instrumentales. Expuse a voluntad un discurso público que se transformó en el de la banda. Todo lo cual, como sucede frecuentemente, me ha hecho cosechar algunos resentimientos.”

Fuimos reyes, que escribí a cuatro manos con Pablo Perantuono y que sale la semana que viene, pretendía ser la biografía definitiva de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota pero, como dicen en Rosario, “las cosas tienen movimiento”. El texto se trepó a su propia dinámica y quedó como un registro oblicuo, alternativo, político y rocker de cuatro décadas de historia argentina. Desde los años en que una facción del ERP secuestró al padre de Skay, Aarón Beilinson, hasta el juego de máscaras que la Alianza propuso desde el gobierno y que barrió con todo, con el país y con Patricio Rey. La idea surgió una mañana de jueves, después de uno de los puntuales partidos de fútbol de periodistas de Open Gallo. Pablo venía de realizar una brillante entrevista con el Indio Solari en Nueva York para la revista Orsai y yo cargaba en mi propio anecdotario una decena de notas con los Redonditos y con el Indio y Skay como solistas, y mesas trasnochadas con el guitarrista y con la Negra Poli en el Imaginario Cultural. Como quien no quiere la cosa, como quien dice “¿vamos al cine?”, alguno de los dos propuso hacer un libro. No me puedo acordar quién. Sí recuerdo que el embale fue instantáneo.

Cualquiera que se mete en un bailongo de estas características lo sabe: en el trayecto de compilación de fuentes y escritura uno se enfrenta con callejones sin salida, depresiones, extravíos. Al ser dos, esas sensaciones se compartían, se diluían o, mucho mejor, se alternaban. O aparecía un testimonio que nos reseteaba e indicaba que el libro merecía un esfuerzo más. Como el de Ricardo Ragendorfer, el querido Patán, un hombre que compartió copas con la banda y algunos empellones que no llegaron a pelea con el Indio. Ragendorfer narró una anécdota deliciosa de 1988, cuando dirigía El Porteño junto a Rolando Graña y Jorge Warley. “Decidimos hacerles una nota, y fuimos los tres. Fue muy gracioso. Yo fui el primero que llegó. Me pongo a conversar, prendo el grabador, y de alguna manera empieza la entrevista. Mientras, nos ponemos a tomar un poco de cocaína. Dos minutos después toca el timbre Rolando Graña. Le digo al Indio: ‘Guardá el platito en el baño que el que viene ahora es un pelotudo’. Hacemos el reportaje, transcurre todo bien. Y cuando terminamos Graña insiste en llevarse el grabador con la entrevista. ¡En su casa se enteró lo que pienso de él!”

En el medio del camino, como tajo, la muerte de Walter Bulacio: otro de los grandes malentendidos que nutren una historia que abarca la marginalidad del conurbano, esas masas calientes que rinden pleitesía a un rey imaginario o no, pero que también incluye a una limusina surcando las calles de Nueva York con Poli, Skay y el Indio buscando un buen bar donde beber y poder fumar. Una historia hecha de enigmas y mutaciones. La banda más endogámica del rock argentino fue la más certera para escudriñar su tiempo. El Indio Solari tuvo decenas de frases que definieron cada época con la precisión del eslogan o el haiku: desde “a brillar, mi amor” hasta “no da más la murga de los renegados” pasando por “el lujo es vulgaridad”. Pero nada alcanza. Los Redonditos de Ricota quedarán para siempre suspendidos en el misterio. Fuimos reyes navega en ese misterio. No es más que el velo corrido de una historia extraordinaria que esperaba ser contada.

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