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Domingo, 21 de diciembre de 2003

DIBUJO

Las paredes hablan

Se inauguró Chilaut, la primera muestra de dibujos eróticos exhibida en un telo.

POR MARÍA GAINZA
Pará, puf, tirá el humo para otro lado que me estás matando, dale, ¿y por qué no te traés otra botella de champagne, para volver a entrar en clima, no? Como digo siempre, no hay nada como hacerse una escapada del trabajo en estos veranos calurientos a un buen telo con aire acondicionado, te refresca, ¿no te parece Esteban? Esteban, che Esteban, ¿no me digas que te quedaste frito? Dicen algunos que una de las paranoias más recurrentes en los clientes de albergues transitorios es el temor a que detrás de los espejos faraónicos o entre los helechos y el Anubis símil mármol alguien esté grabando o filmando sus encuentros. Conociendo ese terror al escrache, llamó entonces la atención ver un buen día de diciembre un desfile de personajes variopintos entrando de lo más campante y a cara descubierta al Hotel General Paz. Y no, los argentinos no se habían vuelto de golpe y porrazo unos libertinos desfachatados que andaban ventilando sus asuntos, el tema era otro: pasaba que se inauguraba Chilaut, la primera muestra de dibujos eróticos exhibida en un telo. La mejor excusa para visitar el templo del sexo, jugarla de galán culto y no tener que esconderse detrás de vidrios polarizados.
Vayamos por partes. Primero: en momentos en que los albergues transitorios dan cuenta de una baja de hasta el 50 por ciento en sus clientes, la muestra (auspiciada por una marca de preservativos) parece la estrategia diseñada por algún joven wonder boy del marketing contratado para revertir la tendencia. Pero una visita al General Paz basta para creer que esto es algo más que un manotazo de ahogado de un gerente comercial. Es, por decirlo de alguna manera, el tanteo de una nueva estética en cuanto a albergues transitorios. El General Paz es el anti-telo y los dibujos de Mariano Lucano vienen a suplir justo eso: lo que se perdió cuando el kitsch dio lugar al minimal. Porque acá no hay nada de templetes de Trajano, disfraces de Batman y Batichicha o jardines colgando de Babilonia. Hay, más bien, mucha vela aromática, despojado mueble de madera negra, florero espigado con lirios, sillones BKF, sábanas y paredes blanquísimas y enormes ventanales que dan a la autopista. Un catálogo de todo lo que un departamento de yuppie moderno podría incluir. Claro que de fantasía: un cero a la izquierda. O más bien de otro tipo. Es la fantasía de aquel que le vende a su chica no ya el sueño de “yo, tu emperador supremo” sino el “yo, tu exitoso entrepreneur”. Ambiciones de un tipo que preferiría pasar la noche en el Hyatt en lugar de en un telo pedestre de la General Paz.
Pero entre tanto sexo cool faltaba algo. Que es básicamente lo que la muestra de Lucano viene a aportar: el ratoneo visual. Dibujos de libertinaje, piernas eternas y risas huecas, fantasías eróticas de hombres con perversos anteojos oscuros y mujeres de afiladas uñas rojas en rápidos trazos de tinta, y todo en una atmósfera de electrizante descontrol. Entonces alguien recuerda al Toulouse-Lautrec de los cabarets, las casas de placer y el mundo efímero y brillante de los varietés. Es que Lucano –director de la revista Barcelona y, entre otros datos, dibujante de Playboy y responsable del diseño de Pocketpop, el disco de María Gabriela Epumer– capta climas como un cronista nocturno del reviente. Dibujos que, como estímulos psicológicos, son una incitación al placer y en eso cierra perfecto verlos colgados ahí, en un hotel de luz mortecina donde toda la carne se pone al asador.
Segundo: y pensándolo bien, ¿quién es el público para estos dibujos? Desde ya no será el flâneur desprogramado que pasea por las galerías con todo el tiempo del mundo para pararse pomposamente frente a las obras. Lo más probable es que sean personas que terminen apreciando la muestra de reojo, con cierta sincera despreocupación por “la obra de arte”. Y no está mal. Después de todo no siempre en la historia del arte las imágenes fueron pensadas para ser vistas con tiempo, solemnidad y luz adecuada –aunque éstas sean hoy las reglas capitales de la seriedad a la hora de ver arte contemporáneo–: en las penumbras y a veinte metros de altura, los relieves de las iglesias medievales también eran parte de un montaje que reforzaba una ambientación. Por ende, colgar en un telo supone de alguna manera olvidarse de un espectador con mirada de cámara-fija-y-ponzoñosa-de-película-porno (con la que generalmente se escrutan las obras de arte), y pensar en alguien con visión de videoclip: con una mirada sesgada, hecha de ráfagas que captan y disparan en la mente un cúmulo de instantáneas sugestivas.
Y al final: si a las galerías se las acusa permanentemente de ser espacios gélidos, ¿llevar el arte a un telo sería el intento de un exagerado por encontrar el lugar más caliente posible? Porque, en su afán por ser más off que el circuito off, la propuesta de Lucano no está lejos de las intervenciones en baños públicos del chileno Claudio Correa o de la muestra de los mexicanos Kurimanzutto exhibida en un puestito del mercado de frutos, lado a lado con tomates y lechugas. Claros proyectos al extremis por sacar al espectador de una buena vez de esa relación anquilosada que aún en el siglo XXI se sigue sosteniendo con las obras en los museos y las galerías. ¿Y por qué no? Después de todo, la historia del arte está plagada de una serie de transgresiones afortunadas.

La muestra se paseará por tres hoteles. Cada exhibición durará aproximadamente diez días y el público podrá verla –sin pagar por un cuarto– sólo en el día de la inauguración. Del 11 al 18 de diciembre: Hotel General Paz. Del 19 al 29 de diciembre: Hotel ETC. Del 30 de diciembre al 30 de enero: Hotel El Bosque.

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