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Domingo, 21 de febrero de 2016

TEATRO > ¡JETTATORE!

CUANDO LA SUERTE QUE ES GRELA

Muy cerca del espíritu popular y masivo de su origen, la puesta de Mariana Chaud de ¡Jettatore!, la obra de Gregorio de Laferrère, encuentra en el Teatro Caminito de La Boca un contexto de verano más que apropiado, gratis y al aire libre. Con humoristas experimentados como Damián Dreizik y Raquel Sokolowicz, se cuenta la historia de una hipnosis colectiva, la que le atribuye la mala suerte a un novio no deseado, y que mucho tiene que ver con el espíritu de sugestión, encantamiento y rituales de la buena suerte que envuelve mágicamente al mundo del teatro.

 Por Mercedes Halfon

Es bastante habitual entre la gente de teatro, para desear suerte en un estreno, en vez de decir la palabra que expresaría tal augurio (suerte), se diga una contraria (mierda). También es común el horror al color amarillo en un día de función, además de las no pocas cábalas que cada elenco practica puertas adentro: cantos, bailes, rutinas físicas, estribillos, gestitos, saltos, como si el éxito o el fracaso de la noche dependiera de ese ritual o de cualquier ritual. Y tal vez así sea. Algo de este universo cabulero tomado en chiste, tan común en el teatro mismo, estaba escondido en ¡Jettatore!, la primera obra de teatro que escribió Gregorio de Laferrère, publicada en 1903 y estrenada en 1904. La encargada de correr el velo de aquella pieza y traerla hasta nuestros días es Mariana Chaud. El resultado puede verse en un espacio que también tiene aire de clásico, el teatro Caminito. Durante todo febrero fue y será posible asistir a las funciones de esta obra frente al –actualmente plagado de camalotes– Riachuelo. Más precisamente en la intersección de Pedro de Mendoza y la tanguera cortada Caminito, donde se montó un escenario a todo trapo y a pleno sol. El proyecto fue iniciado en 2015 por Martín Bauer –junto al Complejo teatral de Buenos Aires y la Fundación Proa– con la intención de recuperar un enclave de arte popular con tradición boquense. El teatro Caminito fue creado por Cecilio Madanes en 1957 y durante sus quince años de existencia fue un centro neurálgico por el que pasaron figuras de la escena, la plástica y las letras en comunión con el barrio de La Boca. Ahí mismo, entre las coloridas fachadas pintadas por Quinquela desde el año pasado, ha vuelto a recrearse.

LA MALA PATA

Este año la encargada de abrir la temporada fue Mariana Chaud, con esta obra de la más afincada tradición teatral argentina, del autor del clásico de los clásicos Las de Barranco. En sus inicios Gregorio de Laferrère hizo una serie de piezas cómicas que por alguna extraña razón fueron menos llevadas a escena. ¡Jettatore! fue la primera: actuada por lo célebres hermanos Podestá, muy bien recibida por el público popular que los seguía, y aceptada con ciertos reparos por la elite de la que el autor formaba parte. Es decir, si bien a su estreno fue la crème de la crème de la sociedad de principios de siglo, incluido el mismísimo presidente de la Nación Julio Argentino Roca, la crítica le reclamó a Laferrère que buscara unos argumentos más moralizantes y menos puramente graciosos, si quería convertirse en un autor de calidad.

Son justamente estas gracias sin sentido, estos enredos disparatados, esta falta de moraleja la que vuelve ¡Jettatore! una obra no solo factible de ser estrenada cien años más tarde, sino también muy disfrutable. No por nada la directora elegida por Martín Bauer para que realice la tarea es Mariana Chaud, alguien que desde sus primeras piezas como actriz y luego como dramaturga-directora despuntó un humor infrecuente, unas historias insólitas y un notorio amor por las palabras. Ella cuenta sobre su inicial contacto con el texto: “La primera vez que lo leí estaba en el secundario. Poco recuerdo de aquella primera lectura, salvo que me causó mucha gracia su trama tramposa y el lenguaje de la época. En aquel mismo momento tuve también la oportunidad de actuar una de las escenas centrales de la obra: la de la hipnosis. Como iba a un colegio sólo de mujeres, hice el personaje de Carlos. Entonces no sabía que iba a continuar interpretando personajes masculinos, ni que iba a dedicarme al teatro, ni mucho menos que iba a tener la oportunidad de hacer mi propia versión. Cuando Martín Bauer me convocó para dirigir la obra, debo confesar que me invadieron las dudas y que si hubiera aparecido el Chapulín Colorado le hubiera rogado que me otorgara otro autor y otra obra. Luego, la leí nuevamente y me encontré riéndome con los chistes y divirtiéndome con las posibilidades de montaje de la obra”.

LOCOS DE VERANO

Cuando nos sentamos en las butacas de Teatro Caminito, lo primero que vemos es el impactante espacio concebido por esa enorme artista de los escenarios y los vestuarios que es Gabriela Fernández: paredes turquesa y empapelado florido, mobiliario de los años cuarenta, nos ponen en situación. Los actores entran en caravana por el medio de la platea, con sus trajes coloridos, armados con guitarras criollas y acordeón cantan un tema que habla de la “mufa”.

La obra transcurre en el living de una acomodada familia porteña, donde Doña Camila (Raquel Sokolowicz) está por conceder la mano de su hija Lucía (Katja Szechman) a Don Lucas (Damián Dreizik), un hombre algo mayor pero pudiente. Ante esta situación inminente el joven Carlos (Andrés Caminos), pretendiente de Lucía, trama un plan para desprestigiar a don Lucas con la complicidad de su novia, su amiga Leonor (Tatiana Emede) y Enrique (Gadiel Sztrik), un amigo actor, quien se hace pasar por médico para convencerlos a todos de que don Lucas posee el poder de la “jettatura”, es decir la yeta, la mala suerte. Don Carlos (Alejandro Vizzotti), el padre de Lucía, no va creer en estas ideas pero, de a poco, gracias a otros personajes que entran a meter la cuchara –Elvira, la hija menor de la familia y su novio Pepito, los sirvientes de la casa, otros amigos– la humorada se va transformando en sugestión y es imposible dar marcha atrás. La “sensación de jettatura” ha prendido en las creencias de estas personas.

No hay dudas, viendo la obra y las alegres reacciones que desencadena en un público, digamos, “casual” –algunos pueden haber ido a ver la obra especialmente, pero muchos simplemente pasaron por ahí y se encontraron con ella– que el humor que plantea sigue funcionando. Chaud dice: “A mí lo que más me divierte son dos cosas. Por un lado, el lenguaje de la época con expresiones como ‘Botarate’, ‘¡Qué esperanza!’, ‘So pedazo de adoquín’, etc. Hay una riqueza del lenguaje local del pasado que me resulta sumamente atractivo. Por otra parte, el engaño del que es víctima Don Lucas es súper ingenuo y funciona a la perfección. Y todo se basa en juegos de palabras, falsos juramentos y movimientos espásticos, o sea, trucos teatrales. Es alucinante”.

Pero a esa comedia de puertas, a esa serie de entradas y salidas –personajes que fingen desmayos pero abren un ojo a público, otros que escuchan atrás de la puerta, unos que se van y reaparecen vestidos de mujer– esta versión le agrega otra puerta más: la del teatro. La versión ¡Jettatore! de Chaud suma una subtrama que ocurre delante de nuestros ojos pero en las “bambalinas”, es decir en el afuera de ese living de época, donde la compañía se encuentra preocupada por el faltazo de varios actores. A medida que la acción avanza se ven obligados a realizar reemplazos apresurados, pero la llegada de la noticia de que uno de ellos se accidentó mientras iba con la bicicleta a la función parece confirmar la sospecha de que se trata de la presencia de un yeta en el elenco. Uno y otro jettatores irán complejizando los miedos, paranoias, huidas y extraños métodos para combatirlos –dentro y afuera del living– hasta el mismísimo paroxismo.

Este delirio no resultará tan raro a quienes vengan viendo el teatro de Mariana Chaud. Como ella misma reflexiona sobre la pieza: “En principio, no diría que tenga mucho que ver con mi obra pero debo estar ciega porque al final todo tiene que ver con todo. En 2014 estrené Jarry inspirada en Ubú Rey, dentro del Ciclo invocaciones, obra que continuamos haciendo. Un texto de 1896, más de un siglo, su autor portaba un bigote extravagante y un humor más delirante aún. Este año estrenamos otra vez una obra que empieza con la letra J, que tiene más de un siglo y cuyo autor también ostenta un portentoso bigote”. Hay que reconocer que entre Jarry y Laferrère, si hay un punto en el que se cruzan el universo, este es Mariana Chaud.

Pero ¡Jettatore!, a diferencia de la pieza anterior de la autora, no busca canalizar ningún espíritu patafísico. Tiene todas las virtudes de un clásico popular, al que con los aportes desestabilizadores de la directora y el protagónico de los expertos en la comedia –capocómicos, al decir de antaño– Damián Dreizik y Raquel Sokolowicz, se vuelve aun más renovada y eficaz. Ambos son capaces de meterse a la platea en un puño y hacerla estallar con un levantar de ceja. Los acompaña un elenco muy entrenado en el chiste, en el que se destaca el dúo Sutottos, jovencísimos actores, provenientes de la estela de Los Macocos.

¿Qué sucede al ver todo esto mientras el sol baja y con suerte también el calor? Mariana Chaud cierra: “Es una verdadera fiesta. Antes de debutar en Caminito, estaba aterrada pensando que la gente se iba a dispersar a los diez minutos, así que trabajamos mucho para que eso no sucediera. La realidad es que, contra todo pronóstico, el público se engancha mucho con la obra y se van sumando hasta el final. La gente agradece que sea gratuito y al ser al aire libre, puede venir con chicos, hay público espontáneo, hay gente que nunca vio teatro porque no le da para pagar una entrada y se acerca a agradecerte y eso me pone muy feliz. Nunca había vivido una experiencia así”.

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