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Domingo, 21 de diciembre de 2003

OJOS DE VIDEOTAPE

Un brazo adelante y el otro atrás

Vuelve Napoleón. Por dos: en Las ropas del emperador, interpretado por Ian Holm, tiene un sosia al que deja confinado en su lugar.

Son no menos de ciento cincuenta las veces que algún actor ha encarnado a Napoleón Bonaparte en el cine o la televisión, y tres corresponden a un gran, compacto y explosivo intérprete británico llamado Ian Holm. La primera fue en Napoleón y el amor, una miniserie producida para la pantalla chica en 1974. Siete años más tarde, Holm (que fue el jefe de Jonathan Pryce en Brazil y el androide corporativo en Alien, y ahora es Bilbo Baggins en la trilogía de El Señor de los Anillos) reencarnaría al emperador francés en la oscura y lisérgica Los aventureros del tiempo, de Terry Gilliam. (A propósito: Gilliam, cineasta especializado en la locura cuyo último proyecto trunco fue una ambiciosa versión de El Quijote, bien podría haber intentado filmar una épica bonapartista en el tono de Las aventuras del Barón Munchausen. Es casi hasta extraño que no lo haya intentado.) En cuanto a la tercera, no fue la vencida. Si en la historia de los Napoleones cinematográficos están los que fueron y los que podrían haber sido, el último de los que fue es el que sale a video por estos días con el título Las nuevas ropas del emperador, y representa un pequeño Waterloo en la carrera de Holm. Se dice que el guión de esta comedia romántica del director Alan Taylor (un realizador de TV fogueado en Los Soprano y Sex & the City), firmado por Kevin Molony, mejora notablemente la novela de un tal Simon Leys, en la que se basa (La muerte de Napoleón, de 1986).
La historia encuentra al ex emperador desterrado en la isla de Santa Helena, pero con un plan: dejar en su lugar a un perfecto sosia y preparar desde las sombras su regreso a París. Esto es, sin prever que el falso Napoleón pronto se descubrirá demasiado cómodo en su puesto como para abandonarlo sin dar pelea. Toda la película descansa exclusivamente en la simpatía de Holm y de Iben Hjelje (la actriz danesa de Secretos de familia y Alta fidelidad), como protagonistas de un romance bastante improbable.
En cuanto a lo que no fue, pero estuvo muy cerca de ser, se trata de una de esas leyendas del lado B de Hollywood, una de esas grandes películas que nunca veremos: el proyecto megalómano de un Stanley Kubrick que venía agigantándose aceleradamente, mientras los hippies deliraban con 2001: Odisea del espacio. Y, créase o no, Ian Holm tenía un lugar preponderante en esta historia, siendo la primera opción del director, cabeza a cabeza con Jack Nicholson. Corría 1969 y Kubrick ya estaba rematadamente loco. La vida de Napoleón era, para Kubrick, un “poema épico de acción” en sí misma. Quería filmar la relación sexual con Josefina sin restricciones (con una escena poblada de espejos, a la manera de Ojos bien cerrados). Quería recrear a lo grande una Moscú convertida en un cementerio, y quería filmar en un país que estuviera dispuesto a alquilarle sus ejércitos como extras. Contrató a Felix Markham, un profesor de Oxford experto en Bonaparte, y lo puso a investigar para él. Durante el largo y obsesivo período de investigación (que abarcaría los rodajes de Barry Lyndon y de La naranja mecánica), Kubrick comenzó a comportarse como su objeto de estudio, llegando incluso a comer como él, según relató alguna vez Malcolm McDowell. Se dice que, algo resignado ante un proyecto que habrá ido intuyendo como imposible de financiar, en los ochenta vio Raíces y pensó en hacer una miniserie de 20 horas con Al Pacino. Hoy circulan rumores de que varios directores pensaron en rescatar el guión de SK y apropiárselo (como hizo Spielberg con Inteligencia Artificial, pero bien). Scorsese, Michael Mann y Ridley Scott entre ellos. Y se dice que incluso los estudios hasta estarían dispuestos a pagar tamaño proyecto, envalentonados por el éxito de Gladiador y las posibilidades ofrecidas por los efectos digitales. Pero son rumores, muchos y contradictorios. Quién dice, tal vez lo vuelvan a convocar a Ian Holm. O tal vez ya sea hora de que alguien vaya pensando seriamente en llamarlo a Danny DeVito, que seguramente sería un emperador genial.

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