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Domingo, 10 de julio de 2016

TEATRO > GUILLERMO CACACE

PIEDRA SOBRE PIEDRA

Aunque hoy es reconocido como uno de los más interesantes directores emergentes del off, Guillermo Cacace arrancó como actor y luego llegó al psicoanálisis. Desde su sala de teatro de la calle Pasco, Apacheta, dio forma a la puesta de la obra de Ivor Martinic, Mi hijo solo camina un poco más lento, un boom con reservas a la madrugada por Internet. Y ahora es el turno de La crueldad de los animales, una obra sobre un hecho de corrupción en un pueblo chico que desde el Cervantes pasó al espacio de la sala Apacheta.

 Por Mercedes Halfon

El nombre que eligió Guillermo Cacace hace trece años para bautizar su sala de teatro es sugerente. No todos coinciden en su significado. Objetivamente la “apacheta” es un montículo de piedras colocadas en forma de pirámide, una sobre la otra, una especie de mini montaña artesanal que realizaban diferentes pueblos originarios andinos. Para unos su fin era una ofrenda a la Pachamama, para otros marcar alguna clase de orden espacial, un punto de vista en una zona de caminos. El concepto nos inicia en las preocupaciones de un director y docente que desde años habita escenarios y salas de ensayo siempre cuestionándose, pensando y repensando su aporte, su lugar, sus puntos de vista que si bien no están al margen de lo universal, están fuertemente localizados en estas tierras. En una en particular, su espacio, la sala Apacheta.

El recorrido de Cacace se inició hace años, bastante antes de dirigir. Como actor. Es un aspecto bastante desconocido de su obra, pero para él es fundamental: “Esa experiencia en la actuación nunca fue abandonada. En esa primera experiencia se me genera un modo de entender que después habito desde la dirección o la enseñanza. Se generó un lugar en el cuerpo, un pensamiento- cuerpo que plantea un estar en el resto de las cosas que hice y hago”, dice. Sin duda su comprensión de la actuación saltó a la vista con Mi hijo solo camina un poco más lento, la obra con la que empezó a sonar para un publico mucho mayor al de teatro off, que ya lo conocía. La pieza se estrenó hace dos años en Apacheta y desde entonces todo: reservas que tienen que hacerse a la madrugada, entradas agotadas con meses de anticipación, recomendaciones fervorosas boca a boca, premios y distinciones nacionales e internacionales. ¿Qué fue lo que pasó exactamente? De los muchos motivos que pueden darse, uno tiene que ver con la actuación. Intensa y diversa: personas/personajes de todas las edades en un registro que el director no quiso marcar ni detener. Son todos ellos –una madre, un hijo adolescente, una abuela, un abuelo y más– los que construyen la compleja textura sensible de la obra. Una expresividad limpia que llega directamente al espectador para conmoverlo con una aparente falta de sobreimpresiones.

Hoy Mi hijo… sigue y Cacace acaba de montar en su espacio La crueldad de los animales, –inicialmente en el Teatro Cervantes– en el que varios de los elementos que puso a prueba en su éxito anterior se continúan y desarrollan.

EL JARDIN DE LOS SENDEROS QUE SE BIFURCAN

En paralelo a su proceso con la actuación, Cacace estudió Ciencias de la Educación, Psicopedagogía, un camino para acercarse al psicoanálisis, el campo que lo tomaría cautivo de su materia. “Terminé la carrera, pero empecé a estudiar psicoanálisis con una mujer increíble, Silvia Bleichmar, a hacer grupos de estudio con ella. Yo tenía el prejuicio de que la actuación era muy hedonista, que tenía que hacer algo que tuviera un nivel de intervención social más significativo. Ahí empecé a entender que había un sentido político del actuar, fue un momento bisagra. No por lo que digas, sino como forma de estar en el mundo, lo político de la actuación en el trabajo que estás haciendo para generar una realidad otra, y por esa hendija alguien pueda ver otras posibilidades para su propia realidad. Eso me pareció muy político y me armó un lugar desde dónde actuar”.

Ese lugar sería La fronda, el grupo de investigación y creación que armó junto con su amigo, el director Ciro Zorzoli por aquellos años. Es curioso verlo en imágenes que hay en Internet caracterizado para esas primeras obras de Zorzoli, Living último paisaje y A un beso de distancia. Él cuenta de ese periodo: “Luego de egresar del conservatorio actué en la Comedia Juvenil que funcionaba en el Teatro Cervantes. Fue una experiencia alucinante, pero cuando terminó necesitaba algo más experimental, menos ligado a una institución. Coincidió que Ciro tenía ganas de armar un grupo de investigación. Nos reunimos en un bar que ya no existe más en la calle Corrientes, ahora hay una triste perfumería, tiramos la moneda para ver quién actuaba y quién dirigía y salió que dirigía Ciro. ¡Por suerte! Así yo pude seguir actuando un tiempo más.” Esa fue la escena iniciática de La fronda, un grupo que cavó profundo en la retina teatral en los comienzos del nuevo milenio. Y que hoy, años después, sigue en funcionamiento.

“Yo estuve hasta los ensayos de Ars higiénica que de vuelta tuvo mucha repercusión, pero ahí me bajé. Aprendí mucho de Ciro. Los dos compartimos de ahí en más una concepción de arranque que es por la actuación. Cuando me fui de La fronda empezó a declinar el compromiso con estar actuando. Pero la actuación siempre será el lugar desde donde pienso el teatro, el cine, la vida”.

Esas tareas que lo sacaban del mundo del actor fueron obras en las que empezó a cumplir el rol de la mirada, pruebas, ensayos, creaciones hasta la fundación de la sala propia, Apacheta, donde estrena sus trabajos hasta hoy. Un reducto que se tornó casi de resistencia después del conflicto que lo tuvo durante todo el verano peleando la permanencia. La sala que, pese a toda la historia que ya tenía, se había puesto en venta. Gracias a la ayuda del INT y de amigos, estudiantes, colegas y espectadores (hasta el productor Carlos Rottemberg donó dinero con el que se compraron una gran cantidad de sillas) Apacheta pudo seguir en pie.

En el principio no se imaginaban tanto. “Fue la necesidad de concentración. Yo daba clases en un lugar, ensayaba en otro, estrenaba en aquel y como todavía éramos jóvenes, cualquier elenco más posicionado nos mandaba a un segundo lugar en horario en las salas. También buscaba un espacio de laboratorio, si nos queríamos quedar tres días probando una cosa, teníamos que cortar porque había otras cosas. Ahora lo vivo cuando monto en otros teatros. Básicamente se proponía como un espacio para trabajar con libertad. Que las variables institucionales no ahogasen”.

Así comenzaba todo.

EL MUCHACHO DE LOS GROTESCOS

Como buen chico estudioso que salió del conservatorio, sus primeras experiencias fuertes en la dirección fueron visitas a Shakespeare y Molière. Pero a partir de ahí lo clásico empezó a desfigurarse. Una muestra de esos pensamientos fue su reversión de La Orestíada llamada A mamá. Allí lo que se mantenía eran los lineamientos de la anécdota original y los nombres de los personajes trágicos, pero el clásico era trasladado al conurbano bonaerense, a una cena festiva, en la que el hijo retornaba a vengarse. “La escena pregnante para mi es Clitemnestra ofreciendo su teta a Orestes y él, pese a tener ese mandato, no pudiendo matarla en lo inmediato. Así entré a la tragedia: deslizándome hacia el kistch y lo bizarro que me abrió al período de los grotescos. Esa fue toda una etapa mía que duró hasta hace no tanto.”

El grotesco fue el periodo más largo de Cacace y también el más glosado. Fueron cuatro trabajos sobre textos dramáticos de Discépolo: Stefano que estuvo cinco años en cartel; Sangra que fue una versión de Babilonia, luego Mateo que fue un encargo del Teatro Cervantes. Y por último una puesta de Mustafá en Bahía Blanca. él reflexiona sobre todo ese momento: “Creo que en realidad fue Stefano y el coletazo. Esa obra despertó una lectura de que yo era un director joven que rescataba un género. A mi me parecía horrible esa idea. Pero aproveché, digamos, el coletazo. La secuela más fiel al impulso inicial fue Sangra. Después lo otro fueron ofrecimientos que acepté, porque eran piezas preciosas: pero ese ciclo en el terreno más experimental fue Stefano. Creo que había una necesidad muy grande de alguien de mi generación tomando esos textos. Pero a mi me empezó a asfixiar, porque los motivos por los que se suponía que yo los agarraba no eran míos. Yo no necesitaba reivindicar un género argentino y nacional. Solo que encontraba ahí procedimientos y temas que me seducían, cierta animalización de los personajes, que rompía con el personaje clásico. Esa idea que se dice tanto sobre el grotesco, que deja caer una máscara y aparece el rostro, para mí no es, creo que cuando cae la máscara aparece la desesperación. Mi hipótesis es: no hay rostro verdadero. La máscara es como la de Heath Ledger en Batman, está toda rota y no se puede sacar”.

Mientras, Cacace intentaba una vía de escape de los categorías en que lo querían encasillar. “Hay una tensión entre lo que uno se produce y el lugar donde se lo quiere ubicar”. Se sucedieron obras como Doméstico, El panteón de la Patria, que mantenían elementos grotescos en la actuación pero en otros formatos y basándose en autores contemporáneos. Así llegamos a Mi hijo camina solo un poco más lento, un texto de Ivor Martinic, joven dramaturgo croata que llegó a nuestro país en el marco del festival Dramaturgia Europa + América en 2014. La versión local cayó en manos de Guillermo Cacace por convocatoria de Matías Umpierrez y le calzó como un guante.

La charla sobre el suceso de la obra vuelve la atención sobre las libertades posibilitadas con el dominio de su sala: “Con Mi hijo camina… pasamos cuatro noches haciendo puesta de luces y no quedó ninguna. Quedó la luz del día porque era incontrastable lo que producía. Es como si quedara el silencio después de probar toda la música. Bueno, esto no lo podríamos haber hecho si Apacheta no fuera nuestra. No fue la idea de fundar el horario para hacernos los locos, ni pensar en la seguridad del barrio –que también nos lo dicen–. Pero sí nos dimos cuenta que el cuerpo a esa hora tiene otro estar, que los sonidos de la calle también son otros. Pasa a ser algo con la percepción. Las obras son dispositivos sensibles. Y la percepción se ve beneficiada con esta situación totalmente distinta y no solo la nuestra sino también la de los espectadores. Eso hace posible que Mi hijo se inscriba más en una experiencia que en una obra de teatro, una experiencia acompañada de una cantidad de cosas parateatrales.”

FENOMENO DE CONMOCION MASIVA

Mi hijo… continúa y continuará en cartel con entradas agotadas aunque Cacace descree de la palabra ‘fenómeno’: “Hay tanto trabajo por detrás de las obras y esa palabra reduce todo a ‘mirá la embocaron’. Como si uno todo este tiempo en vez de estar experimentando, hubiera estado buscando embocarla. Ah, sos como La familia Coleman, te dicen ah, es una familia disfuncional ¡y no! Hay un funcionamiento en esta familia. Lo digo como terapeuta que ha trabajado con familias disfuncionales. Esta familia tiene un funcionamiento posible e incluso, capaz, parte de lo que encuentra el público es eso: está todo mal pero algún funcionamiento es posible, en la fisura justamente, no en lo perfecto”.

Todas las cuestiones desarrolladas en la puesta de Mi hijo..., El despojamiento del artificio, la actuación no homogénea, la búsqueda del teatro como experiencia y no al revés, se redoblan como apuesta con La crueldad de los animales. Se trata del texto de un dramaturgo novel, Juan Ignacio Fernández, que fue montado originalmente en el contexto lleno de oropeles y rasos rojos de la sala Luisa Vehil del teatro Cervantes. La obra ahí era casi una intervención. Hoy, en el contexto del Apacheta, el contexto es más orgánico. El núcleo de la historia es un hecho de corrupción en un pueblo del interior del país, que atraviesa a distintas familias, afectando sus vidas en todas las direcciones posibles. Una mezcla del estilo característico de las últimas piezas de Cacace con una historia de la coloratura de Lucrecia Martel. Él dice: “Montar una obra de fuertes referencias políticas fue todo un de- safío. Sobre todo cuando el intento es no producir un discurso del discurso. Cuando la decisión es correrse de ilustrar una anécdota. No hemos querido abordar un tema, el intento ha sido encarnarlo. Habitar las conductas que son génesis de los actos”.

La pieza está interpretada por un elenco compuesto por actores fuertes como Gaby Ferrero, Iván Moschner, Héctor Bordoni, Ana María Castel y Nacho Vavassori, que se desplazan por el escenario como, justamente, animales enjaulados, asustados, en trance, tapados por pieles que no responden a ninguna lógica ni les quedan bien. Suben y bajan escalas energéticas de un modo imprevisible dejando mucho espacio a la imaginación. Hay que ver la obra para entender la clase de empatía emocional que propone. Tal como cierra Cacace: “Lo que me interesa actualmente tiene que ver con una propuesta actoral que se encargue más de dejarse ver que de mostrar. Percibo que hay un teatro porteño muy histriónico, muy penetrante y hasta patotero. Uno lo disfruta, pero el lenguaje actoral te cachetea y te deja como espectador en un lugar muy pasivo. Es como si se dijera: yo te lo hago. Es una característica nuestra, casi de teatro de revista. Mi propuesta es feminizar la escena, y que permita alojar más la mirada desde un lugar activo, donde esté creando con el actor lo que este propone. Menos certezas desde la escena, más preguntas.”

La crueldad de los animales se puede ver los domingos a las 18. Mi hijo solo camina un poco más lento se presenta los domingos y sábados a las 11.30 y 14. Ambas en Apacheta, Pasco 623.

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