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Domingo, 21 de febrero de 2016

CINE > LA TRISTEZA Y LA REBELDíA DE MUSTANG, QUE COMPITE PARA EL OSCAR A MEJOR PELíCULA EXTRANJERA

EN EL CAMINO

 Por Mariana Enriquez

Es verano y las chicas, en sus uniformes colegiales, festejan la estación de las manzanas y el sol metiéndose al mar vestidas con sus compañeros varones. Juegan a chapotear, a treparse, a dejarse caer cerca de la orilla, el agua es turquesa, extraordinaria, y ellas gritan y chillan con la locura y la impertuosidad de la adolescencia. Es el Mar Negro: las chicas, cinco hermanas, son turcas y aunque Mustang, la hermosa película de Deniz Gamze Ergüven nunca dice en qué pueblo costero viven, se sabe que queda a mil kilómetros de Estambul. El nombre de la ciudad, Estambul, se repite varias veces: es talismán cuando lo pronuncian las chicas, es maldición cuando lo hacen los adultos.

Una vecina ve a las chicas jugando en el mar y se lo cuenta a la abuela que las cría. También las ven en el jardín de un vecino, comiendo manzanas, pero esa escena apenas subraya lo que vendrá: el juego en el agua es interpretado como sexual (“¡se estuvieron masturbando con el cuello de los chicos!” grita el tío, en una demostración inquietante de fantasías eróticas) y las chicas –que son huérfanas y crecen al cuidado de la familia extendida– serán encerradas hasta que llegue para ellas la única solución al escándalo: el casamiento, concertado y exprés. Las chicas son cinco: Sonay, Selma, Ece, Nur y Lale. La más chica, Lale, es la narradora y la más rebelde (hasta un punto, porque será Ece la que conjura la rebeldía fatal). Lale aprende a manejar. Lale planea fugas y escupe el café que su abuela le sirve a los parientes de los futuros esposos de sus hermanas. Lale quiere ir a partidos de fútbol –y lo consigue, en una secuencia fantástica, con las cinco chicas en una camioneta y con remeras rojas, felices camino al estadio. Lale se hace amiga de un repartidor que también es mal visto en el pueblo por su aspecto de joven desprolijo. Lale es la única que no está en edad de casarse y la que, y solo hace falta verla para darse cuenta, se resistirá a ese destino.

La primera comparación y la más obvia –porque es verdadera, Deniz Gamze Ergüven claramente homenajea y cita a la película– es con Las vírgenes suicidas de Sofia Coppola, basada en la novela de Jeffrey Eugenides. Hay muchos elementos en común: la iluminación solariega que convierte a las chicas, ya preciosas, en diosas doradas. El aburrimiento del encierro contrarrestado por los juegos secretos, con las chicas encimadas sobre almohadones, vestidas de color chicle, con bikinis y otras prendas incorrectas (cuando llega gente a la casa, las tías que las visten con vestidos cerrados que, dice Lale, “tienen el color de la mierda”). La lenta transformación de la casa en una prisión, que empieza con cerraduras firmes y termina con rejas. Que las chicas sean cinco y que tengan entre 12 y 16 años.

Pero en Las vírgenes suicidas, ese gótico suburbano de los setenta, las chicas estaban cercadas por la muerte: su propio deseo de morir, los árboles del barrio talados, consumidos por una plaga, la huelga de empleados del cementerio, hasta los vestidos blancos elegidos por sus padres represores que eran iguales a mortajas. En Mustang es muy diferente: lo único que quieren las chicas es vivir, no hay una entrega dócil a la decadencia ni una fascinación mórbida por ellas mismas, al contrario. A medida que las van casando, además, se nota que Ergüven –nacida en Turquía pero criada en Francia; la película compite como francesa en la sección de Mejor Película Extranjera de los Oscar– quiere dar su opinión sobre el retroceso de la secularización en su país natal pero no cae en subrayados: Sonay, la hermana mayor, hace todo el rito del pedido de mano y el casamiento con su velo rojo, pero la ceremonia, que incluye disparos al aire de los hombres, es alegre porque ella se casa con un chico al que quiere, con quien ya tuvo sexo. Selma, en cambio, es entregada a un chico que parece amable pero a quien no conoce y, encima, en la noche de bodas no se le rompe el himen, no aparece sangre en las sábanas y toda la familia va a la guardia del hospital para que alguien les confirme este escándalo (hay varios viajes a la guardia para ver si las chicas están intactas. La humillación es tratada con ironía y humor).

Lo que pasa con Ece –la más parecida a Lux de las Las vírgenes suicidas– es muy distinto. Y cuando llega el momento de Nur, que es casi una niña, la resistencia es total, es literalmente la guerra.

El tema de Mustang es el de algunas de las telenovelas turcas que tienen tanto éxito en america latina, especialmente Sila, esclava de amor y Esposa joven: los casamientos arreglados en un país dividido entre dos culturas, geográfica pero también intersticialmente. Sólo que en las novelas esa tradición brutal está romantizada por los procedimientos del melodrama y aquí es expuesta en toda su injusticia, aunque con dulzura. Turquía está dejando de ser un país amable para algunas mujeres y especialmente para las jóvenes que empiezan a explorar su sexualidad. Ese cambio también es triste para las generaciones anteriores de mujeres, que lo ven con ambigüedad y, con frecuencia, reaccionan solidariamente: hay una secuencia donde la tía toma una medida drástica para salvar a las chicas de la mirada del severo tío Erol que es emocionante por atrevida y por amorosa. Pero el tono no es documental, tiene mucho de cuento de hadas y de elementos mitológicos griegos griegos que la propia Ergüven reconoce: las cinco chicas son un solo cuerpo, una Hidra; el tío carcelero, un Dédalo.

En el mundo de Mustang, las mujeres no están absolutamente despojadas de poder. Algunas, como Sonay, consiguen lo que quieren, otras manipulan la situación hasta lograr la comodidad, otras abandonan la pelea y otras luchan. Randall Corbun, en la reseña de Consequence of Sound, escribe que Mustang es también una película sobre la juventud: sobre cómo los jóvenes y las jóvenes son sacrificados por guerras y fundamentalismos “en la búsqueda de algún tipo de pureza”.

Las hermanas de Mustang están contentas de ser impuras, de leer Harry Potter y hablar por teléfono sobre si duele o no la penetración. Y sin embargo la tristeza impregna la película, más allá de la trama, que en un quiebre sorpresivo se vuelve desdichada. Quizá sea la banda sonora de Warren Ellis (Dirty Three, Nick Cave & The Bad Seeds) que es pura melancolía. O quizá sea que el rodaje en esa región de Turquía fue complicado por la desaprobación de todos, desde los técnicos hasta los pobladores y las autoridades (la municipalidad, por ejemplo, quería el guión impreso). “Yo jamás diría que es una película crítica”, dice Ergüven que, asegura, tomó escenas de su vida para esta película. “Es sobre los problemas que tenemos en Europa. Turquía también es un país extremadamente moderno, donde las mujeres votan desde 1930. Es una cultura diversa, heterogénea. Europa cada vez más se cierra ante la diversidad, en distintos niveles y por distintos motivos”. Mustang es la primera película de Ergüven y la rodó cuando estaba embarazada de su primer hijo. “Todos creían que sería incapaz”, dice. “Pero a mí me salió una energía vital tremenda. Yo también fui en contra de las ideas preconcebidas. Me sentía poderosa”.

Mustang se puede ver en Bama, Roque Sáenz Peña 1150, a las 15.40, 17.30 y 19.20

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