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Domingo, 10 de julio de 2016

MúSICA > ALEJANDRO GUYOT

OSCURA MONÓTONA SANGRE

Desde los años 90, Alejandro Guyot integra diferentes formaciones tangueras hasta que encontró su lugar como compositor y principal letrista de 34 Puñaladas, una agrupación que explora la lírica urbana combinando tradición y malditismo. Pero su proyección es amplia: editó poesía, está terminando una novela, y cuando edita discos en colaboración hace gala de eclecticismo: desde vidalas y cielitos hasta tangos de patio. Mientras prepara shows y un disco nuevo, Guyot habla de sus abuelos revolucionarios, anarquistas y cantores, de cómo el tango contemporáneo poetiza la Buenos Aires de hoy y por qué reconoce como referentes a Leopoldo Federico, Nick Cave, el Tata Cedrón y Palo Pandolfo.

 Por Juan Ignacio Babino

Lo primero que llama la atención: ese piano al fondo de la habitación y sala de ensayo en esta casona en pleno barrio de Chacarita. El piano y los vinilos de Edmundo Rivero y Pappo´s Blues, las bibliotecas repletas de libros de tango y Paul McCartney, Gardel, Tom Waits, Miles Davis, Los Redondos. Y esas fotos de Gardel y Corsini. Mientras, él dice: “Estoy todo el día escuchando los discos nuevos de Bowie y de Radiohead. Así tengo para pasar el invierno”.Y todo eso –el piano, los vinilos, los libros, las fotos, esos dos discos– bien pueden servir como una cercana y apurada definición personal y artística de Alejandro Guyot.

Nació en Buenos Aires en diciembre de 1972 y cierto linaje musical vino no tanto de madre y padre sino un poco más allá. “Mi abuelo, Alberto Brígio Guyot era cantor de tangos aficionado. En realidad era ferroviario, mecánico de calderas, de Basavilbaso, una ciudad ferroviaria de Entre Ríos. El lado musical del tango viene por ese lado y también por un tío que es trombonista y tocó en orquestas como La Porteña Jazz Band, hacía mucho dixieland. Esa es un poco la manera en cómo yo termino desembocando en la música. No directamente desde el lado de mis viejos, pero sí familiarmente la música estaba ahí, omnipresente. Llegué a cantar cosas que cantaba mi abuelo y cuando mis tías me lo dicen se me pone la piel de gallina”. Aunque, hay que decirlo, sus primeros roces con la música fueron –rasgo generacional mediante– con el rock: tocó el bajo y cantó en algunas bandas con las que recorrió cierto circuito de bares y demás; y sus primeras escuchas en vivo las desasnó con Los Redondos y Los Visitantes: “En cuarto año fuimos a ver a Los Redondos a Airport y se me quemó la cabeza. Era como un rito, una misa negra contra la bosta que estaba pasando. De alguna manera era transitar el ‘no future’. ¡Como hoy! Pero era extraño porque la sensación era que no había otra. La música era la salvación. Y a Don Cornelio los empecé a escuchar en su última etapa y me acuerdo que de casualidad vi en el subte que debutaban Los Visitantes y que estaba Palo Pandolfo. Dije: ´voy ahí´. Y me partió la cabeza”.

Y EN EL DOS MIL TAMBIÉN

Bastardos. Algo que Guyot repite y repetirá bastante durante toda la charla será esa palabra. Porque él entiende –y eso incluye a sus contemporáneos, no en un gesto ególatra o pedante– que su camada es ciertamente bastarda en cuanto a referencias y padres musicales inmediatos. “No tenemos maestros directos. Está el Tata Cedrón, Leopoldo Federico en su momento pero son tipos de otra generación. Falta una generación que desapareció de la escena tanguera. Somos relativamente autodidactas, tuvimos que ir a bucear a los vinilos, a los libros, a las partituras, a charlas con Podestá que te lo cruzabas casualmente. Nosotros nos encargamos de volver a instalarnos como una generación de músicos tangueros. Ya nos reconocemos como compañeros con la Fernández Fierro, con Astillero, El Arranque, La Chicana, con Ciudad Baigón, si bien ellos son de una generación menor. Y lo más interesante me parece que es lo que viene: el Quinteto de Natalí Di Vincenzo, el Sexteto Fantasma, Agustín Guerrero, el Choco. Tenemos la suerte interactuar con un montón de músicos de nuestra propia generación pero también con la venidera”.

Entre los años 1996 y 1997 fue el cantante de la orquesta El Arranque y hacia fines de esa década formó junto a sus compañeros lo que él considera su lugar, su base: 34 puñaladas. Actualmente, después de algunos cambios se completa con Edgardo González, Maximiliano Cortéz y Juan Lorenzo en guitarras, y Lucas Ferrara en guitarrón. Tangos carcelarios (2002), Slang (2004) y Argot (2006) forman una especie de tríptico inicial. Él explica: “Es como una trilogía que para nosotros fue una especie de formación como músicos de tango, una manera de terminar de ponernos el traje de tangueros. El hilo conductor allí es la poesía lunfarda. Fue muy interesante volver a poner esos tangos en torno al 2001”. Por eso es que allí abundan las composiciones de Julián Centeya, De la Púa/Edmundo Rivero, Arolas, Enrique Santos Discépolo, Manzi/Piana/Castillo, entre otros. En 2009 editaron Bombay Bs. As. y, luego del CD/DVD en vivo De la bolsa al ruedo de 2011, Astiya (2014). Y aquí el panorama de la canción es otro, es nuevo: ambos discos están formados casi en su totalidad por composiciones propias y trazan una panorámica sobre Buenos Aires, sobre la urbe. “En Bombay Bs. As. nos proponemos fundar y poetizar una ciudad, poder adueñarnos de ella a través de nuestra propia música. La ciudad ya no es la misma a la que le cantaba Gardel, ni Troilo, Piazzolla o Eladia Blázquez”. Bombay Bs. As. empieza con “Lezama”, dedica al Riachuelo un exquisita pieza en tres partes -“Aceite lento”, “Bordona oscura”, “Milonga en luto”– y hacia el final hay una canción llamada “Palermo”: “Una especie de catastro poético-musical dentro de la cual nos inscribimos nosotros como músicos de tango de siglo XXI”, define.

Ese disco pinta una ciudad maldita; el que siguió puede entenderse como la descripción de los personajes de esa ciudad…

–Lo que hacemos es cambiar la escala. Es pasar de imágenes satelitales de esta ciudad a nivel de radiografías, de detectar cuál es la astilla que les hiere el alma a los habitantes de esta Bombay Bs. As. Por eso aparecen más escalas humanas. Se pueden identificar historias: un chorro que sale justamente a laburar y termina muriendo en un baldío, que es un paisaje de campo en medio de la ciudad. O “Vírgenes rotas” donde está la cuestión de la trata, sin ningún romanticismo.

Sobre 34 Puñaladas se pueden ensayar definiciones varias aunque la más acertada sea, quizás, la que da él mismo: un lenguaje tanguero con un sonido guitarrero, disonante, oscuro y filoso. “Nosotros como artistas somos producto de nuestra propia historia. ¿Me dicen que tenemos que componer tanguitos alegres? Bueno, pará papá. Qué querés, si tomé la teta con la dictadura, debuté sexualmente con el SIDA alrededor, un debut en la política con la Caída del Muro, con el menemismo. Nosotros estamos componiendo con todas esas decepciones que nos contaminaron la sangre. Obvio que también se cuelan alegrías en la música.”

BRUMAS, CIELITOS, PATIOS

Guyot también fue miembro fundador de la agrupación Astillero, además de componer y/o participar como cantor en Quinteto Negro la Boca, Altertango, Cuarteto de Julio Coviello, Orquesta Típica Julián Peralta. Lo que lo ubica en una especie de epicentro de la escena tanguera desde el 2000 en adelante. Epicentro colectivo, claro, porque allí también se pueden anotar y alistar: Jorge Alorsa, Acho Stol, Cucuza Castiello, Julián Peralta, la incendiaria Orquesta Típica Fernández Fierro, entre otros. “Cuando empezamos a escuchar tango y tratar de meter algunos elementos en lo que hacíamos, dijimos: acá hay una verdad, acá está la cosa. Esta es la manera. En el tango encontramos una verdad añeja, una sabiduría que seguía contándonos aún. La poética también puede recuperar y volver a contar”.

En 2009 editó a través de Enargeis el libro Brumarios: un conjunto de poesías y textos breves donde, de alguna manera, recupera la historia de su tatarabuelo: un anarquista que participó de la guerra Franco Prusiana y que se habría salvado por poco de que lo linchen, escapando a Londres primero y a Basavilbaso después. “El libro evoca esa filiación con Basavilbaso y mi abuelo cantor de tangos. Y también todo un imaginario revolucionario de aquellos que participaron en la comuna de París por mi tatarabuelo Joseph. Hay una cosa medio borgeana, de dos historias que no se contradicen del todo pero son imposibles en una sola vida, ¿no? Retomo todas estas historias desde la poesía, desde textos que más que narrativos son oníricos”. Las revueltas que ahí se evocan –y vaya si el tango no es, también, un lugar de evocaciones– pueden ser en París en 1870 o en 2005, o en Buenos Aires en 2001. Entre las citas figuran desde Borges y Menem, hasta Marx, Parménides, Al Capone, Galilei y su perro Sinuhé. “Ahora tuve el descaro de ensayar una novela que tiene algo de policial. Lo estoy haciendo leer por amigos, por escritores para que, justamente porque soy sapo de otro pozo, me digan qué tal”.

En 2014, además, editó dos discos, ambos en colaboración. Por un lado, Cielos de sangre, vidalas de amor junto a Hernán Brienza y Edgardo González –”son cielitos, vidalas, triunfos, chayas, tango campero. Nace de la propuesta de ese personaje absoluto que es Hernán Brienza y es un disco donde se habla de los sucesos de la historia argentina del siglo XIX, que incluyen episodios sangrientos como el fusilamiento de Dorrego, el cancionero federal, que cantaba Corsini y que son de Blomberg y Maciel. ¡A ver muchachos, de qué grieta me están hablando! Acá había sangre de verdad, acá está la grieta, no me vengan a romper las pelotas”. Y también Música de patios junto al guitarrista Darío Barozzi. “Es un encuentro de dos solistas. Nos encontramos en un asado en un patio en la altura, en una terraza y flasheamos. Es un encuentro de amigos de la música. Son tangos de patio y parral del siglo XX, hay cosas más clásicas del repertorio tanguero”. Y allí, entonces, ambos interpretan a De Caro, los hermanos Expósito, Grela y Marcó, Bachicha y Contursi, Troilo y Manzi. Y la voz de Guyot aquí tiene otro tipo de afronte: ciertamente más reposado, algo más relajado, suave; a la manera en que también va la guitarra. Así, el recorrido de Guyot puede plantearse como una voz que canta atravesando la historia argentina: el siglo XXI con 34 puñaladas, principios del XX en el dúo junto a Darío Barozzi y, más atrás todavía, el cancionero federal y cielos y triunfos de mediados del siglo XIX. Él se confiesa como un frustrado historiador y su compañera es, vaya paradoja, doctora en Historia.

Mientras busca sin suerte un disco de Ricardo Capellano, maestro suyo y a quién considera un “gurú maldito”, cuenta que le encanta dar clases de canto tango en la Escuela de Música Popular de Avellaneda, que le encantan las “miradas poéticas musicales” de Nick Cave, Tom Waits, Leonard Cohen; que están preparando disco nuevo, que el tango es “también un perfume poético” y además dirá: “La música popular argentina es una epopeya. Spinetta, Solari, García, Yupanqui, Troilo, Gardel, Liliana Herrero, el Tape Rubin es música popular argentina. Realmente, hoy por hoy, pienso en esos términos ¡Palo es un ejemplo de la música popular Argentina! Obviamente cada uno tiene sus influencias, pero hay una identidad ahí. Al Tata Cedrón lo reconozco como una influencia, un padrino para nada ortodoxo. Escuchás a García o a Los Redondos y el retrato urbano está ahí”.

34 Puñaladas se presenta el 4 de agosto en Teatro Independencia (Mendoza) junto a Altertango, y el 9 de septiembre en el Club Atlético Fernández Fierro (CABA).

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Imagen: Nora Lezano
 
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