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Domingo, 21 de diciembre de 2003

PLáSTICA

Los cuatro jinetes

Unidos por voluntad propia y no por necesidad, Lorena Guzmán, Gabriel Grün, Andrés Onna y Gustavo Charif presentan en su muestra Ovo Nero un universo a la vez joven y bastante inaudito para la juventud en los últimos tiempos: una técnica lograda, la revisión de la erótica clásica, un diálogo ácido con esos estándares de belleza, el uso del exceso preciso y el derroche controlado. Por si no alcanzara, pende sobre ellos un escándalo y una acusación de arte degenerado.

 Por Laura Isola

Hay, en el apacible verdor de los días de semana en el Rosedal de Palermo, un núcleo de inquietud. Más precisamente el lindísimo Museo Sívori alberga la muestra Ovo Nero que reúne, porque los artistas así lo quisieron, obras de Lorena Guzmán, Gabriel Grün, Andrés Onna y Gustavo Charif. Al parecer, los cuatro se unieron en una experiencia y un concepto artístico compartido y el resultado cuelga de las paredes o bien se ubica en el piso, a modo de esculturas. Una primera pasada por las obras de Grün, Guzmán, Onna y Charif revela que comparten una fascinación por ciertas zonas de la tradición artística ligadas a la muerte, la deformidad, lo obsceno entendido como el exceso de sentido, lo que ocupa demasiado espacio y hasta lo abyecto. Nada de esto es un invento reciente y de ahí las citas permanentes que estas obras hacen con sus precursores clásicos como Del Bosco, Caravaggio, Shakespeare y tantos otros. Sin embargo, no es lo único que estos trabajos presentan a sus eventuales espectadores. Otro hallazgo de los artistas es haber logrado homogeneidad en la propuesta sin perder individualidad.
Juntos están, pero no amontonados. Esto último se corrobora en la prolijidad de la colgada que empieza por Grün, pasa por las esculturas de Guzmán, sigue con los inmensos paneles de Onna y finaliza, doblando el codo, con lo realizado por Charif. Hay tiempo para verlos a todos y a cada uno. En el vulgar juego de las similitudes y las diferencias, las primeras aparecen en la lograda técnica que ellos manejan. Saben de trazos, de color, de materiales, de perspectiva, de volumen y con todo intentan un sentido o, tal vez, un mensaje. Seguramente por la preocupación que demuestran por esto último, eso sea para ellos lo más importante. Pero el ojo es desobediente y no quiere domesticarse. Quiere ver otra cosa cuando mira pintura y escultura. Algo distinto que el discurso del académico, del mismo artista, del divulgador. Prefiere que lo dejen solo y meterse en otros ojos, repasar las líneas de los cuerpos, tocar con la mirada las superficies de resina y de óleo.
Y en esta muestra, quizá por su carácter tan fuertemente sobresignificado, esa tarea no resulte fácil. O sí. Porque de Grün interesa menos lo que sus cuadros de sátiros exhiben sino cómo revisa la erótica clásica o la inmersión en ese pulcro universo salvaje de su autorretrato de cuerpo entero con ojos de espejo y piel de animal. La bella deformidad de las esculturas de Guzmán tienen la impronta del cuerpo cercenado, roto y mutilado que dialoga ácidamente con los estándares de belleza clásica y gana la partida. Hermosura y violencia es el desafío y sus “mujeres rotas” hacen del intercambio sexual/sensual un literal ojo por ojo, pierna por pierna y demás partes en juego. En ellas, sus estatuas, todo es sangre y carencia. Un modo indirecto pero ajustado del universo femenino. Onna elige la metáfora hereje en un cuadro que generó una polémica entre algunos convencidos por demás del poder del arte. “Los derechos de los niños”, la obra en cuestión pinta a un papa, Juan Pablo II, por ejemplo, con dos niños desnudos y atados como perros o presos. El hiperrealismo de las figuras domina la escena y esto produjo un enojo peculiar, que pronosticó un posible escrache en las puertas del museo. Nada pasó por el momento, pero arroja un resultado singular: todavía hay creyentes en el arte degenerado y por consecuencia, le atribuyen una potencialidad fuera de lo artístico que es digna de mención. Sin embargo, Onna no es reductible al mero escándalo y lo que más interesa, por cierto, son los ambientes siniestros que crea en sus cuadros y la osadía del uso del color, como en “Niña con juguetes”, donde la pequeña sólo cuenta con un brazo para su deleite. Charif para el final y el universo en miniatura de sus fondos, plagados de imágenes, colores y referencias. El exceso preciso y el derroche controlado son las paradojas que presenta en sus cuadros. Impresiona notablemente el grupo de partisanos hachando a un hombre por su fuerza y violencia en la expresión y contrasta con la dulzura y el encanto del retrato de una mujer que, muy cerca, revela cierta zona del amor, según Charif. Si bien su muestra anterior contó con una serie de fuegos de artificios (el premio Charif pintado de oro, la canonización de Fernando Rabal, etc.) su pintura, despojada de performance, se sostiene por la impronta original. Algo así como un estilo que, en este caso, encuentra otros estilos análogos que sostienen la muestra.
Si la línea de la tradición se puede seguir en estos artistas, no es sólo por las referencias y las realizaciones. Un manifiesto y un espíritu de época o de grupo los enlaza con la vanguardia. Y al mismo tiempo los aleja del tembladeral de cierto arte de los noventa porque son autorreferenciales pero no ingenuos, porque vuelven al pasado pero no entronizan la infancia como el cliché imaginario. En cambio, son ácidos, duros, con un humor corrosivo y por momentos exasperante, Charif a la cabeza. En definitiva, son jóvenes pero no se nota.

La muestra permanecerá abierta hasta mediados de enero de martes a viernes de 12 a 20 y los sábados, domingos y feriados de 10 a 20 en el Museo Sívori, Av. Infanta Isabel 555, frente al Rosedal.

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